PREJUICIOS Y PRINCIPIOS, por Montesquieu

No he sacado mis principios de mis prejuicios, sino de la naturaleza de las cosas. No escribo para censurar lo que está establecido en los distintos países. Sólo están capacitados para promover cambios aquellos que venturosamente nacieron con un ingenio capaz de penetrar, en una visión genial, toda la constitución de un Estado. No es indiferente que el pueblo esté ilustrado. Los prejuicios de los gobernantes empezaron siendo siempre prejuicios de la nación. En épocas de ignorancia no se tienen dudas, ni siquiera cuando se ocasionan los males más graves. En tiempos de ilustración, temblamos aun al hacer los mayores bienes. Sería el más feliz de los mortales si pudiera hacer que los hombres se curaran de sus prejuicios. Y llamo prejuicios, no a lo que hace que se ignoren ciertas cosas, sino a lo que hace ignorarse a sí mismo. Intentando instruir a los hombres es como se puede practicar la virtud general de amor a la humanidad. El hombre, ser flexible que en la sociedad se amolda a los pensamientos y a las impresiones de los demás, es capaz de conocer su propia naturaleza cuando alguien se la muestra, pero también es capaz de perder el sentido de ella cuando se la ocultan.”

*******

L’Esprit des Lois  (El Espíritu de las Leyes – 1.748), obra principal de Charles Louis de Secondat, Señor de la Brède y Barón de Montesquieu (Castillo de la Brède, 18 de enero de 1689 — París, 10 de febrero de 1755)

 

LOS PRINCIPIOS SE DEBEN EXTRAER DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS

Si entre el infinito número de cosas que se dicen en este libro hubiera alguna que, contra mi voluntad, pudiera ofender, al menos no fue escrita con mala intención. No soy por naturaleza espíritu desaprobador. Platón daba gracias al cielo por haber nacido en la época de Sócrates; yo se las doy por haber hecho que naciera bajo el Gobierno en que vivo, y por haber querido que obedezca a quienes me hizo amar.

El hombre de Leonardo da Vinci. Estudiándolo y observándolo se descubren las leyes a las que su naturaleza y su conducta están sujetos.

Pido una gracia que temo no se me conceda: que no se juzgue el trabajo de veinte años por la lectura de un momento; que se apruebe o se condene el libro entero, pero no sólo algunas frases. El que busque la intención del autor, sólo podrá descubrirla en la intención de la obra.

En primer lugar, he examinado a los hombres y me ha parecido que, en medio de la infinita diversidad de leyes y costumbres, no se comportaban solamente según su fantasía.

He asentado los principios y he comprobado que los casos particulares se ajustaban a ellos por sí mismos, que la historia de todas las naciones era consecuencia de esos principios y que cada ley particular estaba relacionada con otra ley o dependía de otra más general.

Cuando estudié la antigüedad procuré hacerlo desde su mismo espíritu para no considerar como semejantes casos realmente distintos y para no dejar de ver las diferencias de los aparentemente iguales.

No he sacado mis principios de mis prejuicios, sino de la naturaleza de las cosas.

Muchas verdades no se harán patentes en esta obra hasta después de haber visto la cadena que une unas con otras. Cuanto más se reflexione sobre los detalles, mejor se percibirá la verdad de los principios. Sin embargo, no los he expuesto todos, porque ¿quién podría decirlo todo sin hacerse mortalmente aburrido?

No se encontrarán en este libro las sutilezas que parecen caracterizar las obras de nuestros días. Por poca amplitud de criterio con que se contemplen las cosas, tales sutilezas se desvanecerán, puesto que éstas surgen tan sólo cuando nuestro espíritu, atraído únicamente por una parte de la realidad, abandona el resto.

No escribo para censurar lo que está establecido en los distintos países. Cada nación encontrará aquí las razones de sus máximas y cada individuo sacará por sí mismo la siguiente consecuencia: sólo están capacitados para promover cambios aquellos que venturosamente nacieron con un ingenio capaz de penetrar, en una visión genial, toda la constitución de un Estado.

NO ES INDIFERENTE QUE EL PUEBLO ESTÉ ILUSTRADO

No es indiferente que el pueblo esté ilustrado. Los prejuicios de los gobernantes empezaron siendo siempre prejuicios de la nación. En épocas de ignorancia no se tienen dudas, ni siquiera cuando se ocasionan los males más graves. En tiempos de ilustración, temblamos aun al hacer los mayores bienes.

Niñera enseñando a leer a una niña. No es indiferente que el pueblo esté ilustrado.

Nos damos cuenta de los abusos antiguos y vemos dónde está su corrección, pero vemos también los abusos que trae consigo la misma corrección. Así, pues, dejamos lo malo si tememos lo peor, dejamos lo bueno si dudamos de lo mejor, examinamos las partes solamente para juzgar del todo y examinamos todas las causas para ver todos los resultados.

Si yo pudiera hacer que todo el mundo encontrara nuevas razones de amar sus deberes, de amar a su príncipe, a su patria y a sus leyes; hacer que cada cual pudiera sentir mejor la felicidad de su país, en su Gobierno, en el puesto en que se encontrase, sería el más feliz de los mortales.

Sería el más feliz de los mortales si pudiera hacer que los hombres se curaran de sus prejuicios. Y llamo prejuicios, no a lo que hace que se ignoren ciertas cosas, sino a lo que hace ignorarse a sí mismo.

Intentando instruir a los hombres es como se puede practicar la virtud general de amor a la humanidad. El hombre, ser flexible que en la sociedad se amolda a los pensamientos y a las impresiones de los demás, es capaz de conocer su propia naturaleza cuando alguien se la muestra, pero también es capaz de perder el sentido de ella cuando se la ocultan.

He empezado muchas veces esta obra para abandonarla después: he lanzado mil veces al viento las hojas que ya tenía escritas; sentía caer todos los días las manos paternas; perseguía mi objeto sin formarme un plan; no conocía aún ni las reglas ni las excepciones; encontraba la verdad y la perdía al momento. Pero cuando descubrí mis principios, todo lo que andaba buscando vino a mí y, durante veinte años, he visto cómo mi obra empezaba, crecía, avanzaba y concluía.

Si esta obra tiene éxito se lo deberé, en buena medida, a la grandeza del tema; sin embargo, creo que no carezco en absoluto de ingenio. Cuando vi lo que tantos grandes hombres escribieron antes que yo en Francia, Inglaterra y Alemania, me llené de admiración, pero no perdí ánimos y dije como el Corregio: “Yo también soy pintor”.

*******

MONTESQUIEU, prefacio a Del espíritu de las leyes. Sarpe, 1984. Filosofía Digital, 2006

 

Se el primero en escribir un comentario

Déjanos tu comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*