DE NUEVO, NECESITAMOS A LA CODORNIZ: CHISTES Frente a la Censura

Se cuenta que la reina consorte Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, afectada de cojera, no soportaba de buen grado tal afección y menos aún que le fuera recordada por miembro alguno de la corte.

Pero tuvo doña Isabel la mala fortuna de coincidir en tiempo con don Francisco de Quevedo, quien tentado por sus amigos, acepto el reto de ser capaz de mencionar a la cara de su majestad su padecimiento.

Acudió presto el pícaro escritor a una floristería, donde se hizo con dos preciosos ramos de flores, uno de rosas rojas y otro de claveles blancos y con ellos en la mano, abordó a la reina que se encontraba en la plaza en ese momento y haciendo una reverencia y extendiendo sus brazos portando en cada uno de ellos uno de los ramos, pronunció uno de los calambures más inolvidables de la historia:

Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja.

Cabe preguntarse qué habría ocurrido si en vez de haber vivido en el siglo XVII, nuestro astuto escritor hubiese vivido en el XXI y si en lugar de su boca, el avezado don Quevedo, hubiese machacado a su majestad utilizando un despiadado tweet.

Los últimos acontecimientos empiezan a hacer cierta aquella frase que tanto sonaba en alguna época de la transición en boca de la izquierda desencantada: “Contra Franco vivíamos mejor”.

¿Hay que castigar con cárcel la zafiedad, el mal gusto y la falta de respeto? ¿No será mejor castigo un buen contra-argumento que utilice la misma libertad de expresión que el presunto necio emplea?

Es momento de tener muy presente aquella máxima de Voltaire: “No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla”

Respetar las opiniones que compartes es fácil, pero donde el respeto se muestra verdaderamente es frente a aquello de lo que discrepas.

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De autobuses, chistes e iglesias

Juan Antonio Lascuraín

Juan Antonio Lascuraín. Catedrático de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.

Al inicio de la Transición fue popular un sketch — que me perdone la Fundeu — de Fernando Esteso en el que tras una leve alusión política en su monólogo mostraba pánico ante el encendido de una amenazante lucecita roja: “Pero si ya se pué largar, ¿no?”. No se me ocurre nada mejor que esta viejuna evocación para ilustrar la identificación entre libertad de expresión política y democracia. Siento la obviedad, pero si en un sistema democrático todos somos soberanos y entre todos decidimos sobre las cuestiones que a todos nos afectan, es absolutamente consustancial al mismo que las informaciones y las opiniones relativas a la organización social fluyan libremente. Sin libertad de expresión ni sabemos si la mayoría es mayoría, ni la minoría podrá nunca ser mayoría. Tan grabado a fuego está esto en nuestra Constitución que el Tribunal Constitucional anuló un artículo del Código Penal que tipificaba como delito una conducta tan necia como políticamente expresiva: la negación de un genocidio.

Naturalmente que ello no comporta que se pueda decir cualquier cosa, pues los labios también pueden ser espadas: pueden humillar, intimidar, incitar a la violencia. Pero sí que los estados democráticos harán bien en ser muy generosos con la expresión política, incluso cuando la opinión “sea desabrida y pueda molestar, inquietar o disgustar a quien se dirige, pues así lo requieren el pluralismo, la tolerancia y el espíritu de apertura, sin los cuales no existe sociedad democrática” —en mantra del Tribunal Constitucional, siguiendo al Tribunal Europeo de Derechos Humanos—. Debemos tolerar el dolor de las expresiones estúpidas o disparatadas si son necesarias para la comunicación política, si no incitan a la violencia y si no dañan radicalmente la dignidad de la persona —si no son lo que la jurisprudencia constitucional llama “injurias absolutas” —. Y si se trata de información sobre lo público, no nos pongamos muy exquisitos con que sean verdaderas —¿qué es la verdad?— y conformémonos con que el informante haya sido diligente en su obtención. Es más: tanto nos importa el discurso público que no solo deberíamos ser generosos al dibujar su ámbito, sino que, para no desalentarlo, deberíamos renunciar a la pena, o al menos a la pena de prisión, como vía de prevención de su exceso. También lo dice nuestra jurisprudencia constitucional: como la frontera del ejercicio lícito de la expresión política es inevitablemente difusa, no deberíamos poner el barranco de la cárcel al otro lado. Nuestros ciudadanos no querrán pasear por la plaza pública si saben que en ella hay bancos mal señalizados de arenas movedizas.

Todo esto viene a cuento de recientes resoluciones judiciales sobre sonados casos penales de expresión. Quien las lea va a sentirse menos libre, más disuadido, más desalentado para la participación política. Pensará que no puede reproducir viejos chistes crueles de viejos dictadores (caso Cassandra), que sus ocurrencias ácidas pueden ser reputadas como violentas (caso César Strawberry), que le pueden enviar quince meses a prisión por mostrar su discrepancia política quemando un retrato del Rey (STC 177/2015), que sus actos violentos pueden tener una pena agravada por expresar que Cataluña debe permanecer en España (caso Blanquerna), o que no puede propagar su opinión contraria al reconocimiento de la transexualidad infantil (caso del autobús tránsfobo). Creerá también, tras leer algunas de estas sentencias, que la dura oposición de acceso a la judicatura puede provocar la pérdida del sentido del humor (recuérdese también la condena por el caso de la portada de El Jueves de los entonces príncipes de España). Como muestran esas pesadas bromas de amigos que después perdonamos con facilidad, el contenido objetiva y predominantemente jocoso de una expresión puede disminuir e incluso eliminar el daño psíquico propio de una humillación o la seriedad propia de la incitación a la violencia.

Lo que tampoco entenderá nuestro lector de sentencias es que, frente a todo lo anterior, la libertad de expresión le permita a uno pasar a la (co)acción y desnudarse en una iglesia (caso Rita Maestre). O que la generosidad con la opinión política se contagie sin sentido a las afrentas nada políticas que arrumban con facilidad web el honor de las personas. La virtud no está en una expresión sin ley, sino en que haya muy poca ley para la expresión política. Se trata, solo y nada menos, de preservar sin remilgos el discurso sobre lo público, porque nos va en ello la democracia. Se trata de que no haya lucecitas rojas en el horizonte de nuestras opiniones políticas. Se trata de que se pueda largar.

“Bombín es a bombón, como cojín es a equis. Y nos importan tres equis que nos cierren la edición”.

“Frasco, frasco, frasco, arriba es piña”.

“Un fresco general, procedente de Galicia, se ha apoderado de todo el pais”

Las leyendas urbanas de “La Codorniz” (la revista más audaz, para el lector más inteligente)

La revista La Codorniz fue fundada en 1941 por Miguel Mihura y sus primeros colaboradores en la revista de humor “La Ametralladora” (1937-1939). Pasaron por ella Tono, Neville, Herreros y Álvaro de Laiglesia, entre otros.  Más tarde se fueron incorporando escritores como Wenceslao Fernández Flórez, Enrique Jardiel Poncela y Ramón Gómez de la Serna.

En la época en la que la revista estaba bajo la dirección de Álvaro de Laiglesia se incorporarondibujantes como Mingote, Gila, Chumy Chúmez y escritores de humor satírico como Rafael Azcona, Ángel Palomino, Evaristo Acevedo Alfonso Sánchez. Al mismo tiempo se crearon nuevas secciones que pronto se hicieron famosas: La Crítica de la Vida, La Cárcel y la Comisaría de Papel. Constituían un grupo de amigos y hacían un humor surrealista, absurdo y muy desconcertante para la época, que provocaba igual irritación que entusiasmo.

Como se puede apreciar, en la Revista, trabajaban casi todos los escritores de humor de la época. En los años 60’ la leían personas de todas las tendencias políticas y celebraban sus chistes como una chirigota nacional. Tenía varias secciones fijas, como la Cárcel de Papel, en la que tomaban a un personaje, generalmente político, y le sacaban los colores reproduciendo los despropósitos que había dicho en los últimos tiempos.

No hay que olvidar que se publicaba en un tiempo en el que ni siquiera había censura previa; salía la edición y, si no gustaba a quien tenía que gustar, les secuestraban el número ya distribuido por los kioscos y les cerraban la edición por un tiempo.

Por todo ello, el contenido de la revista estaba lleno de sobreentendidos, de guiños y de sugerencias y propiciaba lo que pasó: lo que no decía “La Codorniz” se inventaba y se daba por publicado a base de boca-oreja.

Álvaro de Laiglesia (1922 – 1981) lo dejó escrito en su último libro “La Codorniz sin jaula” (Planeta, 1981): “muchas de las portadas y de los chistes que se atribuyen a La Codorniz son bulos y los desmentidos han menudeado siempre”. Pero la leyenda sigue, incombustible. He aquí un breve resumen de dichos bulos:

Frasco, frasco, frasco, arriba es piña.

La existencia de una portada titulada “Frasco, frasco, frasco, arriba es piña”, de la que se dice que les secuestraron la edición y les cerraron la revista;  sigue la leyenda urbana diciendo que, para protestar por la censura, hicieron el número que figura a continuación.

La portada del túnel:  se veía la entrada de un túnel, por el que se disponía a entrar una locomotora; todas las páginas interiores de la revista estaban en negro, como si fuese la oscuridad del interior; y como contraportada, el tren saliendo del túnel.

La de Bombín es a bombón: de todas las portadas-bulo, seguramente la más famosa fue la de “Bombín es a bombón, como cojín es a equis. Y nos importan tres equis que nos cierren la edición”. Hay muchas personas que aseguran, incluso, tener un número de esta edición.

La portada del Fresco de Galicia: otro dibujo que la gente afirma haber visto. Un parte meteorológico en el que en destacado recuadro podía leerse: Reina un fresco general procedente de Galicia, referido al Dictador Franco.

La portada del Huevo-de-Colón: más célebre que las anteriores si cabe es, en el falso recuerdo popular, aquella que dicen que presentaba a toda página un gran huevo de gallina, con el rótulo “El huevo de Colón”. Y luego, más abajo, en letra pequeña: “La semana que viene publicaremos el otro”.

El Título Invertido:  cuando a Francis, el hijo varón de los marqueses de Villaverde, le cambiaron el orden de los apellidos llamándole Franco Martínez en vez de Martínez Franco, La Codorniz apareció como Codorniz La”.

Esas portadas según el mismo Laiglesia nunca existieron en La Codorniz, pero la leyenda está tan arraigada que, hablando con mi madre (92 años) de este artículo, me aseguró ayer mismo haber visto “con sus propios ojos” ¡¡la portada de los frascos y la piña!!

Ana F.

EL BURRO DE LOPEZ RODO

La Codorniz se permitió, en plena dictadura, llamar burro a uno de los ministros fascistas de  Franco, en una historieta que empezaba con una viñeta con el dibujo de un campesino llamado López y su burro, subiendo por la ladera de una montaña. La segunda viñeta dibujaba a López con su burro en a cima de la montaña; la tercera vieta mostraba a López en la cima mirando al Burro que caía rodando ladera abajo; el Texto: EL BURRO DE LÓPEZ RODÓ. Algo inadmisible en aquella época de gobierno de los lópeces del Opus. Lamentablemente, no hemos localizado las viñetas, sólo tenemos el recuerdo.

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¿POR QUE NO TENEMOS AHORA UNA REVISTA COMO LA MITICA CODORNIZ? TAL VEZ FALTEN LOS LECTORES INTELIGENTES. SORPRENDE Y MUCHO REVISARLA.

(del blog atravesdelacultura.blogspot.com.es)

Letra del himno que le compuso el talentoso Antonio Lara de Gavilán (Tono) a la publicación de la que fue fiel colaborador y lo cantan con un fondo de música de vals:

“La primavera ha llegado,
¡Ay Don José!.
Póngase usted el traje blanco
y el “canotier”,
suba en su bicicleta
a pasear
y oiga por todas partes
este cantar:

Codorniz,
¡Chin pon, chin pon!,
es un ave paticorta
con un pico en la nariz.
Codorniz,
se alimenta de gramíneas,
de caviar y de lombriz.¡Codorniz, Codorniz, Codorniz!

Sale todas las semanas
para hacerle a usted feliz.

Y en el fondo de un jardín,
apoyada en un jarrón,
Edelmira mira a Flavio
y le suelta esta canción.
¡Chin pon, chin pon!:
Codorniz,
¡Chin pon, chin pon!,
es un ave paticorta
con un pico en la nariz.
Codorniz,
se alimenta de gramíneas,
de caviar y de lombriz.

¡Codorniz, Codorniz, Codorniz!
Sale todas las semanas
para hacerle a usted feliz.¡Iiiiizzz!”