Toda España era una cárcel. Por Rodolfo Serrano y Daniel Serrano (VI)

ÍNDICE

CAPÍTULO III

LOS HIJOS DEL RÉGIMEN SE REBELAN

Los estudiantes quieren hablar

La de los cincuenta fue una década convulsa. De cambios. Triunfaban en los cines películas de muy distinto signo: Historias de la radio, Muerte de un ciclista, Jeromín, ¡Bienvenido, Mister Marshall!, o Violetas imperiales. Antonio Buero Vallejo, un ex preso, un rojo que había compartido celda con Miguel Hernández y con Miguel Núñez, estrenaba Historia de una escalera. Y en el teatro Calderón de Madrid la España cañí triunfaba en la voz del Príncipe Gitano y Dolores Vargas en su espectáculo El terremoto moreno. El fútbol se convertía en el mejor instrumento para hacer olvidar la pobreza y la falta de libertades. Las gargantas enronquecían con el gol de Zarra que situaba el amor patrio-futbolístico por encima de cualquier bandera. Un pueblo medio analfabeto devoraba los 200.000 ejemplares del diario Marca, publicación deportiva del Movimiento. Todavía, iniciándose la década, en Madrid morían de enfermedades infecciosas y parasitarias 10.230 vecinos.

Mientras los movimientos obreros iban tomando cada vez más fuerza, los hijos del régimen se volvían contra sus mayores y el inconformismo y la rebeldía entraban en las aulas. Los desórdenes estudiantiles de 1956 le costarían el ministerio a Joaquín Ruiz-Giménez, acusado por los falangistas más acérrimos de mantener una política excesivamente permisiva. Aquel año en la radio se escuchaba una canción que haría furor entre unos niños aún azotados por la avitaminosis: la canción del Cola-Cao. Nacía Televisión Española. Y un rojo vencido y derrotado volcaba en los tebeos sus ansias de justicia: Víctor Mora entregaba los primeros guiones del Capitán Trueno.

Y por entonces un grupo de estudiantes firmaban un manifiesto que pondría al régimen contra la pared: El Manifiesto a los Universitarios Madrileños (Apéndice I). Un año antes se habían reunido en un descampado de la Ciudad Universitaria varios jóvenes que constituyeron el primer núcleo de estudiantes comunistas([43]) Se trataba de Enrique Múgica Herzog, Jesús López Pacheco, Julio Diamante y Julián Marcos. Poco después se unirían a ellos Javier Pradera, Ramón Tamames,Javier Muguerza y el falangista Dionisio Ridruejo. Con el apoyo del rector Laín Entralgo, leyeron el manifiesto convocando un Congreso Nacional de Estudiantes. De dicho documento se difundieron el día primero de febrero de 19 56 en la Universidad de Madrid doscientas copias a ciclostil, y fue el desencadenante  de los sucesos estudiantiles de febrero de ese mismo año. Su redacción final se debió a Miguel Sánchez Mazas Ferlosio, y en su elaboración intervinieron, entre otros, Enrique Múgica Herzog,Jesús López Pacheco y Ramón Tamames.([44])

Como reacción, grupos de «camisas azules» irrumpieron en la Universidad. En los tumultos, un joven falangista resultó herido de gravedad por los disparos de sus propios compañeros. Los medios del régimen pusieron el grito en el cielo. Y numerosos jóvenes fueron a parar a la cárcel.

En 1956 entraron en prisión 181 penados por delitos contra la seguridad del Estado. Entre ellos, Javier Pradera, Enrique Múgica, Miguel Sánchez Mazas, Dionisio Ridruejo, José María Ruiz Gallardón, Ramón Tamames y Gabriel Elorriaga. La sublevación universitaria se hacía con los hijos del régimen y hasta con algunos padres del régimen como Dionisio Ridruejo, y el régimen, en boca de su Caudillo, en Consejo de Ministros, tildaba a los estudiantes revoltosos de «jaraneros y alborotadores».

Lo que sí puede asegurarse es que ninguno de ellos era desconocido para las fuerzas de seguridad del Estado. Las andanzas de Múgica, por ejemplo, o las de Sánchez Dragó, Julio Diamante o Javier. 116 Pradera eran suficientemente conocidas por la policía que no ahorraba calificativos al juzgarles en sus informes. El elaborado un año antes, en noviembre de 1955([45]) no tiene desperdicio y demuestra que todas sus actividades tenían un escrupuloso seguimiento (Apéndice II).

 

Los que querían ser poetas,

los que querían ser ministros

La vida, al final, es una ironía, a veces cruel, a veces sólo curiosa. Enrique Múgica llegó a ministro. Y a su cargo tuvo, precisamente, el sistema penitenciario del que el franquismo le convirtió en inquilino. En 1956 entró en la cárcel de Carabanchel por vez primera. Pasó tres meses y medio entre rejas. Cursaba el quinto curso de Derecho, estaba en San Sebastián en el momento en el que se produjeron los incidentes en la Universidad Complutense de Madrid, en los que un joven falangista resultó herido de bala por sus propios compañeros, en medio de una intensa refriega con los estudiantes. Allí, a San Sebastián, le llegó a Múgica la noticia de que le buscaban para detenerle. Podía haber marchado a Francia, al exilio. tan cerca la frontera. Pero prefirió entregarse en el cuartel más próximo a su domicilio.

Cumplía el servicio militar y se presentó de uniforme. Le trataron bien. Los policías de la Brigada Político-Social que le interrogaron no ahorraron paternalismo con quien consideraban, simplemente, un joven de buena familia algo descarriado.

-Me decía aquel agente: «Pero ¿sabe usted lo que han hecho? Van a provocar ustedes otra guerra civil. Mire, mire usted la lista de detenidos». Y allí estábamos todos: Tamames, Ridruejo, Pradera … Eso sí, con el don por delante: don Enrique Múgica, don Miguel Sánchez Mazas. Así que pensé: «Coño, pues no está la cosa tan mal si nos tratan de don».

Le trasladaron a Carabanchel enseguida.

-Allí, la verdad, reinaba un ambiente de lo más acogedor.

Y es que en la cárcel madrileña le esperaban sus mejores camaradas. Los mismos que con él habían redactado el Manifiesto de estudiantes. Los mismos que aparecían en el informe de la Dirección General de Seguridad.

El Manifiesto, evidentemente, era obra de jóvenes militantes comunistas. Aunque ello no se le pasase por la cabeza a alguno de los mentores de ese grupo de universitarios críticos con el régimen. Por ejemplo, a Dionisio Ridruejo, que .en cuanto salió de la cárcel escribió un exhaustivo informe a sus ex compañeros de filas falangistas asegurándoles que sólo de «canallada» se podía calificar el acusar a Múgica de comunista siendo 118 como era un «buen muchacho, algo rebelde». Luego se enteraría de que sí, de que Múgica y Pradera y los otros eran comunistas. Se lo comunicó en La Taurina, una taberna de la calle de Alcalá el propio Pradera, que, luego, le presentaría a Federico Sánchez, que también sería ministro, olvidado ya el alias y recuperada su condición de ilustre Jorge Semprún. Él fue el encargado de dejárselo claro:

-Oye, Dionisio, que somos comunistas.

Comunistas y, sobre todo, demasiado jóvenes como para que les venciera el temor o la desesperanza. En la cárcel, en esa primera prisión de Carabanchel, reinaba el optimismo. Incluso cierta euforia. A ellos, hijos de los prohombres del régimen o bien vástagos de la burguesía, en cierto modo, se les respetaba. Los malos tratos quedaban para los presos comunes o para esos viejos republicanos que llevaban años dando tumbos de prisión en prisión por toda España. Hubo, eso sí, algún momento especialmente malo. Como cuando Múgica fue castigado a diecisiete días de celda baja por no guardar el debido respeto durante la ceremonia del Miércoles de Ceniza. Celdas bajas: cuartos sombríos en un repugnante sótano donde se encerraba a los presos en compañía de un colchón que se retiraba cada mañana. Pero esos malos ratos, en aquel centro penitenciario de Carabanchel de 1956, eran los menos. Iban entrando nuevos compañeros: Fernando Sánchez Dragó, Julio Diamante, Francisco Bustelo, Julián Marcos…

-Aquello se animó. Había un gran optimismo. El más optimista, quizás, era Miguel Sánchez Mazas, al que llamábamos «el hombre que dijo que Franco cayó ayer». La situación era extraña. Había una cierta rutina vacacional. Leímos allí El Jarama de Sánchez Ferlosio, recién publicado; Dionisia y Tamames pintaban.

Carabanchel en 1956 queda en la memoria como un paisaje de juventud si no feliz, sí de primeras ilusiones. Comenzaba algo nuevo. Pero no todo sería así. Enrique Múgica, décadas después Defensor del Pueblo, cambia el gesto cuando recuerda sus siguientes detenciones. En Carabanchel pasó tres meses y medio en el 56. Más de cuatro meses en la prisión de Martutene en 1959.

Javier Pradera ya había acabado la carrera de Derecho y había hecho oposiciones al Cuerpo Jurídico del Aire. En febrero le detuvieron con los promotores del Congreso Nacional de Estudiantes. Con él cayeron todos los demás que habían organizado el evento: Dionisia Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas, José María Ruiz Gallardón, Enrique Múgica, Ramón Tamames.

– Yo era del Cuerpo Jurídico del Aire y cuando fueron a por mí se dieron cuenta de que yo. tenía fuero militar. Y me mandaron detenido, bajo palabra de honor, a un pabellón de oficiales en la base aérea de Getafe. Ésa fue mi primera experiencia, que no fue exactamente carcelaria. No podía salir de la base. Estuve mes y medio o dos meses.

Fernando Sánchez Dragó sí fue a la cárcel. Era de los más jóvenes de los conjurados. «Fernando Sánchez Dragó / niño aún de pelargón», escribió de él Jesús López Pacheco en la cárcel, en un romance satírico donde se hacía repaso de las decenas de alumnos y profesores díscolos detenidos durante la que fue primera sublevación universitaria del franquismo. A Sánchez Dragó, con dieciocho años, le había dado su bautismo marxista Enrique Múgica.

-Estábamos en la cárcel los que queríamos ser poetas y los que querían ser ministros.

Eso dice Fernando Sánchez Dragó. Él quería ser poeta. Le detuvieron en febrero del S 6. Como a Múgica, Pradera, Tamames y demás. Joaquín Ruiz-Giménez, ministro de Educación al que las travesuras políticas de Sánchez Dragó y los suyos le costaron el puesto, era primo de su madre. Y fue él quien avisó a su familia de que lo mejor era que, tras los primeros incidentes en la Universidad y con un joven falangista herido de bala, se quitase de en medio.

-Me fui a Ferrol del Caudillo a casa de un tío mío. Allí estuve hasta que mi madre llamó por teléfono y me dijo: «Ya ha venido la policía». Tomé un tren, me presenté en Madrid y estuve tres días detenido en la DGS, en la Puerta del Sol. Lo que más me sorprendió es que no saliese a relucir mi militancia comunista. No’ lo sabía la policía, pero, en fin, teniendo en cuenta que tampoco lo sabía ni el propio Dionisia Ridruejo…

Se aplica inicialmente a Sánchez Dragó, al igual que a otros universitarios, el artículo 288 del Código de Justicia Militar, que permitía condenar a penas de 12 años de cárcel hasta pena de muerte a «los que se sublevaren en armas a las órdenes de una potencia extranjera». Durante varios días, en una celda de castigo en Carabanchel, el miedo hace mella. El miedo y – recuerda el entonces literato en ciernes-un frío siberiano, propio de un mal febrero en Madrid. Hasta que el tribunal militar correspondiente se inhibe y pasan a la galería donde ya están instalados el resto de los jóvenes rebeldes. Se libra en aquella ocasión de la cárcel, gracias a un amigo policía de la Brigada Político-Social, Antonio López Campillo. Pero cuando sus mandos averiguan lo que el agente ha hecho, el policía ocupa el lugar de Sánchez Dragó en prisión.

-Y lo mejor de todo es que, como bienvenida, el Partido Comunista en pleno decide juzgar, allí en la cárcel, a tan peculiar represor.

Pero eso forma parte de ciertas conductas promovidas por la dirección comunista con las que. Sánchez Dragó nunca estará de acuerdo, y que pronto le harán convertirse en un disidente. Aunque, inicialmente, para el escritor, Carabanchel es una fiesta.

-Se abre un periodo que, para mí, he de admitirlo, fue jubiloso. Lo pasamos maravillosamente. Leímos, nos instruimos, se establecieron una serie de redes políticas que luego serían importantísimas para el desarrollo del antifranquismo. Y luego que, para un escritor como yo, era entrar en contacto con un mundo maravilloso: la cárcel. Además, venían las niñas de la facultad y nos sentíamos héroes. Estuvo muy bien.

Fernando Sánchez Dragó asegura que, enseguida, se mezcló gozosamente con la población reclusa. Huyendo, entre otras cosas, del tedio de la política. Se sentían, dice, héroes, y allí, recuerda, llevó a cabo una de las acciones más heroicas de su existencia: leer, fósforo a fósforo, cuando cortaban la luz por la noche, novelas enteras. El trato, magnífico, reitera.

-Aparte del hecho de estar aislados y de no tener contacto alguno con el sexo débil, no había grandes problemas. Hombre, que no sabíamos cuando íbamos a salir. Pero a mí me sirvió de mucho aquella experiencia. Yo, como escritor, soy hijo de la cárcel y el exilio. Fueron las dos experiencias que marcaron mi carrera y mi existencia. Los presos eran maravillosos contando sus historias. Fue tan fructífero que, incluso, pasados los años, cuando murió Franco, con cierto cachondeo, pedí a mis antiguos correligionarios que, en pago de los servicios prestados, si llegaban al poder, me metieran cada año dos o tres meses en la cárcel.

Lo que no había era contacto con los antifranquistas de primera hora, que penaban en condiciones mucho menos benignas. De hecho. Carabanchel, ·en principio, era prisión de paso, no penal para los irreductibles. Ésos iban a dar con sus huesos a otros centros. Sánchez Dragó y el resto de sus camaradas habían sido instalados en la galería de los locos y los fuguistas.

-Veías escenas tremendas. Un día apareció un tío con la polla fuera atravesada de lado a lado por una aguja que me decía: «Eh, majo, mira lo que hago, mira lo que hago, dame dos pesetas».

Allí era difícil que los jóvenes comunistas recién iniciados al combate democrático coincidieran con la vieja guardia de la lucha contra Franco. De hecho, en los dos meses de primera cárcel que vivió Sánchez Dragó apenas recuerda contacto alguno con veteranos del Partido. Afinando la memoria, quizás, lejanamente, se acuerda de cierta ocasión en que intercambió unas pocas palabras con un tal Chicho, comunista con trienios de prisión y torturas, en Carabanchel de camino hacia otro centro. Un hombre destrozado por la represión. Alguien muy distinto de lo que ellos representaban: el nuevo y animoso antifranquismo. Dos meses estuvo Fernando Sánchez Dragó en la cárcel. Salió y volvió a entrar dos años después, en 1958.

– Esa vez nos pillaron hasta el cuello. Repetimos algunos: Julián Marcos y yo, entre otros. Los demás eran chicos casi recién afiliados al PCE. Y allí sí salió a relucir ya nuestra militancia. Se cantó de plano. Yo fui el último en ser interrogado e iba acojonado. Intenté negarlo todo, pero la policía me dijo que no fuera gilipollas porque mis camaradas habían cantado. Así que, de nuevo, caímos en las garras del 288 del Código de Justicia Militar. En esa ocasión hubo momentos muy duros. Casi era mejor estar procesado por el TOP que por un tribunal militar.

Las cosas ya no son como al principio. Ese periodo jubiloso al que Sánchez Dragó se refiere en la narración de su primer ingreso en prisión ha concluido. La fiesta de bienvenida en Carabanchel para los jóvenes de buena familia metidos a subversivos ha terminado, y empieza la cotidiana experiencia de ser un preso político, con sus grandezas y sus miserias. En esa segunda detención Sánchez Dragó se ve en la cárcel compartiendo patio y galería con socialistas (apenas un puñado), obreros de berroqueña fe marxista y, sobre todo, comienza a percatarse de que no encaja en el PCE. Lo explica a su manera:

-La convivencia no era fácil. El PCE de entonces se distinguía por hacer gala de un estalinismo en las formas insoportable. Te pondré un ejemplo. Allí, en aquellos días, yo cometí el que quizás es el acto más vil de mi existencia. Había un raterillo de Málaga que se pasaba las horas muertas con nosotros, simplemente escuchándonos disertar de política y cultura. Era un crío casi analfabeto fascinado por lo que decíamos. Venía a nuestra celda, se sentaba en un rincón y atendía a nuestra charla. Sólo eso. Pero alguien avisó al Partido, a los mandos del Partido en la cárcel, de que aquel chico era homosexual. Así que se nos llamó a capítulo a varios, y se nos dijo que era una vergüenza que militantes comunistas tuviésemos relación alguna con alguien así. Y aquel pobre chaval fue expulsado de nuestra celda a la primera ocasión y sin mediar explicación. Así eran las cosas.

Fue uno de los primeros encontronazos entre Sánchez Dragó y la dirección del Partido. Acató las órdenes de sus jefes políticos entonces, pero enseguida optó por la insubordinación. El desencuentro entre el Partido y su persona resultaba evidente. Claramente Sánchez Dragó se alejaba de la disciplina comunista y, al poco tiempo, dio pruebas de ello. Fue con ocasión de una huelga de hambre que el PCE quiso poner en marcha entre sus presos. Se trataba de reivindicar el derecho de los presos a tener una fregona con la que limpiar la celda. En aquellos días los reclusos sólo disponían de una bayeta para tales menesteres. Toda una humillación, a juicio del PCE. O, quizás, simplemente una mera excusa para plantar cara a la represión franquista. Sea como fuere, Sánchez Dragó no entendió las razones para una huelga de hambre, y desobedeció.

– Era un disparate, un señoritismo absurdo el pedir una fregona para no tener que arrodillarnos al limpiar las celdas. Y me planté. Se llevaron a los huelguistas a las celdas de castigo y, para colmo, la protesta fue un desastre, al día y medio habían comido todos y se acabó lo que se daba. Era todo surrealista. Se imponían desde el PCE normas incomprensibles. Por ejemplo, yo conseguí que un funcionario algo rojillo con el que simpaticé me pasase un periódico, algo que estaba prohibidísimo allí. Cada día, al acabar su turno, él dejaba olvidado su periódico y yo lo cogía. Después, claro, lo ponía en común con el resto de compañeros.

»¿Había algo malo en ello? Parece que sí. La dirección del Partido en la cárcel me llama un buen día para comunicarme que no puedo seguir haciendo lo que hago. ¿Por qué? Porque si los camaradas leen la prensa franquista pueden desmoralizarse. Así que me proponen que, una vez yo hubiera leído el periódico, lo cediese a un comité de censura que decidiría lo que podía hacerse público al resto de los presos comunistas y lo que no. Aquélla fue la gota que colmó el vaso.

Fernando Sánchez Dragó es excluido del Partido. No expulsado porque, asegura, para ser expulsado había que matar a diez camaradas o algo similar. Simplemente se excluía al disidente. Así que, de la noche a la mañana, el joven universitario y futuro literato se convierte en líder de una difusa ala liberal del PCE opuesta a la ortodoxia oficial. Pero eso no basta. Y pide a la dirección de la cárcel que le trasladen con los presos comunes. Resultado: no sólo se le traslada a él sino a todos los presos políticos a compartir galerías y celdas con delincuentes comunes.

-Los comunes nos adoraban. Así que, al menos yo, salí ganando.

Pero día a día las cosas se ponen peor. Fernando Sánchez Dragó cuenta y no para acerca de las pequeñas infamias que, a su juicio, se promovían desde el PCE. Las viejas querellas partidistas el desprecio a otros presos políticos de filiación no comunista, eran algo cotidiano entre rejas.

Había un anarquista, Félix Carrasquer, que había entrado ciego en la cárcel. Ciego permanecía en Carabanchel, con veinte años de cárcel tras de sí. El resto de los presos tenían que sacarle a pasear al patio dada su minusvalía. Algo que crispaba a los popes comunistas de la prisión, que no ahorraban en denuestos para aquel pobre viejo aún convencido defensor de los ideales ácratas. Sánchez Dragó así lo recuerda. Como recuerda cierto infantilismo que la cárcel introducía en las conductas de los jóvenes reclusos.

-Se discutía, a veces, por puras estupideces. Por un cacho de pan. Jugábamos a las chapas. Y luego, claro, había hijos de puta entre los funcionarios, como en cualquier lado. Había un carcelero que nos ponía por los altavoces una canción muy de moda entonces que decía: «Anda, bambino, tira el cigarrillo, márchate a tu casa… » para cachondearse de nosotros. Cosas así, en cualquier caso, menores.

Pero, en medio de aquellas miserias, llega la hora de recobrar la libertad. Muere Pío XII y, mediante un indulto, numerosos reclusos, entre ellos detenidos por cuestiones políticas, salen a la calle. Vuelta a la rutina universitaria, aunque muy vigilado. Tanto que, un buen día, con motivo de una huelga, en la calle O’Donnell de Madrid…

– Eran las ocho de la mañana. Yo dormía en pelota picada y vino a mi cuarto una de las dos 128 criadas que teníamos a avisarme de que la policía estaba en casa y querían llevarme preso. Muy hábilmente hicieron pasar al salón a los policías, y yo salí de mi dormitorio y logré escapar, tal y como vine al mundo, por la puerta de servicio, que daba a una escalera interior. Subí a casa de mi abuelo, que vivía en nuestro mismo edificio, y no había nadie, se había ido a misa. Tuve que ir al bajo, donde vivía mi tía, que al abrir ahogó un gritó tremendo, debió de pensar. que yo era un sátiro que venía a violarla o algo así, desnudo como iba. Me dio cobijo y, a las pocas horas, mi madre cogió un coche, se colocó a la puerta de nuestro edificio y yo salí como una bala, me metí dentro y escapé. Y lo mejor de esta historia es que pasaron unos días y todo pareció olvidarse. La policía no volvió por mi casa, y pese a que cuando vinieron a por mí parecía una cuestión de vida o muerte detenerme, luego se olvidaron del asunto.

Pero, visto lo visto, Fernando Sánchez Dragó decide irse fuera de España. Ha acabado la carrera de Románicas y está estudiando Filología italiana. Pide una beca que el gobierno italiano concede a jóvenes universitarios españoles. Previamente ha de echar mano de su cercanía familiar con ciertos prohombres del régimen para conseguir el pasaporte. Sorprendentemente, al Gobierno español le importa un pepino que este joven cabecilla comunista se largue al extranjero. Pero no así al Gobierno italiano, que rechaza la solicitud debido a sus antecedentes subversivos. Insiste en su petición, con el apoyo de sus contactos académicos, y, finalmente, desde Italia se da el visto bueno.

Allí comienza un primer exilio en el que el activismo político no cesa. Conoce, entre otros compañeros de armas, a Ángel Sánchez-Gijón, y allí fundan ambos, junto a otros jóvenes antifranquistas, la Alianza Democrática Popular Española. Un intento apartidista de canalizar la ayuda exterior a la lucha contra Franco. Cuando, un verano, varios de los miembros de la ADPE vuelven a España, son detenidos.

-Fuimos detenidos por un chivatazo. Y, ahora, pasado el tiempo, dígase el nombre del traidor: Óscar Carasol, entonces supuesto antifranquista y a la llegada de la democracia, senador por el PSOE.

Fernando Sánchez Dragó ajusta cuentas. <<Dígase el nombre del traidor», clama. Y así lo hace. La traición queda al descubierto cuando, al ser interrogado, ve en manos de la policía un documento escrito en un papel de características especiales, un original, no copia, que sólo alguien de la organización podía haber pasado. En 1962 entra, por tercera vez, en la cárcel de Carabanchel.

Aquel año se pusieron en esa prisión 57 películas y 55 documentales. Posiblemente Sánchez Dragó viera alguna de aquellas cintas, perfectamente elegidas y cuidadosamente censuradas: Altar mayor, Fray Escoba, Los cañones de Navarone, ¿Dónde vas, Alfonso XII? El beso de Judas, La tuna pasa. Con quién andan nuestras hijas – inútil, innecesaria y hasta cruel pregunta a unos padres que, 130 no por voluntad propia, tenían difícil saberlo- , La guerra de Dios o Quince bajo la lona. Y uno muy apropiado. Diálogos de carmelitas: de celda carcelaria a celda monacal. Título que, las cosas como son, venía al pelo a la población descarriada que llenaba las cárceles. Sin embargo, la elección de algunos documentales, para quienes no podían moverse de los cuatro muros de su celda, rozaba lo sádico: Regiones de España, Del bosque a la fábrica, Los papúes, Fiesta en Salamanca, Así es la jungla, Alrededor del mundo o Viaje a la Antártida. La Memoria de Prisiones de ese año justificaba las proyecciones de la siguiente forma: «De acuerdo con lo permitido por el Reglamento de los Servicios, se organizan programas de cine para la población reclusa en sesiones necesarias para que a todos llegue el influjo benéfico de este divertimento. La programación viene a cargo de los maestros y capellanes, que cuidan de que este instrumento complementario de la educación llene cumplidamente su primordial finalidad».

Sánchez Dragó conoció en Carabanchel a los primeros presos de ETA.

– Una gente excelente -dice- . Estuve tres meses en la cárcel. Ya había gente del FELIPE. del Partido Socialista, etcétera. De los detenidos en aquella caída fui el último en salir. El día de Nochebuena, a las diez de la noche, cuando me estaba preparando para celebrar con mis compañeros de reclusión la Navidad, me sacan de la cárcel. Y empieza una situación disparatada. Se me rebaja la pena de prisión a la de arresto domiciliario.

»Así que en mi casa comenzamos a hacer vida conjunta mi padrastro, mi madre, las dos criadas y dos grises que estaban allí permanentemente, en dos butaquitas del descansillo. Como había conseguido una plaza de profesor de italiano en el Instituto Beatriz Galindo, entonces sólo para chicas, pido permiso al juez para acudir diariamente al trabajo. ¡Y al juez le parece bien! Con lo cual, durante las horas de trabajo, los dos grises se quedaban en mi casa vigilando a no se sabe quién.

En la misma situación, cuenta Sánchez Dragó, vigilado en su propio domicilio, estaba su camarada Ángel Sánchez-Gijón. Pero sin un duro porque no le daban trabajo y no podía salir de casa.

Ocho meses dura la reclusión domiciliaria. Se celebra el juicio que tenía pendiente, y se condena a Fernando Sánchez Dragó a dos años, cuatro meses y un día de prisión mayor. No llegará a ingresar en la cárcel. En 1963 pasa la frontera con el pasaporte de un amigo, Pepe Fernández (diez años mayor que Dragó, bajito y pelirrojo, según dice). Comienzan siete años de exilio. Siete largos años de viajes y de nostalgias. Y un buen día, a punto de volar una vez más y quizá definitivamente hacia la India, decide pedir al Gobierno español que le deje volver. Toma Sánchez Dragó papel y lápiz y escribe al Sr. Ministro de Justicia sin saber siquiera su nombre. Entre lo poco que recuerda de lo que vertió en aquel texto está una afirmación 132 acerca de que «toda democracia para serlo tendría que ser foral o no sería».

-Yo creo que, quizá, entre otras cosas, eso debió de gustar al ministro, que había sido carlista o algo así, y por tanto foralista. Antonio María Oriol me parece que se llamaba, que luego fue secuestrado por los GRAPO. Un perfecto caballero al que la carta le llegó el día de su santo, y al ver mis ganas de volver me dio el visto bueno. Me entregaron un salvoconduoto en la embajada y me vine para España. Por cierto que en la frontera yo estaba convencido de que iba a tener algún problema, pero el agente de policía que allí estaba no me hizo ni caso. Yo miré dentro de la garita y vi que había una lista de subversivos en la que se me incluía y se lo indiqué. «Ah, es verdad», me respondió sin darle importancia. «Pues vaya usted mañana a la comisaría». Así funcionaban los mecanismos de represión franquista, entre el paternalismo y la pura chapuza.

Sánchez Dragó no era un arrepentido, sino todo lo contrario. Aun así, el Consejo de Ministros aprobó su indulto y quedó limpio de polvo y paja. La cárcel quedaba atrás. Recapitulando, admite que la prisión que él vivió no fue la misma que la de los que penaron en El Dueso, Ocaña, Puerto de Santa María, viejos antifranquistas a los que la policía maltrataba.

Javier Pradera volvió por segunda vez a la cárcel en 1958. También como Sánchez Dragó. La conflictividad obrera que se había venido arrastrando desde la cuenca minera asturiana, en 1957, se extiende al País Vasco y Cataluña. El Gobierno declara el estado de excepción en Asturias en marzo de 1958. Y Pradera es detenido dos meses antes.

-En Madrid hubo una caída muy grande de la dirección del Partido Comunista. Yo seguía conservando el fuero militar y me llevaron a la cárcel de Alcalá de Henares. Era un viejo cuartel. Allí estuve un año.

Recuerda Javier Pradera que las condiciones eran psicológicamente duras, sobre todo, por el aislamiento que se sufría. Con él compartían prisión oficiales arrestados por muy diferentes motivos, incluida alguna borrachera. Sonríe ahora cuando dice:

-Había uno al que habían arrestado porque tenía un lío con un corneta.

En Alcalá de Henares había entonces un gran número de paracaidistas. Eran reclutas, voluntarios que los fines de semana solían volver a sus actividades habituales y entre los que se encontraba un alto porcentaje de pequeños delincuentes. Oficiales y soldados estaban separados. Y Pradera estaba separado de los demás oficiales.

Aquellos recuerdos, esa situación un tanto absurda – él solo, paseando solo- se hacen más amargos cuando habla de la muerte de un muchacho, un paracaidista que intentó fugarse, borracho. con otros reclutas. Redujeron a la guardia, dispararon al aire. No mataron a nadie, pero les condenaron a todos a treinta años de prisión. Y a uno de ellos, a muerte. Lo fusilaron.

-Era un chico de Palencia – dice.

Un día a Javier Pradera el director de la prisión le explicó por qué estaba continuamente vigilado. Le habían comunicado que aquel prisionero era el asesor jurídico del Partido Comunista de España y que debían vigilarle porque existía el temor de que los rusos mandaran un helicóptero para liberarle.

– Absolutamente en serio… Lo creían.

En el mes de noviembre hubo un indulto general- el mismo que puso en la calle a Fernando Sánchez Dragó- con motivo de la muerte de Pío XII. También Pradera quedó en libertad.

Obreros y estudiantes

1963 fue un año terrible. El comunista Julián Grimau había sido detenido un año antes y brutalmente torturado por la policía. En el mes de abril fue juzgado, en una parodia de proceso, en consejo de guerra y condenado a muerte. Toda la Europa democrática se movió pidiendo el indulto de Grimau. Franco no hizo caso a las peticiones de clemencia, ni de reyes – Isabel II de Inglaterra-. ni de gobernantes – Willy Brandt, Kruschev-, ni de la Iglesia -el cardenal Montini, que sería después el papa Pablo VI

Y no sólo no tuvo piedad alguna con Grimau, sino que, poco después, fueron ejecutados por garrote vil dos anarquistas: Francisco Granados y Joaquín Delgado. Estaban acusados de dos atentados contra dependencias de la Dirección General de Seguridad y de la Organización Sindical([46]).

En 1963 la conflictividad laboral estuvo centrada, otra vez, en la cuenca minera asturiana. La represión fue durísima. Las humillaciones a los mineros eran tales que un centenar de intelectuales, entre los que se encontraban José Bergamín, los poetas Vicente Aleixandre, Gabriel Celaya y José Agustín Goytisolo, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo o el escritor y actor Fernando Fernán Gómez, escribieron una carta de protesta a Manuel Fraga Iribarne, entonces ministro de Información.

Entre las vejaciones y arbitrariedades cometidas contra los huelguistas hubo hechos que recordaban las prácticas más miserables que los vencedores utilizaron con los vencidos durante y después de la guerra civil. A dos mujeres les cortaron el pelo al cero. Fraga lo negó, pero matizó: «de ser cierto, sería realmente discutible (el acto), aunque las sistemáticas provocaciones de estas damas a la fuerza pública lo hacían más explicable».([47]) Fraga, con López Rodó y Navarro Rubio, estaba en el Consejo de Ministros que debatió la pena de muerte de Grimau. Nunca justificó su postura e, incluso, en sus memorias habla de que los cargos «eran muy serios». Los cargos contra Grimau se referían fundamentalmente a hechos de guerra, no probados en ningún caso.

El año acaba con el nacimiento de una institución de doloroso recuerdo en la mente de muchos españoles. El Gobierno crea el Tribunal de Orden Público, tristemente conocido como el TOP. Creado el 2 de diciembre de 1963, con competencias para «enjuiciar los delitos singularizados por la tendencia en mayor o menor gravedad a subvertir los principios básicos del Estado, perturbar el orden público o sembrar la zozobra en la conciencia nacional», sustituyó a los Tribunales Militares y al Tribunal Especial de represión de Masonería y Comunismo. La última sentencia que dictó fue la 2.908. Duró 13 años. Y se disolvió por acuerdo del Consejo de Ministros de 30 de diciembre de 1976.

El primer juicio que celebró fue contra Timoteo Buendía Gómez, acusado de haber gritado, borracho, en una tasca de Leganés que «Se cagaba en Franco», cuando vio aparecer por el televisor la imagen del Caudillo. Su estado etílico no fue una atenuante. Se le condenó a diez años y un día de prisión el20 de marzo de 1964. El Tribunal estaba formado por Enrique Amat, Antonio Torres Dulce-Ruiz y Francisco Mateu ([48]).

Durante los 13 años que el TOP estuvo funcionando se dictaron 3.892 sentencias, de ellas, 2.908 condenatorias, casi un 75%. Por el Tribunal de Orden Público pasaron más de 10.000 españoles. Además de los más de 20.000 que se enfrentaron a los Juzgados de Orden Público. Los delitos más frecuentes fueron propaganda ilegal, asociación ilícita y desórdenes públicos.

Ese año de 1963 había 316 penados por delitos contra la seguridad interior del Estado. De ellos, 33 tenían menos de 25 años. Y dos, no habían cumplido los 21. En las cárceles españolas había el 31 de diciembre de 1963 un total de 11.395 reclusos.

Javier Pradera entra en Carabanchel en 1963. Y -vidas paralelas- coincide otra vez con Fernando Sánchez Dragó. Cuenta Pradera que el joven Sánchez Dragó venía de Italia seguido por la policía. Traía con él una película sobre la Italia fascista y quería organizar una proyección para que los que estaban en el interior vieran las imágenes.

– A Sánchez Dragó lo venían siguiendo porque pensaban que tenía algo que ver con unos petardos que habían estallado en Madrid por aquella 138 época y que los reivindicaba uno que se llamaba el Capitán Montenegro. Como Sánchez Dragó era muy así, pensaron que él era el Capitán Montenegro y le detuvieron.

Javier Pradera ya había dejado el Cuerpo Jurídico y trabajaba en la editorial Fondo de Cultura Económica. Lo detuvieron y lo encerraron. Reflexiona ahora sobre aquella detención que piensa que no es que fuera ilegítima, es que era hasta ilegal.

– Supongo que lo .hicieron para que me echaran del empleo. Porque todas las acusaciones se vinieron abajo enseguida.

Registraron su casa y se llevaron algunos libros. El juez, un juez especial, se llamaba Blanco Camarero y le procesó por propaganda ilegal. El juzgado de Blanco Camarero, dedicado a propaganda ilegal, se convertiría en el Tribunal de Orden Público. El expediente pasó a este nuevo tribunal y, allí, el juez Garralda lo sobreseyó. Tres procesamientos tuvo Pradera. Y tres sobreseimientos.

Pero estábamos ante el juez Blanco Camarero. Pradera intentó hacerle ver lo absurdo de las acusaciones:

-Señor juez, para que sea propaganda ilegal ha de haber más de dos ejemplares.

-A ver si le proceso a usted por desacato – contestó el magistrado.

Eran libros de Lenin, de Marx que le costaron dos meses en Carabanchel. Allí estaban unos cuarenta mineros asturianos que Pradera recuerda como gente muy divertida. Tiene esa misma sensación que conserva Sánchez Dragó de que aquella era una buena época en la cárcel madrileña. En la sexta galería se encontró a los mismos camaradas: Chicho Sánchez Ferlosio, Ángel Sánchez-Gijón, Fernando Sánchez Dragó, Ángel de Lucas…

-En la prisión no había maltrato. Sí lo había en la Dirección General de Seguridad, adonde me llevaron las tres veces que me habían detenido. Me interrogaron el comisario Conesa, Yagüe…

Javier Pradera mira casi treinta años atrás. Se queda unos momentos pensativo. Dice con una sonrisa, como de alivio, como de complicidad:

– Yo salí bien librado.

En aquellos años Enrique Múgica había sido trasladado a Burgos. Allí estuvo entre 1962 y 1964. Fue, dice, lo más duro.

-Nos trasladaron esposados en tren hasta el penal de Burgos desde Bilbao. Allí estuvimos hasta que nos llevaron al consejo de guerra a Madrid. Íbamos siempre en tren, en un vagón de tercera del tren correo, apartados del resto de los viajeros. Y recuerdo, ¿por qué recordaré yo esto?, que sonaba en alguno de esos viajes, en alguna de las estaciones, por los altavoces, Manolo Escobar cantando El Porrompompero. Nos condenaron a seis años.

El penal de Burgos. Y el frío. La cárcel burgalesa estaba edificada en terreno pantanoso, cuenta Múgica, y los presos combatían el frío que calaba hasta los huesos como podían. Él con tres o cuatro jerséis. El frío. El mismo frío de diferentes latitudes que hizo a Marcelino Camacho vestir incansablemente esos jerséis de cuello vuelto que se convirtieron en imagen de una época y un país. Frío en Burgos y en otras cárceles que unos años más tarde recorrería el secretario general de Comisiones Obreras. En Burgos Múgica y otros como él habían dejado de ser muchachos revoltosos; eran ahora, simplemente, rojos cumpliendo condena. Allí se encuentra Múgica con numerosos veteranos antifranquistas, gentes con demasiados años de cárcel y miserias a las espaldas.

-Había 400 o 500 presos políticos. Comunistas, socialistas, anarquistas. Un tal Enrique Marco, secretario general en el interior de la CNT clandestina en el47. Entrabas en el penal y te topabas con un preso que salía después de veinte años. Gente que entró cuando se batallaba en Stalingrado y salía con Franco aún en el poder. Era impresionante. Muchísimos comunistas. Las esperanzas convertidas en mitos es lo que mantenía viva a esa gente. Y el Partido Comunista se veía en el deber de mantener los mitos. Era preferible la fe ciega, sólo cierta esperanza milenarista podía sostener a aquellos hombres en pie. El gran engaño que fue el comunismo allí tenía una explicación.

Los presos políticos se habían organizado en comunas. Y pese a estar prohibido absolutamente todo, se burlaba del mejor modo posible la vigilancia de los funcionarios. Se escuchaba clandestinamente la radio. Se leían periódicos que entraban ilegalmente, ya que, por supuesto, allí sólo circulaba Redención, la prensa de las cárceles. Y cada quince días, visita.

-Me visitaban mi madre, mi hermano Fernando, asesinado luego por ETA, y mi actual mujer, a la que conocí en la Semana Santa del 62.

Se hicieron novios carteándose, Múgica en el penal de Burgos, ella en libertad, en Logroño. Ella, Tina Díaz, le visitaba. Después seguirían el noviazgo a la salida de la cárcel. Noviazgo que acabaría en boda. Pero muy pronto Múgica volvería a ser detenido. En enero del 71.Junto a Felipe González y Nicolás Redondo, cuando él ya era socialista y había abandonado, de modo no poco traumático, el PCE.

Pero estamos todavía en Burgos. Y en Burgos es donde Enrique Múgica deja de ser comunista y se convierte en militante del PSOE. En pleno franquismo y cuando el único partido de oposición al régimen era el Partido, Múgica se integra en las filas de la socialdemocracia. Años antes había conocido en Carabanchel a un histórico militante socialista: Antonio Amat, Guridi en la clandestinidad, con quien simpatizó rápidamente. Luego, de cárcel en cárcel, Múgica lee, reflexiona, se distancia de la ortodoxia comunista. Y en el penal de Burgos, un buen día, le pide a su novia, a su actual mujer, que comunique a Antonio Amat que quiere militar en el PSOE. Dicho y hecho, y Enrique Múgica provoca un verdadero cataclismo político en su entorno. Sus hasta entonces camaradas 142 le dan la espalda. 1963 y Múgica que se convierte en un paria político en el penal de Burgos. Es, para sus camaradas de entonces, ·«la traición de Burgos». Todavía hoy prefiere no hablar de todo aquello:

– Mejor no revivir ciertas cosas.

Ciertas cosas. Como lo que contó a Julio Fernández, autor de una biografía de Múgica, acerca de un diario que escribió en la cárcel, tras su salida del PCE, y que intentó hacer llegar a Antonio Amat a través de un militante comunista que salía de prisión: «Diseñó un plan consistente en que Antonio Amat y el preso, que era natural de Barcelona, se encontraran en la estación de Miranda de Ebro, donde el segundo estaba obligado a hacer transbordo. Al preso se le describió con todo detalle cómo era físicamente Antonio Amat. Y a Amat, a través de Tina, se le hizo llegar la descripción del preso. Los dos hombres debían encontrarse en el andén de la estación de Miranda, justo debajo del reloj. Amat preguntaría: “¿Sabe usted qué hora es?”, y el preso le entregaría el diario de Múgica.

Llegado el momento, Amat está en la estación, pero nadie se detiene bajo el reloj. De pronto, pasa un hombre que en algo podía parecerse al que Tina le había descrito, y lanza la contraseña.

-¿Sabe usted qué hora es?

Y el otro contesta:

-Parece imbécil; lleva usted cinco minutos debajo del reloj, ¿y quiere que yo le diga la hora?

El diario, por supuesto, quedó en manos de sus antiguos camaradas. Nunca ha podido recuperarlo ».

En aquel PCE de los años sesenta las deserciones no eran contempladas de modo benévolo. Y Enrique Múgica, desde 1963 socialista, detenido después por su militancia izquierdista junto a los que un día iban a gobernar España, prefiere dejar a un lado los malos recuerdos. Porque, en realidad, él no es uno de esos comunistas conversos que reniegan de su pasado. No. Habla, incluso, con cierto cariño de sus antiguos camaradas.

-Los comunistas creen que no han gobernado nunca en España y, en realidad, lo han hecho. Comunistas (ex comunistas) hubo en los gobiernos del PSOE y los hay ahora con el PP. Incluso más ahora. Hay más ex comunistas en los consejos de ministros de Aznar que hubo en los de Felipe.

Lo dice con cierta sorna, pero sin malicia. Allí, en la cárcel, en 1956, cuenta Sánchez Dragó, estaban los que querían ser ministros y los que querían ser poetas. Enrique Múgica llegó a ministro.

“Toda España era una cárcel” Rodolfo y Daniel Serrano. Ejemplar de la biblioteca de AUSAJ

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[43] Santos Juliá: Los socialistas en la política r Tauros. Madrid, 1996

[44] Tomado de www.filosofía.org que, a su vez, cita Jaraneros y alborotadores (Ediciones de la Universidad Complutense. Madrid, 1982

[45] Informe interno elaborado por la Dirección General de Seguridad. Publicado en Jaraneros y alborotadores, ya citado

[46] Carmen Molinero y Pere Ysas: «Modernización económica e inmovilismo político». En Historia de España. Siglo XX. VV AA. Ediciones Cátedra. Madrid, 1999.

[47] Citado por Carmen Molinero y Pere Ysas. Obra citada.

[48] José Maria Mohedano: «El Tribunal de Orden Público». En Historia de la Transición. Coleccionable de Diario 16.