Toda España era una cárcel. Por Rodolfo Serrano y Daniel Serrano (V)

ÍNDICE

Burgos

En España había en 1958 un total de 14.933 reclusos. De ellos, 13.580 hombres. La memoria de Prisiones aclara que en un año la población penal ha disminuido en 3.021 personas. El sistema penitenciario estaba dividido en ocho zonas. La primera, Madrid, incluía las prisiones provinciales de Madrid, Toledo, Ciudad Real, Cuenca y Segovia; la Provincial de Mujeres de Madrid, el Hospital Central Penitenciario, el Sanatorio Psiquiátrico Penitenciario, el centro Penitenciario de Maternología y Puericultura, la Prisión Central de Hombres de Guadalajara, la Prisión Central de Mujeres de Guadalajara, las Prisiones de Mujeres de Segovia y Alcalá de Henares, el Sanatorio Antituberculoso Penitenciario de Cuéllar, el Reformatorio de Adultos de Ocaña y los Talleres Penitenciarios de Alcalá de Henares.

En la segunda zona, Sevilla, estaban las prisiones provinciales de Badajoz, Cádiz, Huelva, Las Palmas, Tenerife, la central de Puerto de Santa María y la Colonia Agrícola de Tefía. En la tercera, Granada: las provinciales de Almería, Córdoba, Granada, Jaén, Málaga, Murcia y el Instituto Geriátrico de Málaga. Cuarta zona, Valencia: la Prisión Celular de Valencia, la Central de San Miguel de los Reyes, la Prisión de Mujeres de Valencia y las provinciales de Albacete, Castellón, Palma de Mallorca y Teruel.

La quinta zona, Barcelona, incluía las prisiones provinciales de Barcelona, Zaragoza, Lérida, Huesca, Tarragona y Gerona. En la sexta zona, Burgos, estaban la Prisión Central de Burgos y las provinciales de Burgos, Bilbao, Logroño, Pamplona, San Sebastián, Soria y Vitoria. Séptima zona, Oviedo, con la Colonia Penitenciaria de El Dueso, la Prisión Central de Gijón y las provinciales de Oviedo, Santander, La Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra. Por fin, la octava zona, Salamanca ‘ ‘ comprendía las prisiones provinciales de Ávila, Cáceres, León, Palencia, Salamanca, Valladolid y Zamora. En total había 71 establecimientos penitenciarios repartidos por todo el territorio nacional.

Al hablar de la sexta zona, donde se encontraba la Prisión Central de Burgos, la memoria subraya que «la disciplina durante el año 1958 ha sido buena, cumpliéndose las prescripciones reglamentarias con la debida normalidad, observándose orden y subordinación de los reclusos, no habiéndose producido ninguna perturbación de importancia que merezca ser señalada, y sí solamente hechos aislados, inevitables en toda agrupación humana, por lo que el nivel disciplinario se conceptúa en términos generales como bueno».

El penal de Burgos fue construido a mediados de los años veinte, con siete departamentos: celular (100 celdas), general (ocho brigadas con cabida para unos 100 reclusos cada una), enfermería, cocina, talleres, escuela,· biblioteca y granja. Tiene ocho patios. Se dice que estaba construido para albergar a 1.000 reclusos, pero, de acuerdo con informes de los propios prisioneros, en los primeros años de la posguerra llegó a albergar a más de 5.000.([39]) Ésta es la cifra que da también Melque Rodríguez Chaos en sus memorias, aunque rebaja el número de internos previstos por los arquitectos del penal a 400.

Por Burgos pasaron muchos de los mejores hombres de la lucha antifranquista. Antes que Miguel Núñez pasó por allí Simón Sánchez Montero, detenido por primera vez en 1945. Su vida ha sido un largo entrar y salir de prisión. En total ha estado más de 15 años en distintas cárceles.

Así narra Sánchez Montero su llegada a Burgos: «Llegamos a Burgos el 3 de mayo del4 7, a las once de la mañana. Había nevado, aunque poco. Al entrar en la cárcel, de acuerdo con el reglamento, nos llevaron a celdas para pasar el periodo de aislamiento. Al día siguiente, nos hicieron pasar a la peluquería para que nos cortaran el pelo al cero». Allí el peluquero, Leocadio, les informó de la organización clandestina de la prisión. Les dijo cuántos estaban en celdas de castigo, cómo comunicarse a través de las cañerías, el sistema de morse empleado (un golpe, un punto; dos golpes, una raya). Les indicó cómo hacer llegar a los castigados la comida suplementaria y la forma en que había que hacerlo.

Si algo recuerda Miguel Núñez de aquella caree! es el frío. El mismo recuerdo que Sánchez Montero, el mismo que Rodríguez Chaos.

-En Burgos decíamos que había dos estaciones: la de invierno y la del ferrocarril-dice. Y todavía parece que le corriera por el cuerpo una lejana tiritona.

Años antes, Simón Sánchez Montero smtlo el mismo frío. Ya en democracia, en el estudio del pintor Jerónimo Salinero, el viejo luchador recordaba aquellos días de Burgos. Alguno de los presentes comentó: <<¡Qué frío!». Y Simón, con su bufanda gris todavía alrededor del cuello, tan pulcro siempre, sonrió:

-Para frío, el que pasábamos en Burgos. En febrero de 1948 me metieron en celda de castigo porque un grupo de compañeros habíamos conmemorado el aniversario del Frente Popular. Hacía un frío espantoso. Yo estaba solo, aislado. Y siempre mantenía la ventana abierta. Estaba. deseando respirar. No lo sabéis bien… Tenía la ven- tana de par en par para que entraran el frío y el aire. Una vez salí al patio y, cuando volví, había entrado la nieve hasta la mitad de la celda. Me acuerdo que mi mujer me mandó una carta y se quejaba del frío que yo estaría pasando. Ella sabía, por la radio supongo, que en Burgos estábamos a 16 grados bajo cero. Eso sí que era frío.

Melque Rodríguez Chaos narra también cuál era la situación en aquel penal: «Aquel invierno (de 1942) fue de los más crudos. En Nochebuena abrieron las celdas de las brigadas en el momento del reparto de la cena. Sólo algunos tuvieron la fuerza de voluntad de ir a recogerlas, a pesar de que esa noche se sirve rancho extraordinario y del hambre existente. La inmensa mayoría, al enterarse de que las puertas de las brigadas estaban abiertas, corrieron hacia ellas para guarecerse del frío intenso, perdonando aquella cena con la cual habían estado soñando los 365 días del año».([40])

En el Teatro Alcázar de Madrid se estrenaba Mujeres, vino y amor, mientras en el Lara Arthur Miller enseñaba a los madrileños Panorama desde el puente. Se inauguraba el segundo alto horno de la factoría de Avilés con una capacidad de l. 700 toneladas diarias de arradio y el Abe alertaba sobre el peligroso frente en la guerra fría que se abría entre norteamericanos y rusos, al proponer éstos que Berlín fuera declarada «ciudad libre». En ese año de 1958 Miguel Núñez llegaba al penal de Burgos.

La situación en la prisión, efectivamente, había mejorado. Los comunistas estaban perfectamente organizados dentro del penal. Incluso, había dos células de funcionarios.

-Uno de ellos había estado en la División Azul. Estaba el hombre haciendo el servicio militar y llegó su comandante y dijo – pone Miguel la voz engolada, de hombre .con mando-: «Le he dicho al Caudillo que este batallón está dispuesto a ir a luchar contra el comunismo. El que no esté de acuerdo que dé un paso al frente». Ya me contarás quién iba a dar el paso al frente. Aquel úo se llevó para Rusia a todo el batallón. A ver. Este funcionario, cuando llegaba un cacheo, se ponía muy serio. Y gritaba: «¡Tú. ven aquí!». Y nos hacía un registro exagerado, pero sin quitarnos nada de lo importante.

Ahora Miguel se levanta. Dice:

-Espera. Te voy a enseñar uno de los mayores enemigos de Franco.

Vuelve al rato. Trae una tartera de aluminio en la mano. -A ver si sabes cómo pasábamos aquí los papeles. A ver.

Sonríe con picardía. Disfruta cuando ve a su interlocutor dar la vuelta al cacharro, inútilmente. Mirarlo por arriba y por abajo. Golpearlo. Buscar un doble fondo que no encuentra.

-La forma en la que entrábamos y sacábamos cosas de la cárcel demostraba el ingenio y la capacidad artística.

Luego, cuando uno ya se ha rendido, toma la tartera entre sus manos. Gira un poco el fondo. Tira hacia arriba. Y muestra que, efectivamente hay un doble fondo imposible de descubrir. Porque el recipiente está compuesto por dos cuencos, uno encaja en el otro a la perfección. El reborde de la tartera cubre el cuenco externo. Y el artesano que hizo el cacharro ha duplicado hasta los remaches del cierre, de tal manera que los de fuera corresponden exactamente con los de dentro. Con lo que cualquier observador pensaría -y así fue durante años- que son los mismos.

– Éste fue uno de los principales enemigos del franquismo. Y no sólo esto. Las asas de las bolsas en las que nos mandaban alimentos o ropa estaban huecas y en ellas nos metían y sacábamos documentos. Teníamos telas en las que estaban escritos informes.

Muestra algunos documentos, escritos con letra minúscula, en papel casi transparente, papel biblia, dobladito, amarillento por los años. Una sucesión de números, incomprensibles. Números y números que nada significaban si no se tenía la clave. ¿Y la clave? Era lo más sencillo del mundo. Y lo más difícil – imposible- de descifrar.

La clave no estaba escrita en ningún lado. No había una hoja que explicase qué significaba cada número. La clave era un libro cualquiera. Dos libros, mejor dicho. Los dos del mismo autor, los dos del mismo título, los dos de la misma edición. Uno estaba dentro de la cárcel. El otro, en el exterior

-Durante muchos años el libro de claves estuvo en la biblioteca de la prisión. Por ejemplo, Veinte mil leguas de viaje submarino. Primera cifra: página. Segunda cifra: línea. Tercera: letra. Y letra a letra se mandaba el mensaje. A través de esos medios pasábamos la información. Esta tartera se hizo en un taller de un compañero que estaba especializado en este tipo de objetos metálicos.

La actividad en la cárcel era muy intensa. Tanto por lo que se refiere a la propia disciplina o a cuestiones de intendencia -compra y reparto de alimentos-, como de formación política y cultural de los presos.([41]) Mundo Obrero, Juventud Libre, Universidad o Muro, totalmente hechas a mano, con un cuidado y delicadeza exquisitos, eran la forma en que se luchaba informativamente contra la revista Redención, órgano de Prisiones. Redención es una buena fuente para comprobar el pensamiento penitenciario y político del nuevo régimen. No sólo se incluían noticias de todo tipo, sucesos y catástrofes aderezadas con actos de propaganda de los jerarcas del franquismo, sino que se recogían escritos de presos arrepentidos, cartas y poemas de lamentable sumisión al nuevo orden, como ejemplo para los prisioneros más contumaces.

Todos los testimonios recogidos hacen hincapié en la actividad cultural y política que se desarrollaba entre las rejas. De la revista Muro existe algún ejemplar. En diciembre de 1961 Marcos Ana, más de veinte años en prisión, publicó en esta revista una bellísima carta abierta en la que el poeta cuenta sus experiencias carcelarias, su condena de muerte, y agradece la solidaridad con los presos. La carta, escrita a mano, en mayúsculas, pulcra, bellamente caligrafiada, se refiere, precisamente, a las dificultades para editar desde la celda estos escritos: «Imaginad el audaz proceso que sigue la elaboración de una revista en la cárcel. Pensad en cada colaborador trabajando en la noche silenciosa, sobresaltado por los “alertas” y las rondas de los funcionarios. En ocasiones, cuando todo está terminado, hay que romperlo para volver a empezar a los pocos días; y esta operación de romper y renacer puede repetirse dos, tres, cuatro veces, convirtiéndose en un auténtico “trabajo de Sísifo”. Después hay que salvar los muros y hacerlo llegar a su destino».

Miguel cuenta que, además, las críticas al Partido, en aquellos años, empezaban a surgir entre los internos.

-Hacíamos una revista de la prisión. Y otra para el exterior: Muro era una que salió con motivo de la campaña de Amnistía. En esa época, la situación ya era muy distinta. Empezábamos a recibir ayudas. Y teníamos una percepción total de lo que ocurría afuera. Yo conservo algunas cartas con críticas hacia la dirección del Partido que eran tremendamente atinadas. Había que tener en cuenta que allí estaban militantes e intelectuales de toda España que tenían tiempo y datos para reflexionar sobre el trabajo de la organización.

No ha perdido Miguel Núñez su capacidad de comprensión. Él, que tanta dureza demostró en comisarías y cárceles, o tal vez por eso, ha desarrollado una infinita tolerancia hacia las debilidades ajenas. Tolerancia con quienes no resistían la tortura, con quienes hablaban, con quienes abandonaban.

-Generalmente eran los camaradas que estaban fuera de España los que peor se comportaban. Pero no es criticable. Claro. Veías que un tío, un camarada, que estaba en la Unión Soviética, que tenía su casa, su trabajo, su despacho, y un día le decían: <<¿Puedes ir a Barcelona a sustituir a fulanito? ». Y contestaba: «Sí». Y dejaba, casa, trabajo, seguridad. Y se venía. Y cuando le cogía la policía y le decían que iban a torturar a su mujer, se rendía. ¿Era malo por eso? No. No estaba preparado.

No les critica. Pero frente a ellos coloca a las mujeres que estaban aquí, en España. A esas mujeres a las que cogían, a las que machacaban. Y callaban. N o decían ni cómo se llamaban.

-Como mi compañera. La cogieron en el año 1945. La torturaron. La torturaron de tal modo que le rompieron la columna vertebral. No abrió la boca para nada.

Miguel se enteró de lo que la estaban haciendo a Tomasa Cuevas y consiguió hacerle llegar un mensaje: <<Puedes dar tu nombre, porque como ya has estado detenida, a través de las huellas digitales, va a salir tu nombre».

Ella le contestó con una nota que decía: «Yo con la policía no me hablo».

-Pero, claro, esa mujer, desde que nació, sabía lo que era la policía y la guardia civil, lo que eran las detenciones. Tenía una larga experiencia en luchas, en clandestinidad.

Como Vicenta Camacho: «En el 43 me detienen y me llevan a Gobernación en donde fui torturada durante sesenta y cuatro días». Como Antoñita Herrero: <<Me detuvieron en el 46 y estuve en la cárcel hasta el 60. Me vuelven a detener en el 63. Me encierran, precisamente, en el calabozo de donde habían sacado muerto a Grimau. ¡Porque Grimau no se tiró! […] Como había un charco de sangre, la policía echó carbonilla y yo recogí la sangre de Julián envuelta en carbonilla». Como Joaquina Campos: «Yo ya conocía a todos los torturadores, incluso hasta ellos me llamaban Joaquina». Como Isabel Sanz Toledano: «Fue un juicio de mucha presión, ya que se pedía pena de muerte. Al final me pusieron veinte años». Como miles de mujeres, olvidadas, traicionadas, en ocasiones por su propio partido. Pilar Soler, largos años sirviendo al Partido como enlace, detenida, siempre en constante huida. Hasta que ya no puede más. Enferma y cansada se enfrenta a sus compañeros: «Planteo a los camaradas que yo no puedo continuar en la clandestinidad en aquellas condiciones. Aunque los camaradas me dicen que voy a pasar la frontera (a Francia) yo tengo mis dudas. Pregunto por Monzón y dicen que no saben nada. Yo lo dudo. Era mentira. A Monzón lo habían detenido. Yo estoy segura de que el paso de Monzón por la frontera fue para cogerle… Por fin se realiza mi paso a Francia y allí van a transcurrir mis veintiséis años en el exilio. Era el año 1946».([42])

Eduardo Encinas pinta. Y no lo hace mal, asegura con pudoroso orgullo. De hecho, lo hace muy bien y su pintura está reconocida. Y sus dibujos. Esos dibujos que muestra ahora, esos dibujos en los que reflejó tanta miseria y tanto dolor, esos rostros macilentos, los cuerpos cansados que se arrastran por galerías y por patios del penal de Burgos, con el hambre y el sufrimiento marcado en cada trazo.

– Éste era un socialista, muy buena gente… y éste… no recuerdo. Éste tenía un rostro interesante. Y éste era un hombre que mató a su mujer, creo…

No pinta mal. Nada mal.

En 1946 Eduardo Encinas trataba de sobrevivir y de sacar a su familia adelante. Había logrado cuatro años antes una plaza de factor en Renfe. Y seguía con la familia dividida. Dos hermanos suyos, que habían intentado huir a Portugal, corno él mismo hiciera en el 39 a Francia, habían sido detenidos y encerrados. En Renfe Encinas no ha logrado huir de todos su problemas, sigue siendo el rojo y es al rojo al que cargan la responsabilidad de una pintada, un Viva Rusia que alguien trazó sobre uno de los cajones dispuestos para embarcar en el tren.

-Nos acusan de participar en un complot comunista a varios ferroviarios. Se nos quiso hacer un consejo de guerra sumarísimo. Y todo porque alguien escribió en un cajón de madera: Viva Rusia. ¿Cómo hemos podido sobrevivir a tanta miseria?

Todavía no ha encontrado la respuesta. A lo mejor es que no la hay. A lo mejor es que la fortaleza la da ese ansia de vivir, de seguir adelante. Ese afán porque cambien las cosas. Ese rebelarse con lo que está mal. ¡Quién sabe! A lo mejor eran las mismas razones que a él le llevaron en 1956 a militar en el PCE.

Conoció a Francisco Romero Marín y de su mano entró en el Partido. En 1960 se celebró el VI Congreso del Partido Comunista en Praga. Santiago Carrillo fue elegido secretario general y Dolores Ibárruri, Pasionaria, pasó a ocupar la pre- sidencia. El congreso había ratificado la política de reconciliación nacional y seguía apostando decididamente por la movilización del pueblo. El PCE hacía un llamamiento a la huelga general y a la unidad de toda la oposición contra la dictadura. Sus llamamientos para lograr un amplio frente antifranquista nunca fueron escuchados.

Cuando Eduardo Encinas volvió de Praga fue detenido con otros dirigentes.

-Estábamos todos fichados. A mí, encima, me pillan con una especie de multicopista en casa. Casi nada. Veintitrés días en la DGS y, cuando se me juzga en un tribunal militar, me caen ocho años de cárcel. Y eso que me pedían seis.

Con Eduardo Encinas, aquel1960, había 15.226 internos en las cárceles. De los que 1.107 estaban en Madrid. Por delitos contra la seguridad del Estado había 800 hombres y cuatro mujeres cumpliendo penas. Y otros 306 por bandidaje y terrorismo -más cuatro mujeres-. Dieciséis hombres y una mujer estaban ingresados y condenados por comunismo y masonería. Otros 3 62 hombres y una mujer por delitos definidos en el Código de Justicia Militar. Un total de 6.786 -entre hombres y mujeres- eran presos preventivos procesados en consejo de guerra o pendientes de asistir a juicio. Y 1.608, de ambos sexos, estaban detenidos a disposición del Tribunal Militar correspondiente.

Eduardo Encinas ingresó en Carabanchel. Estuvo allí cinco meses. Dentro de la cárcel el activisrno no cesaba. Tenía que participar en una de las numerosas huelgas de hambre que el PCE promovía de cuando en cuando.

-Todo porque uno que había estado en la Unión Soviética y estaba preso se había pegado con un funcionario-. Y como hubo represalias, claro, pues a la huelga de hambre. Cuatro o cinco días aguantamos sin comer.

De Carabanchel se le trasladó a Burgos. Burgos, dice Eduardo, era un penal muy triste.

-Había gente con muchos, muchísimos años de cárcel. Te voy a poner un ejemplo de lo triste que era aquello. Un día uno de los que estaba por allí, un preso que, entre pitos y flautas, llevaba veintisiete años a la sombra, me dijo: <<Me voy a casar. N o quiero que llamen moza vieja a mi novia ». Claro, veintisiete años de noviazgo eran muchos años. El día que se casó yo estaba pintando las rejas de la prisión, y pude ver a la novia entrar. Daba pena. Llevaba una especie de pamela enorme, pero iba vestida de negro y ¡calzaba alpargatas! Una novia con alpargatas. Fíjate si era aquello triste. Y encima que la boda en la cárcel era un trámite tristísimo. Veinte minutos de ceremonia, un vasito de vino dulce al que invitaba el director y fuera.

Es curioso, dice Eduardo, que ante tanta muerte, tanta desolación, fueran aquellas alpargatas lo que le impresionara más. Era la imagen del penaL Era la miseria, el dolor, la desesperación de aquel amor, de aquellas dos personas que, luego, serían apartadas. Ella en su casa, pensando en él. Él en la soledad de la celda, pensando en la mujer que lloraría, ¿no? En su noche de bodas. Eso era el penal de Burgos. Presos con años y años de cárcel a las espaldas, y novias mustias que se casaban en alpargatas por no alargar más algo que nadie sabía cuándo acabaría.

En la cárcel las comunas de los partidos funcionaban a pleno rendimiento. Allí Eduardo conoció la muerte, el asesinato de Julián Grimau. Se planteó una huelga de hambre. Y Eduardo se negó a secundarla. O a muerte o nada. Planteó a sus camaradas que le resultaba ridículo perjudicarse la salud durante dos o tres días para luego seguir como si tal cosa. Eduardo comenzaba a distanciarse de algunas ortodoxias de partido.

-Había burros y torpes en la cárcel y en el Partido, como en cualquier sitio.

Allí, en Burgos, Eduardo coincidió con comunistas, algún socialista, unos cuantos anarquistas («unos jóvenes gamberros de tendencia ácrata», cree recordar que penaban por aquellas celdas). De unos tiene buen recuerdo y de otros no. De algunos, ni habla. Para qué. En la cárcel hubo de todo. Él permaneció tres años entre rejas. Cuando salió, dice, le dio trabajo Francisco Pérez González. No lo ha olvidado.

-Yo no tenía nada. Y me ayudó. Me dio trabajo en Santillana. Dibujos y cosas así.

Porque Eduardo Encinas nunca dejó de pintar. Aunque entonces no expusiera sus dibujos. Estuvo a punto, para una exposición que el PCE organizó en Francia con motivo de una campaña por la amnistía. Pero alguien del Partido decidió que no tenían el suficiente nivel. A Eduardo Encinas aquello le fastidió. Para qué negarlo. Aunque ahora, en realidad, desde la sabiduría de los años le importe un pito todo. O al menos, esto. Ahora a’ Eduardo Encinas lo que le importa es que su pintura, sus dibujos están ahí. Y la gente los ve. Y los jóvenes dicen: «] oder, qué fuerte. ¿Así eran las cosas? ». Y a Eduardo Encinas lo que de verdad le importa es que sus pinturas, sus dibujos reflejan una época que no debe repetirse. Cuentan lo que ocurrió. ¿Es que te parece poco? Allá otros con sus grandezas. Y además, que Eduardo Encinas pinta cojonudamente. Las cosas como son.

Seguramente a Eduardo Encinas lo recibió en Burgos Miguel Núñez. Él era el encargado de recibir y hablar con los que ingresaban. Saber qué había pasado, cómo había sido la detención, qué torturas les habían infligido, qué declaraciones habían hecho. Ahora, tantos años después, todavía está impresionado por lo que oyó, por todo lo que vivió a través de aquellas conversaciones.

– Era tremendo ver cómo gente fuerte, convencida, caía doblada tras los interrogatorios. Cuando eran sometidos a la soledad. Yo recuerdo a un compañero que había resistido las torturas durante todo el día y, al final, cuando ya parecía que todo había acabado, se derrumbó. Cuando llegó a mí estaba destrozado, irreconocible. La gente caía más por la presión psicológica de la policía que por la tortura.

»A mí cuando me preguntan: «¿Cómo era la tortura?», yo contesto: «¿Cuál? ¿La de los cuarenta, la de los cincuenta o la de los setenta?». Y no es humor negro. Es que la tortura era distinta, las circunstancias, distintas y la policía, distinta. A estos que caían, yo les decía: «La policía te machaca, te pega, te grita. Estás tú encerrado en una habitación sufriendo todo. eso. Pero imagínate que en vez de cuatro paredes hubiera tres, y en la otra hubiera gente mirándote. Mucha gente. Que no puede hablar, ni toser. Pero que estuvieran ahí. Y la policía te pregunta que dónde está el secretario de propaganda, o el otro, o el de más allá. ¿Qué harías?». Y ellos me decían: «Posiblemente, no hubiera hablado». Era el aislamiento. Era el aislamiento lo que les hundía, el estar solos.

Cuando a Miguel Núñez le colgaron en Vía Layetana, en la J efatura de Policía, lo que más tardaron en averiguar fue dónde vivía. Había alquilado una vivienda cuyos propietarios nada sabían de él. La policía llegó hasta la casa porque la dueña fue a denunciar que había desaparecido su inquilino.

-Y cuando registraron la casa, me dijeron: <<Pero si allí no había nada, ¿por qué te negabas a decirnos dónde vivías?». «Hombre, no voy a colaborar con la policía. ¿Cuánto tiempo habéis tardado en saberlo?». «Dos días». «Pues dos días que no habéis estado haciendo otra cosa».

Se ríe ahora. Se ríe, cuando escucha la anécdota de Dashiell Hammett, escritor de las mejores novelas policíacas, comunista. Y cómo Hammett tuvo un comportamiento parecido, casi en los mismos años que él. También le detuvieron. Y también se empeñaron en que diera la lista de sus compañeros comunistas. Y él se negó. Enfermo, con una tisis galopante, aguantó los interrogatorios y la prisión sin decir ni una palabra. Lillian Reliman, su eterna compañera, que había estado en la guerra española con los Brigadistas, le preguntaría después por qué no había querido dar aquellos nombres. Ella sabía que él no los conocía. Dashiell Hammett contestó:

-No, yo no conocía esa lista.

-Y ¿por qué no lo dijiste? Te hubieran soltado.

-Daba igual que lo supiera o no. Ellos no tenían derecho a pedírmela. Y yo tenía el derecho a no darla.

En el juicio, sumarísimo por supuesto, Miguel Nunez tuvo como abogado defensor a Solé Barberá. Prepararon minuciosamente las preguntas que les harían y sus correspondientes respuestas. Luego, resultaría que, al tratarse de un consejo de guerra que .había tenido una gran repercusión, apenas le dejaron hablar.

-Me condenaron sin preguntarme ni cómo me llamaba. Pude, sin embargo, contestar a una pregunta del defensor y dije: «Pido a los jueces y al Ejército que abandonen al dictador y se pongan al lado del pueblo». Fíjate lo que me pasó. Una vez que dije esto, hubo un receso y se me acercó un oficial joven, un capitán y me dice: «Núñez, soy el único jurídico que hay en el tribunal. Y hombre, eso que ha dicho usted del Ejército y el pueblo… se ha adelantado usted lo menos 15 años».

»Bueno, pues Solé Barberá, en el discurso, dijo: «Después de oír hablar a este magnífico revolucionario, qué puedo decir yo. La política que este hombre defiende de reconciliación nacional, que una a monárquicos, falangistas, comunistas y socialistas, se puede resumir en esto». Y sacó del bolsillo Nuestra Bandera y empezó a leer el editorial.

Salió de Burgos en 1968. Con una cartilla de ahorros en la que había mil y pico pesetas, después de diez años de prisión. Decidió que ya era hora de tener algún carné en orden y, ni corto ni perezoso, se plantó en comisaría. El funcionario le miró extrañado:

-¿No tiene usted carné de identidad? ¿Se lo han robado? ¿Lo ha perdido?

-No, señor. Yo es que he estado en la clandestinidad. Acabo de salir de la cárcel. Soy miembro del PSUC y me llamo Miguel NúñeZ>>.

El funcionario, al oír aquello, le dijo:

-Espere un momento – y se metió en un despacho. Al poco rato, salió acompañado po:- e: cormsano.

-¿Es usted Miguel Núñez?

-Sí, señor.

-¿Y qué quiere?

-Pues el documento de identidad.

-¿Y ya sabe usted lo que hace?

-Yo creo que sí.

-Bueno, pues vuelva usted mañana.

Al día siguiente, volvió con Solé Barberá. El comisario le dijo:

-Ya he hablado con Madrid. Y dicen que todo está en orden.

Y le dieron el documento nacional de identidad. El primero perfectamente legal.

-Es curioso. Lo que son las cosas. Siendo diputado, formé parte de una comisión del Congreso para ir a las Naciones Unidas. Y en la frontera me pararon y me dijeron que el pasaporte no estaba en regla. Y le dije: «Le voy a contar a usted una cosa. Es la primera vez que voy con pasaporte legal. Yo he pasado por aquí cincuenta veces con pasaporte falso».

Es tarde. Alguien ha llamado varias veces. Miguel Núñez tiene que irse. Le quedan tantas cosas por contar. Ahora mismo, sin ir más lejos recuerda… Pero no. ¿Qué importa? Son recuerdos. Recuerdos de una historia que no cree suya. Que cree de toda una gente y un país.

– ¿Qué sensación me queda de aquello? No sólo creo que mereció la pena, es que te voy a decir una cosa que no se la debes contar a nadie: lo que yo hice, todas esas cosas por las que pasé, no son tan raras. Es verdad que los hombres no estamos hechos para eso. Que no estamos hechos para pasar por tanto sufrimiento. Pero cuando te vas metiendo en ello, cuando vas haciendo las cosas, te vas comprometiendo, poco a poco, vas formando parte de una historia, eres una parte más de la historia. ¿Sabes? Las torturas, la pena de muerte, la lucha por cambiar el mundo, por el hombre es la historia de la humanidad.

*******

[39] Los datos sobre esta y otras prisiones están, en parte, recogidos de los informes elaborados por los propios presos en la década de los sesenta e incluidos en el citado Libro Blanco de las Cárceles Franquistas. Sin embargo, hay que advertir que muchos de estos testimonios no parecen muy fiables, bien porque la memoria de los informadores se ha ido debilitando, bien porque, por la necesidad de recabar la solidaridad del exterior, se exageraban algunos datos, que no por ello quitan dureza a las situaciones que allí se vivieron.

[40] Melque Rodríguez Chaos. Obra citada.

[41] De José Luis Gallego, al que ya nos hemos referido anteriormente, existe una edición facsímil de Voz última (Editorial Ayuso. Madrid, 1980), libro que se confeccionó en la cárcel central de Alcalá de Henares, manuscrito en los años de 1945- 46, con una condena de muerte pesándole en el alma. Su amigo, Juan Ros, a quien está dedicado el libro, fue fusilado el 14 de marzo de 1945. El libro es una buena muestra de cómo se «editaban» las obras en prisión. Lleva unos bellísimos dibujos de Manuel de la Escalera. En su frontispicio puede leerse: «Edición íntima (único ejemplar)>>.

[42] Todos los testimonios están recogidos por Fernanda Romeu Alfaro. Obra citada.