Toda España era una cárcel. Por Rodolfo Serrano y Daniel Serrano (IV)

ÍNDICE

CAPÍTULO II

AÑOS DE RESISTENCIA

La libertad, la cárcel, la libertad

Miguel Núñez salió de 0caña en 1943. No necesitó recomendación alguna. Su condena a muerte se había reducido a doce años. Luego, a seis, luego a tres.

-Es que los militares hacían las cosas tan mal que ellos mismos se rectificaban.

Volvió a Madrid. A su barrio de Lavapiés. Cuatro años desde que acabara la guerra y todo había cambiado. No era sólo el hambre. Era el miedo y la desesperanza. Cuando Miguel regresó, su novia había muerto. Aquella a la que él había recomendado que no le esperara, que la «cosa duraría cuatro o cinco años», había sido detenida. Los falangistas, cuenta con tristeza, la quisieron obligar a firmar una declaración en la que reconocía que su novio era un asesino. Se negó. Trabajaba de taquillera en el Teatro Pavón. Ahorraba de su magro sueldo para poder ir a ver al novio a Ocaña, acompañando a la madre de Miguel.

– No comía para ahorrar. Cogió una tuberculosis. Y murió.

Las ejecuciones en aquellos años del miedo no se hacían exclusivamente con bala. Miguel Núñez empezó a organizar la Juventud Combatiente. Era una continuación de lo que habían sido las Juventudes Socialistas Unificadas.

-Pero mi intención era hacer una cosa más abierta. Ya no se trataba de jóvenes marxistas, sino de jóvenes contra la dictadura.

Hubo una caída ([32]) en el año 1944. Y Miguel huyó a Barcelona. La represión seguía en España.

Las cárceles tenían registrados ese año a 28.288 presos «procedentes de la rebelión marxista». Y

25.756 delincuentes comunes. Seguía la represión y seguía el miedo. Pero, prácticamente, desde que acabó la guerra habían empezado a organizarse diversos colectivos. Bien es verdad que se trataba de fuerzas dispersas, desconexas entre sí, pero que eran ya la semilla del movimiento de oposición. El presidente de la República, Juan Negrín, exiliado en México, intentaba inútilmente el reconocimiento de los gobiernos democráticos y los comunistas luchaban por unir a todas las fuerzas antifranquistas bajo la Junta Suprema de Unión Nacional. El mismo año en que Miguel Núñez se marchó a Barcelona nació la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas, formada por socialistas, republicanos y libertarios «que apostaron por un entendimiento con grupos monárquicos del interior valorando la posibilidad del restablecimiento de una monarquía constitucional en la persona de Juan de Borbón, hijo de Alfonso Xlll».([33])

Miguel Núñez llegó a Barcelona. Iba recomendado por el periodista Fernando Fernández Revuelta, compañero de la cárcel de Ocaña.

-En Barcelona me acogió Janés, el fundador de la editorial. Me dijo: «Bueno, pues empieza a trabajar ». Y yo le digo: « ¿Y qué quiere que haga? ». Y él: «Lo que tienes que hacer es que no te vuelvan a coger». Janés no era comunista. O, al menos, a mí no me constaba que lo fuera. Pero acogía a mucha gente. Lo primero que me encargó fue un diccionario de deportes. Yo no tenía ni idea, pero Janés me dijo que no me preocupara, que comprara libros de natación, de fútbol… de lo que fuera, Y, me dedicara a confeccionar aquel diccionario. «Ese es el contrato que tenemos contigo », me dijo.

En 1944 se anunciaba -como tantos años antes-el fin de la II Guerra Mundial. Los hombres

y mujeres que habían luchado en el frente republicano comenzaron a poner sus esperanzas en ese final de la guerra en la idea de que la caída de Alemania supondría también la caída del régimen de Franco. La realidad demostraría lo contrario. Pero si a unos les daba esperanzas, a otros esa posibilidad les despertaba nuevos temores.

Rafael Abella([34]) achaca a ese miedo de los vencedores el incremento del mercado negro, de especulación desenfrenada, de enriquecimiento y despilfarro: «Con el tiempo llegó a ser rara la actividad que quedó inmune a las tretas del mercado negro o a los manejos de la reventa [ … ] Era cuestión de no perder tiempo y sacar el máximo partido posible de su preponderante situación».

Para el bando vencido la posibilidad de que la guerra terminase tenía otras consecuencias: la vuelta a casa de quienes habían estado luchando contra el fascismo. En 1944 Miguel Núñez creó en Barcelona la Asociación Guerrillera de Cataluña, con el objetivo de ir recogiendo a los guerrilleros que venían de Francia, de luchar contra el nazismo. Había que acoger a toda aquella gente que había estado en campos de concentración y que estaban siendo liberados. Miguel fue nombrado responsable político de aquella operación.

Lo dice muchas veces. Miguel Núñez lo repite entre risas, cuando va recuperando las anécdotas, las frases, una estampa que parecía perdida: «Qué cosas, qué cosas. Quién nos lo iba a decir… ». Por ejemplo, aquel día que iba por Barcelona, paseando con el primer jefe militar, Josep Aymerich:

-Aymerich tenía la idea que teníamos entonces todos: que esto no iba a durar nada. Íbamos un

día paseando por Colón y al pasar por el edificio donde está la Capitanía General, me pregunta:

« ¿Y esto qué es? ». Y yo le digo: «Es Capitanía General». «Y él: “Tres meses le quedan”».

Suelta Miguel Núñez una carcajada limpia y clara. Y repite:

-¡Tres meses…!

El temor a que Alemania perdiera la guerra, el miedo a sus consecuencias entre los mismos vencedores, lo vivió Miguel Núñez – y jubilosamente- en carne casi propia. Habían detenido al cada vez más numeroso grupo que trataba de organizar, con peor o mejor fortuna, a los guerrilleros.

-Nos cogen a un grupo de dirigentes para hacernos un juicio sumarísimo de urgencia. Se hablaba entonces de que si Franco iba a durar muy poco, de que si los aliados iban a venir a liberar España… El caso es que el juez que me había tocado a mí, desaparece. Se escapa.

Y Miguel relata, casi todavía con el mismo asombro con el que vivió aquello, cómo al cabo de un mes o mes y medio sin saber lo que pasaba, le llamaron a él como cabeza de expediente. Le recibió un comandante del Ejército que, sin más preámbulos, le dijo:

-Soy del cuerpo jurídico del Ejército. Ustedes tenían que ser juzgados por un juez que se ha fugado, que ha huido. Yo he estado separado dos años del cuerpo por masón. He visto el expediente y tienen ustedes un historial terrible: armas, explosivos, paso de guerrilleros a España…

¿Por qué? Casi sesenta años después, Miguel se pregunta todavía por qué aquel hombre confesó ser masón, por qué le reveló que su juez había huido. ¿Qué estaba pasando? Tampoco sabe por qué él se dirigió a aquel comandante y le dijo:

-Bueno, ese historial es lo que dice de nosotros un hombre que ha huido por miedo a sus propios crímenes. Pero, imagínese, no serán muy verdad sus acusaciones, ¿no cree usted?

– Y ¿qué podemos hacer, Miguel? –preguntó el militar.

-Usted verá lo que hace… -respondió Miguel Núñez-. Pero si me permite, yo le aconsejaría que dejase todo ese expediente de lado y comenzase a hacer otro. Y, mientras, nos deja en libertad provisional.

Lo asombroso es que el comandante aquel, «masón y del cuerpo jurídico del Ejército» -como recuerda entre risas-, aceptó el consejo. Les puso en libertad y nunca más volvió a saber de ellos. Ni ellos de él. Hasta muchos años después. Porque un día, cuando Miguel Núñez ya era diputado del Congreso español, se encontró en un acto oficial al general Sáenz de Santamaría, le contó aquel hecho y se interesó por saber qué había pasado con aquel hombre. Al cabo de unos meses le llegó la respuesta: Efectivamente, había pertenecido al cuerpo jurídico del ejército. Estuvo sancionado por masón. Y, apenas unos años antes, había pedido la baja en el Ejército y se había marchado a América.

-Yo estoy convencido de que aquel hombre actuó conscientemente. Que era un hombre noble

y actuó de esa forma para salvarnos la vida. Y nos la salvó, sin duda. Porque es verdad que las acusaciones eran muy duras. Me salvó la vida. A mí y a mis compañeros.

Duró poco la libertad de Miguel. En 1945 volvieron a detenerle. Fue una caída fruto de una delación. Habían detenido en Madrid a Germán Gilabert.

-Era un hombre que había estado condenado a muerte y que, tras su detención, pasa a trabajar con la Brigada Político-Social. Al cabo de dos o tres años pasó a ser miembro de la brigada. Fue el causante de la caída de cientos y cientos de compañeros que habían estado en prisión con él. Centenares en toda España: Andalucía, Asturias, Galicia .. .

No hay rencor en la voz. Lo cuenta como algo necesario. Como una parte más de toda la historia, una historia llena de sangre, de heroísmo. Y llena también de traiciones, de cobardía.

Gilabert llegó a Barcelona y buscó a Miguel. Tenían amigos comunes. Conocidos, gente que había pasado las mismas fatigas en prisión. Le dijo que venía huyendo de Madrid. Que en Madrid habían caído muchos compañeros. Que él había conseguido escapar de milagro.

-Llegó hasta mí, a través de amigos y conocidos, y me dice: «Ha caído gente en Madrid. Y yo he conseguido escapar». Y me cuenta que ha terminado en Barcelona, solo y sin nada. Yo ya sabía que había caído gente en Madrid. Así que eché mano de la cartera. Tenía 500 pesetas, de las de entonces. Y le di 300. Entonces, yo no lo hilvané. Pero luego, pensando, recordé que me las había rechazado, que me había dicho: «No, no, déjalo ». Y me di cuenta, pero mucho más tarde, cuando ya no había remedio, que no era normal que una persona que venía sin nada no aceptara la ayuda de un compañero. Supongo que debió de decirse: «Este gilipollas, vengo a entregarle y encima me da trescientas pesetas… ». Algún escrúpulo, o algo así.

Estuvo muy poco tiempo en prisión. Salió pronto y se reincorporó, otra vez, a la lucha clandestina de ayuda a los guerrilleros. Habla Miguel de aquellos hombres con la admiración brillándole en los ojos. Eran, dice, gente luchadora. Sacrificada. Cita a Pedro Valverde, que había vuelto de su exilio para incorporarse a la lucha contra la dictadura. Pedro Valverde era medalla al valor del Ejército republicano. Y vino primero a Portugal y luego a España, atado en el hueco del ancla de un buque. Atado, por si se dormía.

Y cuenta Miguel cómo empezaron a organizar un periódico que se llamaba Ejército y Democracia y cómo él, que era el más conocido por sus detenciones, andaba «a la sombra de la publicación».

-Pensábamos que había que buscar apoyos en el Ejército de Franco.

Tiene Miguel Núñez recuerdos que a veces se le atropellan, que a veces le hacen dar una vuelta al camino del relato. Así que ahora cuenta cuando estuvo en Andalucía, en 194 7. Y quiere contarlo porque es una forma de mostrar aquella España oscura. Cuenta que fue a un lugar donde en aquel momento estaban construyendo un pantano.

– Todavía está allí. Todavía está el pantano. Yo estaba como familiar del que llevaba el economato de la empresa Agroman. Los que construían la presa eran campesinos sin tierra y gente huida del Ejército republicano. Aquello era un despoblado. Y sólo había tres edificios: el cuartel de la Guardia Civil, la casa del ingeniero jefe y un economato, el único sitio donde se dejaban el sueldo y más que el sueldo la gente que allí trabajaba…

»Vivían en unas cuevas. Cómo sería la cosa, que un día, estando yo en el economato, le dice el ingeniero al cabo de la Guardia Civil, que era un bicho bastante malo: «Hay que ir a las cuevas porque nos están robando los sacos». Vuelve el guardia civil y le dice: «Don Julio, efectivamente los sacos están en las cuevas, pero yo no los traigo. Es donde duermen los niños, los viejos. Yo nos los traigo».

En 1947 Miguel Núñez fue al País Vasco. El primero de mayo de ese año se produjo una de las huelgas más importantes del franquismo, antecedente de las grandes movilizaciones de los años cincuenta: la huelga de La Naval. Ese primero de mayo, entre los corros de trabajadores que se concentraron en la plaza de Los Fueros, en Baracaldo, soportando el frío de la nevada que había caído la noche anterior, se encontraba un muchacho de apenas 20 años que luego sería un destacado dirigente sindical. Se llamaba Nicolás Redondo y era hijo de un militante del Partido Socialista Obrero Español. Su padre sufrió cárcel. Fue condenado a muerte. Y Redondo ha contado alguna vez la impresión que le producía el padre detenido, los silencios y temores cuando «Oíamos pasar a los guardias de asalto por delante de la puerta de la casa, cuando llamaban a la puerta».

Posiblemente, Miguel Núñez no se cruzó entonces con Nicolás Redondo, aunque les uniera casi la misma lucha: uno, comunista; el otro, socialista. Luego, sí. Luego se han visto más veces: en el Parlamento democrático, en conferencias. Pero entonces Nicolás Redondo estaba trabajando en La Naval, tenía 18 años y había entrado en la U GT y en las Juventudes Socialistas.

El que luego fuera secretario general de la UGT, ha recordado – bien es verdad que pocas veces y siempre casi a la fuerza- aquellos años. Su padre fue detenido dos veces. En 1948 intentó suicidarse para no delatar a los compañeros. Lo habían traído detenido desde Galicia donde estaba vendiendo electrodos.

-Tardan mucho en traerlo. Cuando lo veo allí… Había mucha gente, había un farmacéutico, Calderón se llamaba. Y estaban todos muy mal. Mi padre estaba baldado de las palizas [… )Tardamos tiempo en enterarnos. Entonces se tardaba tiempo… Lo llevaron a la comisaría. Una de las veces que lo suben para interrogarle, se arrojó por el hueco de una escalera, desde un tercer piso… Estuvo muy mal…, estuvo mal… tuvo rotura de fémur … en fin.

Y Nicolás Redondo recuerda, todavía –cómo olvidarlo-, al hombre que interrogó a su padre:

-Lo había interrogado un tal Caruncho.([35])

Nicolás Redondo entró en la cárcel, por primera vez, en 19 51. Ese año, dicen las Memorias de Prisiones, había en los presidios 793 reclusos por delitos «de rebelión anteriores al 1 o de abril de 193 9». Y 4.5 53 «por delitos de rebelión posteriores al 1 o de abril de 193 9». Es difícil establecer una concordancia entre las distintas Memorias del Patronato para la Redención de Penas, primero, y de la Dirección General de Prisiones, después. Hay datos contradictorios en aquellos años y cifras que, evidentemente, se encuentran muy rebajadas. Pero sí hay algunos datos significativos como las 401.106 certificaciones de antecedentes penales que se extienden en 1944. O las fichas de reclusos que suman en ese mismo año las 115.000.

Un ejemplo de cómo se llevaban estas cuentas es que la Memoria del Patronato de Redención de Penas de 1939-1940, citada asiduamente por ser el único documento oficial disponible, da 83.750 reclusos en toda España. Y ese mismo año (1940) se ponen en libertad más de 70.000 presos, lo que haría imposible liberar al año siguiente a 50.000 más, salvo que las cifras se llevaran sin demasiados escrúpulos, o que, en 1940 ingresaran al menos 40.000 presos más. Lo que tampoco recoge la Memoria.

En el año 48 volvió Miguel Núñez a Barcelona. La lucha guerrillera había fracasado. Y los comunistas habían replanteado sus objetivos. Habían ido abandonando, poco a poco, la idea de la lucha armada y empezado a trabajar desde dentro de las estructuras del régimen. Es el entrismo que tan buenos resultados diera en el asalto al aparato sindical. Y la nueva política de Reconciliación Nacional.

En 1949 Miguel Núñez marchó a Francia. Era uno más de los múltiples viajes que realizaba en la clandestinidad para recoger consignas, pasar información o preparar las estrategias de la lucha contra el franquismo. La idea de que detrás había una perfecta organización se viene abajo cuando, como ahora hace Miguel, alguien cuenta de qué forma se preparaban algunos pasos de frontera.

-Me dicen aquello de «tienes que presentarte en París, en tal dirección, con tus medios». Busqué un amigo de la Seo de Urgell para que me pasara la frontera. Y, al llegar a Andorra, dijo que no iba más allá y allí me dejó…

Miguel Núñez, ni corto ni perezoso, echó a andar por donde Dios le dio a entender. Sin preocuparse ni de fronteras ni de ocultarse a los guardias. A plena luz del día. Y llegó. Luego, un jefe guerrillero, José Gros, le diría que había realizado el mejor paso de frontera que nadie había hecho jamás.

-¿Por qué? Pues porque, a las doce de la mañana, que fue cuando crucé la frontera, la Guardia Civil, que estaría viéndome, pensaría que era alguien que estaba dando un paseo: un hombre solo, a plena luz del día, no tenía mucha pinta de ser peligroso.

Cuenta Miguel que le sorprendió la desorganización con la que se encontró en París: en algunas direcciones no vivía ya la persona a la que había ido a buscar. En otros casos, el compañero estaba ya retirado, se había casado, había cambiado…

-Eran los restos del naufragio. En el 53, cuando vuelvo a Barcelona, lo que me encuentro es ya con la nueva generación. Gente de la Seat, de La Maquinista… Me convertí en el responsable de la organización en Cataluña.

España estaba cambiando. La década de los cincuenta es la del inicio del movimiento obrero. La nueva política de los comunistas de organizar la lucha en la misma sociedad había dado sus frutos. El desencadenante de la fuerte conflictividad que se registra en aquellos años fue, sin duda, la huelga de tranvías de Barcelona. Jordi Solé Turá duda de que la huelga de Barcelona sea el resultado concreto de la nueva política del PCE-PSUC([36]) «Creo más bien que la huelga general de Barcelona fue un estallido, en gran parte espontáneo, de núcleos de obreros industriales que ya empezaban a superar el síndrome de la guerra civil y que protestaban por las pésimas condiciones de subsistencia y la explotación a la que eran sometidos, después de una posguerra tan larga. Era, en cierto sentido, la constatación de lo mismo que había llevado al PCE-PSUC a abandonar la guerrilla, es decir, que la guerra civil había terminado, que no se podía seguir aceptando las duras condiciones de la posguerra y que había que iniciar otra fase, con otros métodos, otros principios de organización, otros objetivos y, desde luego, otra mentalidad».

El chispazo que hizo saltar la protesta fue, en cualquier caso, la subida de 20 céntimos en el precio de los billetes aprobada por el Gobierno. Aunque existen ciertas dudas, seguramente fuera la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) la organización que llamó a boicotear el servicio de tranvías el1 de marzo. La HOAC y la JOC (Juventud Obrera Católica), nacidas al amparo de ciertos sectores de la Iglesia, fueron las asociaciones en las que se ampararon numerosos líderes obreros que habían tenido que ir abandonando sus organizaciones a causa de la represión.

 El boicot fue un éxito y obligó a suspender la subida de precios en los billetes de tranvías. Y de Barcelona, la resistencia obrera se extiende a otras capitales: Vitoria, Pamplona, Madrid. En la capital de España, precisamente, la protesta obrera toma las mismas formas que en Cataluña. Se convoca una huelga de transportes contra la carestía de la vida. A pesar de las dificultades y de que en su momento se restara importancia al boicot, el seguimiento fue bastante amplio. El día 22 de mayo de 19 51, fecha fija da para las acciones de protesta, se venden 266.811 billetes en el transporte público. Habitualmente el número de viajeros rondaba los 570.000.([37])

La prensa se ocupó de achacar la huelga a «tramas separatistas» en el País Vasco y Cataluña o, simplemente a «agitadores políticos». El Arriba publicaba el 17 de mayo de 19 51 a grandes titulares: «Ha quedado al descubierto la trama rojo-separatista de las últimas intentonas huelguísticas». E informaba que habían sido detenidos los «principales complicados» en «esta conjura contra España ». Del mismo modo, se daba buena cuenta de que se había comprobado que había entrado dinero de Francia para «los nacionalistas vascos y elementos de la UGT, CNT, y las HOAC».

Era una España sin problemas. Donde la huelga estaba prohibida. El carnaval no podía celebrarse. Y hasta los mendigos eran declarados inexistentes. Así lo escribía José López Rubio: «Nuestros mendigos son bien conocidos fuera de España. Forman parte de una leyenda, como el torero y la bailarina. Puede que sean inseparables del concepto que, desde hace siglos, se tiene de nuestra vida».([38])

Los españoles trataban de olvidar sus miserias viendo cómo los furores de la censura convertían en incesto los amores en Mogambo, o la fugacidad de los besos en El diablo dijo no, o trataban de olvidar su represión sexual buscando, entre plumas de colores, las carnes de Maruja Tomás en su espectáculo Tú eres la otra, de Paso y Montorio. Pero algo estaba pasando. El país entraba en un proceso de cambios imparable.

Había nuevo Gobierno. Y se creaban dos nuevos ministerios: Comercio, a cuyo frente se sitúa Manuel Arburúa, y el de Información y Turismo, con Gabriel Arias Salgado como titular. También se nombra a José Solís Ruiz Delegado Nacional de Sindicatos. Joaquín Ruiz Jiménez ocupa la cartera de Educación. Miguel Núñez cree que ese año de 1951 algo empezó a cambiar.

– En España se va produciendo un cambio que yo no digo que fuera mejor o peor, pero lo cierto es que se produce: pasamos del SEU al OPUS. Han ganado los aliados. Cada vez pintan menos los camisas viejas, los militares se van adaptando. Y el hecho de que haya aquí una base yanqui, parece que hace ver las cosas de otra manera.

 

La reconciliación nacional

De 1956 a 1958 el movimiento obrero había ido cogiendo impulso. En junio de 1956 el Partido Comunista saca a la luz el documento Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica del problema español: «En la presente situación y, al acercarse el XX aniversario de la guerra civil, el Partido Comunista de España declara solemnemente estar dispuesto a contribuir sin reservas a la reconciliación nacional de los españoles, a terminar con la división abierta por la guerra civil y mantenida por el general Franco. Fuera de la reconciliación nacional no hay más camino que el de la violencia; violencia para defender lo actual que se derrumba; violencia para responder a la brutalidad de los que, sabiéndose condenados, recurren a ella para mantener su dominación».

 Los comunistas habían decidido apoyar las movilizaciones de trabajadores en la idea de que ello llevaría a un desgaste del régimen. Fueron dos años en los que la conflictividad se fue el extendiendo por la minería asturiana, País Vasco, Madrid. En Barcelona se produjeron huelgas en las grandes empresas del metal: La Maquinista, Enasa, Seat… En 1958 hubo una caída con detención de gente de La Maquinista y de la Seat. Miguel Núñez trató de ponerse en contacto con los responsables de la protesta. Y cometió un error de principiante.

-Intenté ver a Federico Oliver, una excelente persona. Y al pasar por la cita hice una cosa que no se debe hacer y que yo mismo había dicho a la gente que nunca hiciera. Y es que al ver que no estaba volví a pasar de nuevo.

La policía no le había reconocido. Pero al verle por segunda vez, sospechó y le pidió la documentación. Y Miguel, venga: carné de identidad, perfecto. Carné de las Milicias Universitarias, perfecto. Carné de miembro del SEU, perfecto. Carné de empresa en la que trabaja, perfecto. No le faltaba ni un solo camé a MigueL Todos falsificados. Lo que hizo sospechar a la policía no fue la falsificación, sino el que llevara tantos. Que no le faltara ni uno. Nadie llevaba todos. Era imposible.

 Miguel fue conducido a la Jefatura. A la Brigada Político-SociaL Y allí le recibió el jefe de la brigada, Antonio Creix

-Con éste tengo una anécdota que a mí me gusta mucho. Creix me dice: «Miguel, ya has caído. Ahora tienes que hablar ». Y yo le replico: «Y tú, ¿cuánto ganas?». «¿Cómo?, estás loco … ». Y empieza a dar voces. Estaba tan descontrolado que, al final, me lo dice. Y le pregunto: «¿Tan poco? 86 ¿Pero tú sabes lo que ha ganado el Banco de Bilbao este año … ?». A partir de ahí, yo creo que psicológicamente quedó vencido.

Y ahora, en esta mañana, en la tranquilidad de la casa, en la seguridad de estas paredes de donde cuelgan recuerdos, retratos de seres amados, en esta casa cálida y limpia, Miguel Núñez narra, casi sin matices, sin sobresalto alguno en la voz, como si narrara algo que le ocurrió a otro, como si relatara una historia que a él no.le ha pasado, cómo le golpearon, cómo le ataron por las muñecas, cómo le colgaron del techo.

Y cuenta y explica, para que uno lo entienda bien, que le pusieron debajo de sus pies una silla, pero no en vertical, sino un poco alejada de éL Lo justo para llegar con las puntillas si se inclinaba, con lo que se veía obligado a doblarse y sufría entonces la columna vertebral que soportaba todo el peso del cuerpo. Pero Miguel lo sabía. Conocía aquella tortura. Sabía que, al principio, parece que te ayuda a soportar el estirón de los brazos, el dolor de los hombros. Pero, luego, la espalda te empieza a doler, te empiezan a doler los riñones. Así que Miguel daba una patada a la silla. Y la volvían a colocar, y él, otra patada.

-Me torturan. Me pegan en los riñones. Y, en un momento dado, como los policías, pobrecillos, también tienen que descansar, me dejan solo y se van a tomar una copa.

Y ahora, Miguel Núñez quiere aclarar algunas cosas. Porque, dice, las cosas son como son y no 87 conviene que la grande o pequeña historia quede con lagunas, o con exageraciones o con mentiras. Eso dice.

-Se ha contado que a mí me hicieron la bañera. Nunca. Y te agradeceré que lo pongas. Me torturaron, pero nunca me hicieron la bañera. Pero sí me hicieron otras cosas. Me colgaron, me pegaron. Lo de colgarte era muy jodido. Muy jodido. La silla, fuera de la vertical era peor que estar colgado porque tú intentas colocar los pies y no llegas, tienes que doblarte … También han dicho que estuve en los sótanos de Vía Layetana. Nunca. Estuve siempre en el último piso.

Insiste en que se recoja esa rectificación de la historia, aunque sabe que hay cosas que no puedes cambiar. Digas lo que digas. Pero que quede constancia, al menos. El caso es que los policías salieron a fumar un cigarro, supone. A descansar. Y dejaron a un policía, a un gris de entonces, en la puerta de la habitación y a otro, dentro. Nada más irse los de la Brigada Político-Social, acudieron corriendo los dos agentes uniformados.

-Miguel, aguanta -le dicen-, que ya los tienes vencidos.

Y uno de ellos le aclara:

-Mi compañero y yo hemos sido guardias de asalto con la República. ¿Puedo hacer algo por ti?

-Sí puedes hacer algo – le contesta Miguel Núñez-

Apréndete esta dirección. Le da una dirección de París, un teléfono.

-Cuéntales lo que está pasando aquí.

Estuvo colgado 72 horas. A los dos días, entró Creix con cuatro o cinco de los sociales.

– Hijo de puta, estás bien relacionado, ¿eh?

Pensó Miguel que los dos guardias le habían traicionado, que al final le habían contado todo. Pero, aun así, intentó una última jugada:

-¿Qué te crees? ¿Que no tengo yo gente entre los tuyos?

Creix, desorientado, se vuelve un instante hacia sus hombres. Luego mira otra vez, enfurecido, a Miguel. Le grita:

-Cabrón, quieres enfrentarme a ellos.

Aquel mismo día, la prensa internacional había publicado las torturas a las que le estaban sometiendo.

Miguel mueve la cabeza, todavía con incredulidad. Detiene el relato. Suspira.

-Gracias a esos dos grises… Por eso, desengáñate: todo eso de rojos y de azules es una tontería. Hay rojos y azules y blancos. Pero, sobre todo, hay personas. Gente que en una situación determinada toma partido, muestra lo que es de verdad. Su alma.

Le instruyeron tres consejos de guerra. Estuvo un mes en la Jefatura. Recuerda que, en un momento dado, vino a verle el forense, que era otro de los hermanos Creix. Porque Miguel Núñez recuerda que había: Antonio, de la Brigada Anticomunista; Vicente, de la Brigada Anticatalanista, y el forense.

-Me ausculta, según estoy colgado, y dice:

«Pues sí, parece que tiene el corazón débil». Y dice el otro: «Venga, coño, bajadle». Me tumban y el médico, según me está auscultando, me decía: «Tú eres un canalla, eres un asesino».

Le tuvieron un mes en Jefatura para que le desaparecieran las señales de las torturas. Ahora recuerda que vino a verle alguien, del que sólo sabe que se llamaba Antoni y que era amigo del ministro de Interior, de Camilo Alonso Vega. Llevaba en el bolsillo la revista Europa.

-Él empezó a pedirme mi opinión. Yo le dije que el régimen no podía seguir así, que se estaba aislando… Y Creix interrumpió gritando: «Que te lo has creído, comunista … ». Y el otro se volvió muy serio hacia él y le dijo: «Usted se calla, que de esto no entiende».

Los tres consejos de guerra duraron dos días. Uno de los consejos correspondía a aquel del que había huido, cuando el «militar masón». En total le sentenciaron a 53 años de cárcel.

-Fueron famosos mis consejos de guerra. Uno de mis defensores fue Agustín de Semir. Un hombre tan sensacional que terminó su intervención diciendo: «Señores del tribunal: estos hombres que hoy se juzgan son quienes quieren con la reconciliación acabar con la guerra civil. Yo, señores, quiero decirles que hoy me declaro uno de ellos».

Con Agustín de Semir ha seguido teniendo relación Miguel Núñez. Cuando salió de la cárcel de Burgos, en 1967, fue Agustín quien alquiló a su nombre un piso para que pudiera vivir en él Mi- 90 guel con su compañera. En un viaje que hizo por entonces a la Unión Soviética le llevaron al Instituto. Y Dolores Ibárruri le pidió que explicara su historia. La traductora era Amaya, la hija de LaPasionaria. Allí contó lo de sus consejos de guerra y contó que vivía en Barcelona, en casa, precisamente, de su abogado, una persona de convicciones cristianas. Uno de los directores del Instituto le preguntó si no estaba poniendo en peligro su seguridad y la del Partido viviendo en la casa que había alquilado una persona de ideología tan distinta.

– Le dije a Amaya: «Dile que estoy allí tan seguro como estaría, por lo menos, en su casa». Y dice Amaya: «Eso aquí no se usa».

Le envían a Burgos. Y allí se encontró al poeta Marcos Ana, a Agustín Ibarrola –«que llega medio trastornado por las torturas»-, a! pintor .Miguel Vázquez, a Narciso Julián, comandante del tren blindado.

-Me encuentro con Narciso González, un hombre extraordinario, sindicalista, socialista, que cuando llegaban los nuevos les preguntaba: «¿Qué, chaval, cuánto te han puesto de condena?». «Pues me han puesto doce años». «Nada, no te preocupes. Doce no vas cumplir, pero un buen bocado sí que te llevas». Yo estaba casado, bueno con mi compañera. Que, como siempre, tuvo que apañarse sola. Cuando nació mi hija en el4 7, la mandé un recado diciendo que quería reconocerla. Y ella me dijo: «No, si ya la has reconocido». El peluquero que vivía en la misma casa, con mi nombre, la ha- 91 bía reconocido. Cuando nos casamos, lo mismo. Me dijo: «No, si ya estamos casados. Con una partida de bautismo de Bucarest ».

*******

[32] Es curioso cómo el lenguaje va perdiendo su significado. Hay un lenguaje propio de aquellos años que las nuevas generaciones, afortunadamente, desconocen. Una amiga, joven,

leyó los primeros borradores del libro y al llegar a esta palabra, «caída», me preguntó qué quería decir. Aunque en el contexto puede entenderse, lo cieno es que en democracia, las «Caídas» ya no tienen aquel sentido que tuvieron entonces. Caída era una detención, generalmente de más de una persona y como consecuencia, casi siempre, de una delación.

[33] Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez: La construcción de la dictadura. Obra citada.

[34] Rafael Abella. Obra citada.

[35] Los recuerdos de Nicolás Redondo fueron recogidos por el autor y Mariano Guindal y, en parte, están vertidos en el libro Nicolás Redondo. El sindicalismo socialista (Unión Editorial. Madrid, 1986).

[36] Jordi Solé Turá: «Unidad y diversidad en la oposición comunista al franquismo». En España contra el franquismo. VV AA. Crítica. Barcelona, 2000.

[37] Ángel Bahamonde y Jesús A. Martínez. Obra citada.

[38] Federico Bravo Morata: Historia de Madrid. Fenicia. Madrid,1986.