Toda España era una cárcel. Por Rodolfo Serrano y Daniel Serrano (VII)

Enterados de la reedición de este magnífico libro de Rodolfo y Daniel Serrano por la editorial Frida, prologado esta vez por Alberto Garzón, con esta entrega damos por cerrada su publicación en Punto Crítico no sin recomendar encarecidamente a nuestros lectores su adquisición puesto que contiene interesante información que sirve para explicar la posterior transición y relata acontecimientos que dan sentido a aquellas palabras del dictador Francisco Franco en su discurso de Navidad de 1969 cuando dijo: “Todo está atado y bien atado”.

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ÍNDICE

CAPÍTULO IV

EN NOMBRE DEL REY, EN NOMBRE DE LA JUSTICIA

Por el Rey

Llueve a cántaros en Madrid. Cae el agua con fuerza en el asfalto sucio. Llega Jaime Miralles cinco minutos antes de la hora fijada para el encuentro. Sacude, con cuidado, el paraguas. Una gabardina, casi blanca, tipo trinchera, no ha impedido que alguna gota le haya calado por el cuello, le haya mojado sus gafas. Mientras abre la puerta del despacho dice:

-No debe usted llegar antes de la hora de la cita. Fíjese que he llegado cinco minutos antes para preparar las cosas y no hacerle esperar, pero así me deja usted mal.

Hay un tono de regañina afectuosa en sus palabras. Un tono amable que mantendrá a lo largo de toda la conversación. Tal vez porque ya está libre de odios y rencores. Y nada puede hacerle daño. Tal vez porque, como él mismo dice, las cosas desagradables es mejor olvidarlas. «Hay nombres que no recuerdo. Que no quiero recordar». El, que tan buena memoria tiene -fechas, nombres, palabras, conversaciones completas- ha conseguido a sus 80 años una memoria selectiva. El olvido – dicen- es piadoso. Así que, a lo mejor, al final, lo que queda es una memoria capaz de convertir el recuerdo en nostalgia. Tal vez.

Pero no siempre. Ahora, cuarenta años después, cuando Jaime Miralles – San Sebastián, 1920-habla de Múnich, del contubernio de Múnich, de aquella conjura para acabar con el régimen, no hay nostalgia. Habla de aquellos años con la frialdad que da el tiempo. Todo -ay- es tan relativo.

-¿Que qué buscábamos? El bien de España. Aunque suene retórico. Pero es la verdad…

Aquel año aparecieron los rombos en TVE. Y la industria del cine lanzaba a una jovencita de fresca sonrisa para hacer la competencia a la niña de España, a Marisol. Se llama Rocío Dúrcal y al año siguiente iba a triunfar con la película La chica del trébol. Un joven de origen irlandés, católico y ex marine, John F. Kennedy, regía los destinos del pueblo americano. Y ese año, en 1962, Jaime Miralles acudía a Múnich. Era uno más de los españoles que asisten al IV Congreso del Movimiento Europeo que reúne a la oposición democrática al régimen de Franco. Los encuentros y contactos entre republicanos, socialistas y monárquicos sirvieron para dejar sentados los grandes principios sobre los que construir una sociedad democrática: libertad sindical, reconocimiento de derechos de la persona, posibilidad de crear partidos políticos. No se pronunciaron, sin embargo, sobre cómo habrían de llevarse a la práctica tales principios.

Santos Juliá([49]) al analizar este periodo, señala que el interés de los reunidos en Múnich era fundamentalmente dar a las naciones europeas las pruebas de que existía en España una oposición democrática organizada suficiente para bloquear la petición de ingreso en el Mercado Común presentada por el régimen de Franco. El texto, pues, recogía los principios que unían a unos y a otros: «La instauración de instituciones auténticamente representativas y democráticas que garanticen que el gobierno se basa en el consentimiento de los gobernados».

No es extraño que el franquismo tildara la reunión de «contubernio» y que calificara a los asistentes de «enemigos y traidores». El régimen había movido todas sus influencias diplomáticas para impedir que el congreso aprobara la resolución. Raúl Morodo([50]) cree que Múnich fue muy importante para el posterior asentamiento de la democracia. «La conexión democracia-España-Europa, hasta ahora débil, quedaba ya afianzada. Y, en efecto, este hecho se verificará: España entrará en Europa sólo con la democracia», escribe Morodo. En cualquier caso, la reacción fue tremenda. Se suspendió el artículo 14 del Fuero de los Españoles, referido a la libertad de residencia y los participantes hubieron de sufrir un auténtico calvario de descalificaciones, calumnias e insultos. Los participantes en el Congreso fueron detenidos a su vuelta a España. A Jaime Miralles en el mismo aeropuerto de Barajas. En la Dirección General de Seguridad estaban ya otros dos participantes: Joaquín Satrústegui y Fernando Álvarez de Miranda.

– Yo tengo una memoria extraordinaria, pero no le extrañe a usted que algunos nombres de jueces, civiles y militares, de policías o de los fiscales que me acusaron, no los recuerde. Nunca me he dejado dominar por el rencor. Cuando me ocurría alguna cosa desagradable, de este tipo, hacía un enorme esfuerzo por olvidar. No le extrañe que haya olvidado el nombre de aquel comisario que vino a interrogarme.

Aquel comisario le dio a escoger entre salir de España inmediatamente o la deportación a Fuerteventura. A Jaime Miralles le sale ahora una cierta dureza en la voz cuando cuenta la conversación con el funcionario de Policía.

-Yo le dije: «No escojo ninguna sanción porque no me creo merecedor de ninguna de ellas». El me contestó: «Mire usted, déjese de tonterías y elija una de las dos cosas, porque si no, yo me lo llevo deportado a Fuerteventura». «Usted sabrá lo que hace y el Gobierno del que usted depende también», le dije. Y se marchó sin decir nada.

Al caer la tarde condujeron a Miralles, Satrústegui y Álvarez de Miranda hacia el aeropuerto de Barajas para embarcarles a Fuerteventura. Fue un traslado casi clandestino. Cuenta Miralles que no le dejaban despedirse de su mujer.

-Protesté y debí de hacerlo con bastante energía, porque, finalmente, me permitieron ver a mi familia. Me llevaron a un despacho y dejaron que entraran mi mujer, mis hijos y una persona más. Un gran amigo mío, Enrique Tierno. No sé las causas de esa selección. Conque me despedí de ellos. Aproveché para hablar con mis hijos, les expliqué lo que pasaba. Les dije que no había hecho nada malo y que estaba orgulloso de ello. En fin, las cosas que se dicen en momentos así.

Los tres deportados iban en un solo coche. Apretados en el asiento de atrás. El Barajas de entonces no era el Barajas de hoy. No se parecía en nada, recuerda Miralles. En la entrada esperaban las familias y algunos amigos. Con las prisas y el aturdimiento, el coche que conducía a los tres detenidos estuvo a punto de atropellar a la esposa de Joaquín Satrústegui.

Antes de que subieran los pasajeros de aquel vuelo, hicieron subir a los deportados. Por la ventana del avión se veía el hormigón de las pistas. Y entonces ocurrió algo que todavía despierta la sonrisa del abogado. Era una escena surrealista. Absurda. Inconcebible en cualquier situación: por la pista un hombre venía corriendo hacia el aparato. Un hombre acompañado de un formidable doberman.

-Era un gran amigo nuestro, Antón Menchaca. Un hombre muy activo, destacado como oponente al régimen. Digo oponente, no opositor, en contra de lo que se dice hoy. Porque el que se opone a un régimen no es un opositor, es un oponente. Es una precisión semántica. Desgraciadamente del castellano ya va quedando poco.

Antón Menchaca había pisado las cárceles en 1957. De él y de su estancia en Carabanchel hace Morado un afectuoso retrato: «De conocida y rica familia vasca, marino de guerra, retirado por su antifranquismo, era un monárquico liberal y juanista: un gran caballero, muy británico. Aparentemente distante, siempre flemático y cortés, y de generosidad sólida. Simulaba estar despistado o ajeno, pero tenía una perspicacia penetrante: hombre bueno, culto y amigo de los amigos. Compartía unas excelentes comidas, que le traían de fuera, de un buen restaurante madrileño, con todos nosotros ».

Pues allí estaba Antón Menchaca. Él y su dóberman, acercándose, a paso rápido hacia el avión. Nadie supo reaccionar. Ninguno quería decir nada para no denunciarle y los tres deportados, asombrados, miraban la escena sin saber qué decir. Al poco, los policías salieron a su encuentro.

-Se lo llevaron. Pero él se volvió y dio un «¡viva el Rey!», muy fuerte, que nosotros le contestamos, naturalmente.

Dice Miralles «naturalmente» como algo obvio. ¿Es que podían decir otra cosa quienes iban a la deportación precisamente por sus ideas monárquicas? La pequeña comitiva -prisioneros y policías- hicieron noche en Las Palmas. Y, al día siguiente, les condujeron de nuevo al avión. En el aeropuerto, Jaime Miralles se encontró con un sobrino suyo, piloto de Iberia, Ignacio Taboada.

– Hombre, tío Jaime, ¿qué haces por aquí?

-Pues nada, que me llevan preso -respondió con sorna el detenido.

-Qué cosas dices.

-Que no. Mira: todos estos señores que ves por aquí son policías. Y los guardias, los grises que hay por los dos lados, están también por mí. Cuando llegues a Madrid ya te enterarás.

En Fuerteventura fueron alojados en un hotel de donde sacaron a todos los huéspedes. No eran tiempos en los que se preguntara demasiado por las decisiones que la autoridad tomara. Para la custodia de los tres se nombró al jefe de la Brigada Social de Las Palmas que tenía bajo sus órdenes a cuatro inspectores.

A partir del día siguiente se dedicaron a elaborar un documento exculpatorio. El día 6 de junio de 1962 llegaría, deportado también, Jesús Barros de Lis, democristiano, del grupo de Manuel Giménez Fernández. Manuel Giménez Fernández, catedrático de la Universidad de Sevilla, fue ministro en la República, con el Gobierno de Gil Robles y antifranquista convencido y convincente. Jesús Barros de Lis estaba integrado en el grupo de Giménez Fernández, a través de un colectivo denominado Izquierda Democrática Cristiana.

Un día de septiembre Jaime Miralles les dijo a sus compañeros que él sabía cuándo iban a ser liberados. Fue, cuenta, una simple deducción.

-Había llegado a la conclusión de que a Franco no le convenía tenernos más de un año en aquella situación, aunque sí quería hacernos el mayor daño posible. Por eso yo estaba seguro de que poco antes de cumplirse los doce meses nos dejarían en libertad. Y así fue. Nos soltaron a los once meses.

En abril de 1963 el papa Juan XXIII publicó la Paeem in terris. No era una encíclica que a Franco le gustara demasiado. El régimen empezaba a tener sus primeras contestaciones en el seno de la Iglesia. Para el general, la carta papal estaba, en cualquier caso, mal interpretada por quienes veían en ella recomendaciones de mayor libertad.

Cree Jaime Miralles que la encíclica tuvo mucho que ver con la orden de libertad de los confinados en Fuerteventura. Lo cierto es que el cardenal primado Pla y Deniel escribió una carta a Franco diciéndole que después de la Paeem in terris no podía hablarse de que España fuera un país cristiano mientras tuviera deportados. El texto de Juan XXlll se difundió en abril y Jaime Miralles y sus compañeros salieron de Fuerteventura el día 23 de mayo.

-Hay cosas que, recordadas ahora, no dejan de tener su gracia. Tras el Consejo de Ministros en el que se decidió nuestra puesta en libertad, varios miembros del Gobierno llamaron a nuestras casas para adelantar que se nos permitía volver a casa. Satrústegui y yo permanecimos hasta el final.

Dice Jaime Miralles, en esta tarde de lluvia, en la tranquilidad de su despacho, mientras la grabadora hace un susurro suave y lento, que las cosas allí no eran tan malas. Que la vida cotidiana, una vez organizados, transcurría tranquila. Es verdad que dolía la familia, lejos, y los amigos y una situación a todas luces injusta, ilegal. Los deportados encontraron allí a un matrimonio que regentaba la farmacia. Un día le pidieron prestado el Abc y, poco a poco, fueron congeniando. Se reunían por las tardes en la rebotica. Escuchaban la radio. Aquel año, precisamente, Mario Clavel estrenaba un programa de «Belleza y Melodía». Y el parte de Radio Nacional de España seguía informando, fielmente, a los españoles. Al fin y al cabo, noticias. Algo que comentar.

-Fue un gran alivio para nosotros, dice Jaime Miralles.

Era una vida tranquila. Aburrida, tal vez: la misa, la playa, la lectura del correo, el Abc, la charla en la rebotica … Estaban alojados en un hotel, el Fuerteventura. Su dueño se llamaba Alfonso.

-Tengo buena memoria, ¿eh?

-Excelente, sí señor.

Al principio les dijeron que se presentaran al cuartel de la Guardia Civil. Pero pronto se cansaron. Un día se plantaron ante el comandante y le comunicaron que habían decidido no volver más. Ellos -argumentaron- no estaban procesados e ignoraban las razones por las que se les mantenía allí. El comandante de puesto les pidió que le dieran por escrito las razones de su decisión.

Precisamente, informes y escritos le servían a Miralles de válvula de escape a tanta frustración. Decidió, por ejemplo, que no pagaría el hotel. Y le hizo una demanda de conciliación al hostelero para hacer constar que estaba allí contra su voluntad. Nada pasó. Y, a continuación, todos los demás se negaron también a pagar. Y decidieron trasladarse a vivir a la Delegación del Gobierno. Comunicaron al delegado que habían decidido no tomar nada hasta que el Gobierno o su delegado proveyeran la habitación y el sustento.

-No era una huelga de hambre. Nos instalamos en el porche, que era un sitio muy agradable. Nos llevaron unos colchones y algo de comer que no aceptamos. Estuvimos tres días sin probar bocado. Y nos detuvieron, llevándonos al Hospital.

No era una huelga de hambre, recuerda otra vez Jaime Miralles. Pero, desde el momento en que les llevaron al hospital, detenidos, habían pasado a depender del Gobierno.

-Entonces llamé y dije que nos llevaran algo de comer porque teníamos un hambre espantosa. Tengo todavía un oficio en el que se me declara pobre de solemnidad para que el Cabildo se ocupe de mi sustento. Y se me conceden 22 pesetas de manutención en la taberna de Manuel el Zapatero.

»Era todo -dice ahora- un «puro disparate ». Y cuenta, «como anécdota curiosa», que a los pocos días de llegar a Fuerteventura, le entregaron una carta de su mujer. La carta estaba abierta y vuelta a coser después.

-No la acepté, naturalmente, y requerí a los policías para que fueran testigos y acudieran conmigo al Cuartel de la Guardia Civil, donde iba a ir a poner la denuncia.

Un día llamó la mujer de Jaime Miralles. Era una mañana, temprano, muy temprano. Le dijo que había recibido noticias de que les iban a dejar en libertad. Salió corriendo de su cuarto para contárselo a Satrústegui. En el pasillo se cruzó con uno de los guardias:

-Nos vamos hoy.

El agente se quedó muy sorprendido. Pensó que los recluidos estaban pensando en llevar a cabo una fuga. Se fue a la Delegación del Gobierno a informar de sus sospechas. El delegado aún no sabía nada, pero, una vez que se puso en contacto con Madrid, le confirmaron que, efectivamente, habían sido liberados. Era el 23 de mayo de 1963.

-Esto puede dar una idea de cómo se hacían las cosas. Todo ello no tenía base jurídica alguna. Tanto el destierro, como la puesta en libertad, era una decisión del Consejo de Ministros. Hay una notificación en la que nos informan del traslado a residir en Fuerteventura por acuerdo del consejo. Hasta nueva orden.

La publicidad institucional hablaba aquel año de 1963 de que «España era diferente». Y se iban a celebrar al siguiente los fastos de los 25 Años de Paz, para conmemorar la victoria y convencer a los españoles de los logros del régimen. Iban cambiando las cosas. Algunas. El toledano Federico Martín Bahamontes ganaba el Tour de Francia y en los cines dos gemelas, Pili y Mili, presentaban una imagen idílica de una España que nunca más volvería a ser igual. Terminando el año, Kennedy, aquel joven presidente, moría asesinado de un tiro en la cabeza en la ciudad de Dallas.

En España, el movimiento de rebeldía contra el régimen se agudizaba. La década de los sesenta supuso la expansión de un clima de protesta que tenía características distintas en cada parte del país. En Cataluña se generó un renacer social y cultural que tuvo como eje la reivindicación de la lengua y la identidad catalanas. Son los años de la nova canço que resumió musical y literariamente el sentir antifranquista y catalanista de la población.

En 1966 el PSUC, el Moviment Socialista de Catalunya, el Front Nacional de Catalunya, Unió Democrática de Catalunya y parte de Esquerra Republicana formaron la Coordinadora de Fuerzas Políticas de Cataluña. Y poco después, como consecuencia de los apoyos de solidaridad que generó el proceso de Burgos, nació la Asamblea de Catalunya.

Fueron años también de profundas luchas en el País Vasco que provocaron la persecución de numerosos dirigentes obreros. A mediados de los sesenta, Nicolás Redondo sufriría también el destierro. En 1966 se produjo la huelga de Laminaciones de Bandas Echevarri. La huelga de Bandas, silenciada por los medios de comunicación, tuvo una gran repercusión en los medios clandestinos del país. Aunque las instrucciones de la UGT, de la que Redondo formaba parte, eran las de organizarse y fortalecerse desde el exterior, muchos ugetistas participan de forma activa en el movimiento de solidaridad que se genera en torno al conflicto.

La policía detuvo a Ramón Rubial, Eduardo López Albizu, Redondo… Cuando llegó el secretario general de UGT a la comisaría, muchos de los detenidos habían salido ya hacia el destierro. Entre ellos, Rubial que hubo de salir en zapatillas, tal como le habían sacado de su casa. Redondo marchó en cuerda de presos, esposado, a Miranda, de Miranda a Burgos, de Burgos a Madrid, a Carabanchel. De allí salió para la prisión de Cáceres y de allí a las Hurdes, a las Mestas.

El 19 de junio de 1967, con motivo del aniversario de la liberación de Bilbao -terrible ironía- Nicolás Redondo fue indultado.

Por la Justicia

Jaime Miralles pasó también por Carabanchel. Pero, en esta ocasión, no por sus convicciones monárquicas.

– Mi ingreso en Carabanchel tuvo otras razones. Había una huelga en la construcción. Y un obrero, Pedro Patiño, fue muerto por disparos de un guardia civil. Era el año 1971. Aquello fue tremendo. Yo hice todo lo que legalmente podía hacer. Fracasé en todo. En todo. Fracasé con los magistrados, con los policías… con todo. Fracasé en todo. Y viendo la inutilidad de mi gestión profesional, hice una nota. Nueve folios. Es tremenda en cuanto a todos los hechos que allí se consignan. Pero yo no me meto con nadie.

Habla ahora Jaime Miralles más bajo. Casi en un susurro. Hay como un dolor cuajado allá, dentro de su voz. Dice la palabra «fracaso» casi con desesperación. Hace largas pausas. Y cuenta lo que ya es historia. Negra historia.

Era el 13 de septiembre de 1971. Huelga en la construcción. Pedro Patiño, casado, dos hijos, 33 años, formaba parte de un piquete informativo con otras tres personas: Ángel López Jiménez, Jesús González Garcedo y Julio García Madrid.

Habían estado repartiendo octavillas de una obra a otra. Al salir de una de ellas, junto a la carretera a Leganés, un coche de la Guardia Civil, una furgoneta Citroën, se paró junto a ellos. En su interior iban cuatro agentes: el conductor Faustino Moreno, el cabo Tomás Cabrera y los guardias Jesús Benito y Miguel Fernández.

Julio García Madrid intentó huir. Oyó los cerrojos de los máuser y se quedó quieto. Uno de los guardias se adelantó y le arrastró hasta la furgoneta, mientras sus compañeros permanecían paralizados. De pronto sonó un disparo que atravesó a Pedro Patiño que cae como un fardo al suelo. Todos -guardias y detenidos- se miran aterrados. Nadie se ha movido. El agente Jesús Benito, por accidente o voluntariamente, ha disparado su arma reglamentaria.

Jaime Miralles cree que fue un acto de mala suerte. Un tiro involuntario. Se pone de pie. Explica la trayectoria del disparo. Señala en su propio cuerpo por donde entró la bala.

-La verdad es que fue un disparo accidental. Una barbaridad, pero accidental.

El primero que acude a auxiliar al herido es Julio García Madrid, que grita al guardia: «¿Qué ha hecho usted, hombre?».([51])

Entre todos subieron a Pedro Patiño a la furgoneta. Y mientras dos guardias se llevaban, a pie, a los otros obreros hasta el cuartelillo de la Guardia Civil de Leganés, el automóvil trasladó el cuerpo, prácticamente sin vida, del obrero hasta la clínica San Nicasio, en la carretera de Leganés a Alcorcón.

Leguina y Ubiema cuentan cómo en la noche de ese mismo día se presentaron en casa del obrero muerto un capitán y guardias civiles de paisano para hacer un minucioso registro. La viuda pudo ver muy brevemente el cuerpo de su marido en el depósito del Hospital Militar Gómez Ulla. Pero no dejaron que nadie velase el cadáver. El día 15 de septiembre Pedro Patiño fue sacado del Hospital donde se le había realizado la autopsia, sin avisar a los familiares, para ser enterrado en el cementerio de Getafe.

-Lo enterraron sin que lo viera su mujer…

Jaime Miralles recuerda, casi fotográficamente, aquellos hechos, el dolor de la viuda, la impotencia, de no ser escuchado, de no poder hacer nada. El presentó en nombre de la viuda de Patiño, Dolores Sancho, y de sus dos hijos, una querella por homicidio en el juzgado de instrucción que se declaró incompetente.

Había sido Paca Sauquillo la que le había pedido que se hiciera cargo de investigar el homicidio. En su libro autobiográfico([52]) Sauquillo habla con admiración y afecto del veterano abogado y cuenta el terror con que se vivieron los incidentes del entierro de Pedro Patiño: «La Guardia Civil nos ordenó que nos apoyáramos en la pared del cementerio, dio las voces de rigor, y después dispararon al aire. Nosotros estábamos convencidos de que nos iban a fusilar. Despavoridos, salimos corriendo y aún recuerdo al letrado Guillermo Vázquez, afectado de una cierta parálisis, arrastrado por todos nosotros intentando alcanzar los coches para salir huyendo de allí».

Hay un dato que pocos conocen. Y que Jaime Miralles desvela ahora para explicar por qué la noticia de la muerte de Patiño corrió rápidamente por Madrid:

-El mundo es muy pequeño, ¿sabe usted? Y resulta que el médico, el primero al que consultan, era de Comisiones Obreras y rápidamente informó de lo sucedido. Casi al instante, se supo lo que había pasado.

Suspira. Todavía vibra en su voz un punto de indignación cuando recuerda que, como quiera que nadie le hacía caso, elaboró un informe de nueve páginas que envió a numerosas personalidades. El informe recogía toda la crudeza de esa muerte. Todo el sufrimiento de la viuda. Todo el horror, de un acto inexplicable.

-Ese era mi relato. Y eso era lo que el juez interpretaba como injurias. Desde luego, para un examen de penal, no sirve. Bueno, pues consejo de guerra. Y empezó la burla: los jueces me citaban a una hora y luego no estaban… para qué decirle. La situación que entonces vivíamos, ahora se nos olvida, pero…

Un día recibió una citación del juez militar. Jaime Miralles -ya está dicho- ha sido siempre un hombre puntual, educado. Entró a la hora en que había sido convocado en el despacho del juez:

– Buenos días -dijo.

El juez militar ni le contestó ni se dignó mirarle. Jaime Miralles esperó un tiempo prudencial y, transcurrido éste, se dirigió hacia la puerta. Cuando el magistrado vio que se marchaba, levantó la vista del escrito y le llamó:

-Oiga, oiga…

Pero ya se había marchado. El juez estuvo mandándole citaciones durante varios días. Y obteniendo siempre la misma respuesta: no está, no está. Al soldado que mandaban con la citación, le dijo un día:

– Dígale que yo no puedo acudir hasta el jueves, a las seis de la tarde, hora en que me haré presente en el juzgado. El juez, militar, estaba indignado. Me presenté con el decano accidental del Colegio de Abogados, que era García Gallo, Vicente Piniés, y Angel Gracia Oliveros, abogado de Zaragoza, que era y es para mí como un hermano y a quien designé en aquel momento mi defensor. Entré en el juzgado, no le tendí la mano al juez, como se puede imaginar.

– Oiga usted, señor Miralles, usted ¿se da cuenta de que ha desatendido siete citaciones judiciales mías?

– Sí señor, pero dígalo completo: siete primeras citaciones.

Se ríe Miralles con cierta picardía:

-Es que el delito se comete al desobedecer la tercera. Y el magistrado tenía tal ataquina que se había olvidado de poner el orden de las citaciones, con lo cual todas eran primeras citaciones. El no lo comprendió a la primera. Pero por eso no pudo procesarme. Me procesó por injurias a la Guardia Civil. Las injurias eran atribuirles la muerte de Pedro Patiño.

Fue un proceso de lo más accidentado. Tuvo tres defensores. El primero, Ángel Gracia. El juez le comunicó que iba a ser trasladado a la cárcel de Carabanchel y nombró a los policías que habían de acompañarle, primero, a la Dirección General de Seguridad.

El abogado de Miralles pidió leer el oficio y dijo:

-¿No sabe su señoría que uno de estos policías ha sido acusado de malos tratos por mi defendido hace unos días?

-Eso no tiene nada que ver -replicó el juez. Ángel Gracia hizo un alegato que, ahora, el entonces acusado califica de «impresionante». Pidió que su defendido fuera trasladado a Carabanchel, sin pasar por la DGS. Y para justificarlo, cerró su discurso de una forma que a Jaime Miralles aún no se le ha olvidado, ni siquiera ha olvidado la literalidad de las palabras empleadas. Alza la voz. La engola un poco y recita:

-Dijo: «Así debe hacerse, salvo que su señoría quiera tener otro Calvo Sotelo». ¿Qué le parece?

Así que Jaime Miralles fue directamente a Carabanchel. Describe el trayecto, calle por calle desde el Paseo de la Infanta Cristina, donde está el Gobierno militar, hasta la prisión. Iban en un turismo. Y durante el trayecto nadie pronunció ni una sola palabra. Ni los policías ni él.

-La llegada a la cárcel es muy aleccionadora y me levantó la moral. Yo iba seguido de los dos agentes. Y me encontré con que venía a recibirme el jefe de servicios. Les dijo: «Ustedes no pueden pasar. A partir de esta puerta depende del Cuerpo de Prisiones». Es bonito, ¿eh?

Luego, los trámites habituales: tomar los datos, las huellas… Miralles conocía todo aquello. Calma los nervios del funcionario. Le dice que no se preocupe. Que lleva mucho tiempo visitando las prisiones, acompañando a sus clientes… Que nunca ha tenido ningún incidente y que, ahora, que es un interno, no va a dedicarse a crear conflictos. Él es un detenido y como tal ha de ser tratado.

Desde el juzgado había realizado dos llamadas. Una, a su mujer. Otra, al director de la cárcel para anunciarle su llegada. Se llamaba Emilio Tavera.

-Si de algunos nombres quiero olvidarme, de éste, no. Se portó conmigo como un caballero.

Sonó el teléfono en el despacho del director de la Prisión de Carabanchel:

-Señor director. Soy Jaime Miralles.

-Dígame.

-Pues mire usted: le llamo para decirle que voy para allá.

-Señor Miralles, usted no tiene que anunciarse. Usted sabe que siempre es bien recibido.

-No me ha comprendido. Le llamo porque voy interno.

-¿Cómo?

-Que sí, que sí. Que voy interno.

-Bueno, bueno. No me hace falta saber más. Hasta ahora.

Le dieron instrucciones de que no podía hablar con nadie, con ninguno de los internos. Que eran «Órdenes de arriba». En aquellos momentos en Carabanchel estaban, entre otros, Marcelino Camacho y Julián Ariza, del que habla con cariño.

-Es muy amigo mío y excelente persona. Se acordará todavía de cuando nos cruzábamos por los pasillos y nos saludábamos.

Estuvo muy poco en prisión. Pero le dio tiempo a conocer parcelas del ser humano que no se ven en otras partes. De manera muy especial recuerda a sus compañeros de comedor. Comían en mesas de cuatro. Con él se sentaba un viejo socialista que llevaba largos años encerrado. Un hombre de convicciones firmes, de una gran dignidad. Los otros dos eran dos muchachos, dos críos.

-Eran delincuentes ya acreditados. Me impresionó el grado de encanallamiento al que pueden llegar las personas. Fue lo que más me impresionó. Eran tan jóvenes…

Sonríe. Hace un gesto como si ahuyentara algunos recuerdos.

-Pero no le engaño a usted. Me pasé más tiempo en el locutorio que haciendo vida de prisión. Pasaron por allí… bueno, pues medio Colegio de Abogados. Pero le contaré algunas visitas que no dejan de ser curiosas. Un día me anuncian: «Tiene usted visita».

Jaime Miralles se dirigió al locutorio y de allí le enviaron al despacho del director donde le estaba esperando Ramón Serrano Suñer. El director intentó marcharse:

-Les dejo que hablen solos.

Y Serrano Suñer replicó:

-No, si lo que hable con Miralles se lo puede contar al General.

Explica Miralles, muy serio:

– Serrano llamaba siempre General a Franco. El caso es que estuvimos hablando largo rato. Y lo puso verde. Puso verde al General. Políticamente, claro. Fue una visita muy agradable.

Otro día volvieron a anunciarle visita en el despacho del director. Allí le esperaba en esta ocasión Eleuterio González Zapatero, viejo amigo de Miralles y entonces Fiscal General del Estado. Le dijo:

-Como amigo tuyo, hubiera venido a verte en cualquier caso. Pero es que, además, como Fiscal General del Estado, yo he sido una de las personas que ha recibido la nota que has enviado a distintas personalidades sobre la muerte de Pedro Patiño. Mi obligación, si hubiera encontrado motivos, hubiera sido la de presentar querella contra ti. Pero vengo a proponerte que me presentes como testigo para declarar que no he encontrado nada en ella que sea objeto de querella.

Le pusieron en libertad antes de que se celebrara el consejo de guerra. Y cuando se celebró no le admitieron ni un solo testigo. Ni una sola prueba. Y le absolvieron con todos los pronunciamientos.

-Todo se sabe en la vida. La nota de Patiño produjo inicialmente una repulsa imponente de varios generales. Y provocaron la detención y el consejo de guerra. Pero una vez que me metieron en prisión, se produjo una nueva reacción de otros generales a favor mío. Y esa segunda reacción fue la que prevaleció hasta la absolución.

De todo ha sacado Jaime Miralles enseñanza.

De todo. Mientras otros maldicen de la política, él, ahora, a los 81 años, cree que la actividad política forma mucho. Estando en la cárcel, escribió una carta al ministro Cavestany. En ella le decía que era un preso. En ella le decía que no se quejaba de su situación, pero que allí dentro había aprendido que la cárcel en sí misma era una ignominia.

Él, que cuando estalló la guerra se presentó voluntario, con 16 años, en el bando nacional, llegó un momento en que renunció a todo. En esta tarde, en la que la lluvia cae con fuerza, rebota en los cristales de este despacho, Jaime Miralles busca entre sus papeles. Con voz firme lee una carta que mandó el 13 de julio de 1961 a Tomás García Rebul, Delegado Nacional de Ex Combatientes. Son las últimas palabras con las que quiere cerrar sus recuerdos:

Mi estimado y querido amigo:

He recibido tu afectuosa carta de fecha 11 de este mes y te agradezco muy sinceramente la atención que conmigo tienes al pedirme que acceda a formar en la presidencia de la representación de los ex combatientes en el desfile del próximo día 17, pero estoy convencido de que no debo acceder a tu petición. Por el contrario, mi lealtad me impide expresar una adhesión mentira a una política que no comparto.

Creo que al cabo de estos 25 años que ahora terminan no puede invocarse como título de legitimación el 18 de julio, porque a lo largo del tiempo se ha diluido su virtualidad. El Movimiento Nacional no se inició para el ulterior establecimiento de un sistema político. Ni la explosión vital del Alzamiento puede encerrarse en los límites angustiosos de un partido único. Mi condición de ex combatiente y cuanto me vincula con el Alzamiento Nacional constituye para mí un acervo cultural y afectivo demasiado entrañable para vincularlo a posteriores políticas más o menos contingentes.

Tratar de perpetuar entre los españoles un estado de ánimo de guerra civil pugna esencialmente con mis convicciones y considero que sólo conduce a entorpecer el normal desenvolvimiento de la paz en el futuro. Creo que con la preocupación activa por el porvenir se sirve mejor el interés de España que refugiándose, más o menos sinceramente, en el pretérito.

Siento muy de veras no poder complacerte y te agradezco de corazón que te hayas acordado de mí y recibe un abrazo de tu buen amigo

Jaime Miralles Álvarez

En la calle ha dejado de llover. Huele a limpio en un Madrid recién lavado. Por la parte de la Moncloa un rayo de sol, perezoso y último, ilumina unas nubes todavía casi negras. Pronto vendrán los primeros calores.

[49] SantosJuliá. Obra citada.

[50] Raúl Morodo: Atando cabos. Tauros. Madrid. 2001.

[51] De que casi con toda seguridad se trataba de un disparo involuntario da idea el hecho de que el propio guardia sólo pudo balbucear unas palabras ininteligibles, asustado y perplejo, lo que, en cualquier caso, no quita gravedad al hecho. Joaquín Leguina y Antonio Ubierna, en Años de hierro y esperanza (Espasa Cal pe. Madrid, 2000), sostienen en su relato – muy completo- que fue Julio García Madrid quien se dirigió al guardia. Otras versiones dicen que fue uno de sus compañeros el que recriminó al agente el disparo con parecidas palabras. La verdad es que, en el fondo, nada cambia los hechos.

[52] Paca Sauquillo: Mirada de mujer. Ediciones B. Barcelona, 2000

2 Comentarios

  1. Muy interesante este último "corte" del libro ahora reeditado.
    Monárquicos y Republicanos colaborando contra la Dictadura; vencedores junto a vencidos; Generales incluidos. Y el apoyo explícito, y en forma de Encíclica (doctrina papal, manifestada directamente por Carta solemne que el mismo Papa dirige a todos los obispos y fieles católicos) a la oposición ejercida por la Democracia Cristiana. Europa esperaba ya a Felipe González. Y buena parte del Régimen, también.
    Gracias.

  2. Este Capítulo destruye definitivamente la credibilidad de la épica del Felipismo Gonzalismo y su encarnizada lucha por la democracia: desde mediados de los años 60, ya se sabía que no había otra posibilidad que la Democracia; cuya plena realización se vería frustrada por la mentira llamada "Transición"; solemnemente, como procede en todo gran engaño

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