Toda España era una cárcel. Por Rodolfo Serrano y Daniel Serrano (II)

ÍNDICE

La esperanza perdida

Unos habían quedado atrapados en España. Otros buscaban al otro lado de la frontera escapar a tanta miseria. Como Eduardo Encinas. Había nacido en Burgos en 1922. De niño vino para Madrid, en uno de los traslados del padre, funcionario. Vivió la guerra, el exilio, los campos de concentración, el hambre, el estraperlo. ¡Recuerda tan bien aquellos años! Lo peor es que no siempre puede uno olvidar. Aunque quisiera.

Cómo olvidar la bomba en Cuatro Caminos y las semanas pasadas en el Hospital de Jornaleros donde fue internado a consecuencia de las heridas recibidas. Y cuando, siguiendo al padre, ya en Cataluña, en Figueras, él, voluntario al servicio de la República, adolescente apenas, mandó abrir un almacén de alimentos para que toda aquella gente comiera. Aquella gente famélica que buscaba la frontera, salir del horror de unas tropas que avanzaban a sangre y fuego.

Cómo olvidar su propia huida desde Figueras a la Junquera. Y el frío y la lluvia que les empapaba. Esa lluvia y ese frío.

-Íbamos tres y llevábamos una sola gabardina. Fue espantoso, tanta gente…

Recuerda que alguien le comentó entonces que habían visto por allí a don Antonio Machado. No sabe si fue esa noche u otra. Sabe sí, que alguien se lo comentó y que luego, más tarde, supo también que Antonio Machado había muerto en Colliure.

José Machado(14)  cuenta el exilio de los Machado, con Antonio y la madre enfermos y agotados, mezclados entre la multitud desesperada que huía:

«La oscuridad, complicada con la lluvia que caía a torrentes, hacía muy difícil caminar. En aquellas condiciones, enfermos y vacilantes, avanzábamos penosamente sobre la triste ruta[ … ] .Antonio, siempre resignado y silencioso, contemplaba a la madre con su fino y blanco pelo pegado a las sienes por la lluvia, que se deslizaba por su bello rostro como un claro velo de lágrimas. Y así, chorreando y empapados hasta los huesos más que andar, eran arrastrados y estrujados a empellones, por una multitud que en forma de avalancha, pugnaba a toda costa por ganar la frontera».

Era Eduardo Encinas uno más de aquellos españoles que huían hacia ninguna parte. Cuando atravesó la frontera, empezó su peregrinar por los campos de concentración.

-Nos metieron los franceses en un campo de concentración. Moría la gente de disentería. Después, nos llevaron en un tren hasta otro campo. Un tren lento, lento, lento. Estuve en Bram, un campo de internamiento espantoso. Los colchones eran puros piojos. Sólo daban de comer algarrobas, y medio kilo de pan para cada dieciséis. Recuerdo que al que actuaba en las fiestas de los pueblos le regalaban un pan.

Ser músico por hambre. Y qué remedio. Bastaba, dice Encinas, con aprenderse La leyenda del beso.

La familia estaba dispersa. Apenas sabía de ella. Eduardo se había enterado de que su padre estaba detenido y condenado a muerte. Que su hermano había logrado huir a Carcasona, en Francia. Y que a él le devolvían a España. Un tren le trajo a él y a otros exiliados por Irún. Les entregaron a las autoridades franquistas en San Sebastián.

-Por cierto que en San Sebastián vi a una mujer repartiendo plátanos. Después del hambre que habíamos pasado, no me lo podía creer.

Le trasladaron a Bilbao. Tenía dieciséis años. -Me dejaron libre con la condición de que me presentara a la Guardia Civil allí donde fuera. Así que volví con mi familia a Barcelona, y de allí nos fuimos a Madrid.

Era Eduardo Encinas el mayor de los hermanos. La niña más pequeña tenía apenas nueve años. Comenzó a vender periódicos. Y recuerda que a las dos de la madrugada iba a recoger un mazo con el que recorría las calles de un Madrid oscuro y triste.

-Te daban una peseta si lograbas colocar veinte. También nos dedicábamos algo al estraperlo.

Y, mientras, Miguel Núñez, apenas unos años mayor que Eduardo Encinas, esperaba en la cárcel de Yeserías. Y si Eduardo Encinas pegaba la oreja en los cafés y escuchaba las acaloradas discusiones sobre la marcha de Europa, sobre la alianza germano- soviética, y callaba, callaba, Miguel Núñez en la prisión discutía, justificaba alianzas, aseguraba que el comunismo triunfaría en el mundo. Era en las cárceles donde quizás más se podía hablar. Se discutía mucho en prisión. Se hablaba de la guerra perdida, pero, sobre todo, se hablaba de política internacional.

– Un gran tema de discusión era el pacto germano- soviético. Para muchos era una traición a la democracia y a las libertades. Para otros, entre los que me encontraba yo, que teníamos la fe del carbonero, la Unión Soviética tendría sus razones al hacerlo. Era una cuestión de estrategia, de ganar tiempo. Recuerdo que en una de aquellas discusiones defendía mis teorías con el ardor que me daba la juventud. Y, en un momento dado, el otro, enfadado por mi desparpajo, me dijo: «Y tú, mocoso, ¿qué experiencia tienes?». Y yo, muy convencido, le contesté: «Yo tengo la experiencia de toda la clase obrera del mundo». Y el otro, claro, se quedó acojonado. Era un periodo muy raro. Muy convulso. Las cárceles eran como campos de concentración. El Partido todavía no se había reorganizado.

Las discusiones políticas continuaban entre los muros de la cárcel. Melque Rodríguez cuenta algo muy parecido. Tal vez se tratara de la misma conversación. Y si no lo era, al menos el sentido era el mismo: «Las discusiones adquirían a veces caracteres de violencia y no faltaron quienes llegaron a las manos. Los comunistas poseíamos gran confianza en la URSS; estábamos seguros de que no podía traicionar a los pueblos, pero no sabíamos explicar el paso dado de manera convincente».

En cada prisión PSOE, PCE y anarquistas habían formado comités de cárcel, y tras las rejas se mantenía vivo un activismo político que atenuaba, 33 en cierto modo, el desánimo de saberse abandonados a su suerte. Tenían noticias de lo que estaba pasando fuera. A la cárcel de Huelva, donde estaba Curro López Real, hoy con ochenta y ocho años, la memoria limpia a veces, la memoria huidiza a veces, siete años de cárcel, treinta de exilio, socialista, siempre socialista, llegaban periódicos portugueses que algún funcionario con manga ancha dejaba introducir o, también de modo clandestino, el diario España de Tánger, así los reclusos sabían de los avatares de una II Guerra Mundial en la que enseguida depositaron sus esperanzas.

Creían, como tantos derrotados, que una victoria aliada haría caer a Franco. Aunque, curiosamente, rememora Curro, en los primeros días de la contienda europea, los comunistas, allí en prisión, celebraban los triunfos bélicos de Hitler. Todavía estaba vigente el pacto Ribbentrop-Molotov, la siniestra alianza entre Stalin y los nazis por la que la Unión Soviética se anexionó Estonia, Letonia y Lituania y dejó vía libre al totalitarismo alemán. Luego, muy pronto, también los comunistas se harían furibundos aliadófilos, tal y como se decía en la terminología de la época. Pero, aún entre rejas, partidarios del bolchevismo, socialistas y ácratas mantenían sus diferencias. Al fin y al cabo, habían llegado a matarse entre ellos durante la guerra, así que la desconfianza persistía. Aunque para sus carceleros y verdugos no había diferencia alguna entre aquella turba de rojos, fuera cual fuese su filiación política.

Que la dictadura temía a los rojos, aun estando en prisión y a quienes desde el exterior intentaban la más mínima resistencia, parece demostrarlo el discurso de Franco pronunciado en la noche del 31 de diciembre de 1939, y reproducido convenientemente, bajo imperial retrato del Caudillo, por la revista Redención, el órgano propagandístico de Prisiones:

«No por pequeños hemos de despreciar a nuestros enemigos. A nadie se oculta que vivimos los momentos políticos más interesantes de nuestra Historia, y en ellos han de unirse para el ataque los enemigos internos de nuestra nación con la eterna anti-España, entre los que destacan esos pequeños grupos de cretinos que pasean su miseria física y moral alternando las tertulias frívolas con los lugares de crápula para verter en ellos las consignas que desde el extranjero les remiten y que no vacilan en buscar ambiente hasta en aquellos sectores de población afectados por el área penitenciaria, intentando echar sobre el régimen que parecen patrocinar el baldón de hermanarlo con una monstruosa impunidad para los crímenes de nuestros hermanos. ¡¡Cabe más miseria física y moral!!».

Al margen de la curiosa redacción -un solo punto en todo el largo párrafo-, sorprenden las últimas frases, de oscurísimo significado y más oscura sintaxis, y sobre todo que ya Franco apuntara algunas de sus obsesiones: el peligro exterior. Ni que decir tiene que sus referencias a las «tertulias», a los «lugares de crápula», sólo quedan superadas por las que hace a la «miseria física y moral» que tan bien ilustra sobre la idea de que los rojos eran feos y bajitos, cuando menos. Se supone.

En el mismo discurso, Franco advertía ya del peligro que la falta de pan podía producir entre la población:

«Otras veces es la falta eventual de pan en algún pueblo o la escasez de artículos el motivo explotado para sus torpes maquinaciones. N o basta salirles al paso con la corrección, es necesario paralelamente, divulgar cómo los sacrificios de nuestra nación son ínfimos en relación con los que sufrieron otros pueblos que sufrieron guerra».

*******

Muerte al amanecer

Y lo peor, con todo, no era el hambre, que persistía con ranchos o sin ellos, o el hacinamiento, o el calor en verano o el frío en invierno de los presos. O la tuberculosis, que a tantos se llevaba.(15)

Eran los fusilamientos. Diarios y masivos. Los fusilamientos que se vivían dentro y fuera de la prisión.

– ¿Qué se le dice a un hombre al que van a matar cuando amanezca?

Lo pregunta Curro López Real. No hay pose 6-amática ni sensiblería alguna que valga. Sentado en su butacón, mirando de reojo el televisor en esta tarde de toros y primeros calores madrileños, el viejo soldado republicano inquiere sin esperar que, después de tantos años, alguien vaya a encontrar la respuesta adecuada.

-A ver. ¿Qué se le puede decir a un hombre al que van a matar?

Lo pregunta Curro López Real. Desde muy joven militante socialista en Huelva, su tierra natal. De familia perteneciente a la pequeña burguesía ilustrada andaluza cuya bandera fue la tricolor porque era la de la Institución Libre de Enseñanza, la de la cultura, la de las Cortes de Cádiz. Estudiante de ingeniería y aprendiz de revolucionario en los años treinta.

Cuando hubo que tomar las armas para defender la República así lo hizo, como tantos de los suyos. En 1939 estaba en Alicante, pero no quiso marcharse. Y lo pagó con muchos días de campos de concentración, trabajos forzados y prisiones. Y con noches de esperar el alba al lado de quienes iban a morir.

-Que esté conmigo Currito.

Y Currito, un muchacho de entonces apenas veinte años, pasaba la noche en vela junto al que en pocas horas sería uno de los miles de ejecuta- 37 dos por el victorioso ejército de Franco. Perdió la cuenta ya en aquellos días del número de buenos amigos a los que dijo adiós para siempre. Y, sin embargo, el olvido ha sido cruel para con algunos de aquellos infortunados compañeros de armas. Juan Pinto, alcalde socialista de La Palma del Condado, compartía con él miserias en la cárcel de Huelva, allá por la década de los cuarenta. Curro no se acuerda del año de su fusilamiento ni tampoco de lo que ambos pudieron conversar en las largas horas previas a la ejecución. Cómo acordarse. Pero hay cosas que no se olvidan. Por ejemplo, el momento en el que el sacerdote de la prisión vino a tomar confesión a Juan Pinto.

-El último servicio que puedo hacer a mi partido es morir dignamente.

Así dejó dicho. Y dignamente fue fusilado después de entregar su pelliza a Currito.

-Tiemblo, pero es de miedo, Currito, no de frío. Mejor quédatela.

Un fusilamiento más. Sólo eso. Y Curro se encabrona un poco, sólo un poco, cuando cae en la cuenta, así lo dice, de que Juan Pinto no tiene una mala placa en homenaje a su memoria ni una calle o callejón siquiera con su nombre en el pueblo del que fue alcalde.

Cuando llegaban del consejo de guerra a los condenados a muerte se les llevaba a la galería. En la de Miguel Núñez eran 209. Es una cifra que no ha necesitado apuntar nunca, que recuerda perfectamente.

-Un compañero hizo un poema que empezaba: «Doscientos nueve rostros, ojos de mirar perdidos … ». Cuando sacaban a alguno, aquello era un desgarramiento atroz, claro. Era una agonía. Sacaban a unos, pero los que quedaban estaban esperando lo mismo. Y nunca sabías quiénes serían los próximos».

Tampoco hay coincidencias en las cifras de ejecutados. Jesús A Martínez y Ángel Bahamonde(16) dan la de 40.000 en la posguerra, periodo de límites inciertos, pero que se puede circunscribir a los primeros años de la Victoria. Díaz-Balart cita a Charles Foltz, un corresponsal americano que da un total de 192.684 personas ejecutadas entre el 1 de abril de 1939 y el 30 de junio de 1944. El periodista asegura que se trata de cifras oficiales. Stanley G. Payne(17)  pone en duda que estas cifras sean ciertas: «Elementos de la oposición española citan enormes cifras -370.000 o más- de fusilados después de 1939, pero no hay manera de verificar la validez de esas cifras».

La única información dada por una fuente gubernamental a un corresponsal norteamericano en 1944 -y aun esta cifra oficiosa es de dudosa veracidad- señala que se llevaron a cabo 192.684 ejecuciones, entre 1939 y 1944. También recoge Marta Núñez Díaz-Balart la cifra que aporta el reportero inglés A V Philips, quien asegura que en un año – de marzo de 1939 a marzo de 1940- los ejecutados sólo en Madrid alcanzaron la cifra de 100.000 (18)

Posiblemente sea ya un debate estéril el número de ejecutados. De la importancia de los fusilamientos, da buena idea el que el propio Miguel Núñez sitúe en su galería 209 condenados a muerte.

El expediente de Luis Cruz Lechuga, condenado a muerte el 7 de agosto de 1939, es un buen ejemplo de cómo se instruían los sumarios y de los delitos de los que se les acusaban. Casi setenta años después resulta estremecedor comprobar la nimiedad de las faltas y, sobre todo, la idea que los vencedores tenían de la victoria.

Luis Cruz Lechuga tenía veinticinco años, según su ficha clasificatoria. Era hijo de Andrés y de Carmen. Residía en Baeza Jaén). En el juicio sumarísimo de urgencia que se le instruye se dice: (19)

«Juzgado Militar: Prisioneros. Domicilio: del informado- Baeza Gaén) Abastos n° 35.

Sumarísimo de urgencia núm ….. .

Nombre del informado: Luis Cruz Lechuga.

Filiación política o sindical antes del 18 de julio de 1936: Izquierda Republicana.

Cargos desempeñados durante el periodo revolucionario y fecha en que los ejerció: Militante.

¿Hizo propaganda revolucionaria en mítines? Sí.

¿Exaltó en sus conversaciones públicas la causa roja? Sí.

¿Insultaba a nuestro Ejército nacional o a sus Generales? Sí.

Personas que por su intervención fueron asesinadas (háganse constar los nombres y domicilios de las víctimas, expresando si el informado actuó como autor material o como inductor). Se ignora.

Ídem de las que por su intervención fueron detenidas, con expresión de los nombres y domicilios de las mismas, tiempo que estuvieron detenidas y suerte posterior de ellas. Se ignora quiénes fueron aunque intervino en detenciones.

Bienes que fueron requisados o confiscados por el informado, con expresión de las circunstancias que concurrieron en el hecho. Igual que en la anterior pregunta.

¿Prestó servicios como miliciano a las órdenes del comité, Ayuntamiento o agrupaciones revolucionarias? Del Ayuntamiento.

¿Intervino en la destrucción e incendio de las imágenes y objetos sagrados? Se ignora. ¿Fue voluntario a las filas rojas? Sí. ¿Qué graduación obtuvo en ellas? Comisario político.

Observaciones.- (Indíquense, además de las que el informante estime oportunas, nombre de dos personas, al menos, de reconocida solvencia moral y adictas al glorioso movimiento, que puedan atestiguar los extremos anteriores) Pueden citarse caso necesario gran número de personas que avalen la anterior información.

Baeza a 26 de mayo de mil novecientos treinta y nueve

Año Triunfal (Firma y sello)

El sello es de la alcaldía de Baeza.

Sr. Juez Militar de Prisioneros de la Auditoría de Guerra del Ejército.

El juicio fue rápido. El fiscal mantuvo la petición de pena de muerte, dice el expediente en apenas media docena de líneas. Y dice también: «El defensor expuso que si se estiman probados los hechos se le impongan treinta años y si no seis meses y un día». «Oído al procesado manifestó lo siguiente.- Que no tuvo intervención en los hechos por los que se le condena». El folio lleva fecha de 7 de agosto de 1939.

La sentencia dictada ese mismo día en Alcalá de Henares ocupa escasas líneas y los resultandos y considerandos muestran mejor que cualquier discurso el esperpento y el sarcasmo de la Administración de Justicia. Los delitos eran: Luis Cruz Lechuga, de veinticinco años, estaba afiliado a las JSU, con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional. Fue voluntario al frente de Toledo. Y ascendido, «sin duda por méritos de campaña al cargo de comisario político» y, posteriormente, a teniente. Todos estos delitos, resumidos en la «adhesión a la rebelión», venían agravados -dice la sentencia por la «perversidad y trascendencia de los hechos».

«FALLAMOS que debemos condenar y condenamos al procesado Luis Cruz Lechuga como autor de un delito de adhesión a la rebelión con las agravantes referidas, a la pena de muerte y accesorias legales correspondientes, haciendo expresa reserva de la acción por responsabilidad civil en cuantía indeterminada».

El 17 de agosto de ese mismo año, el auditor declara firme la sentencia y deja «en suspenso la ejecución de la pena de muerte hasta que se reciba el enterado de S. E. El Generalísimo Jefe del Estado ». El 14 de octubre de 1939, el auditor de guerra de la 1ª Región Militar recibe el enterado de la Asesoría Jurídica del Cuartel General de S. E. El Generalísimo:

Ilmo. Sr.

S. E. EL JEFE DEL ESTADO, noticiada que le ha sido la parte dispositiva de la sentencia que pronunció el consejo de guerra Permanente reu- 43 nido en Alcalá de Henares, para ver la causa instruida a Luis Cruz Lechuga, se dá [sic] por ENTERADO de la pena impuesta.

Lo que traslado a V Y. Para conocimiento y efectos.

Dios guarde a V Y. Muchos años.

Burgos 14 de octubre de 1.939.

Año de la Victoria.

El Asesor. (La firma es ilegible).

La pasión de Luis Cruz Lechuga, de veinticinco años, de profesión dependiente, soltero, acusado del terrible crimen de haber sido leal al Gobierno legalmente constituido, terminó el 17 de noviembre de 193 9. Así lo recoge el certificado de defunción extendido en el Registro Civil de Alcalá de Henares: «falleció a las siete horas a consecuencia de un schot [sic] traumático por disparos de arma de fuego»(20)

A veces, el cinismo de los vencedores superaba cualquier imaginación. César Barrio Vega, de dieciocho años, vecino de Manzaneda, municipio de Luanco, fue condenado a pagar quinientas pesetas en sentencia del Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas de Oviedo. La sentencia reconocía que el inculpado carecía de bienes. Pero lo terrible es que la sentencia declaraba en sus resultandos que César Barrio Vega «fue juzgado en consejo de guerra celebrado en Gijón y por sentencia de 30 de mayo de 193 9 fue condenado a la pena de muerte, que fue cumplida».

Manuel Álvarez Gómez, secretario en funciones del tribunal terminaba el texto de la sentencia con el protocolo habitual. «Así por esta nuestra sentencia lo pronunciamos y firmamos -José Benito -Andrés Basanta Silva b [sic] -Ramón Cabezas -Rubricados- Asimismo certifico que el doce del corriente (noviembre de 1939) fue notificada la anterior sentencia y declarada firme el dieciocho del mismo mes y año por haber sido votada por unanimidad».

El régimen, tan interesado en la muerte, sentía mayor interés aún por la salud del alma del preso. En la Memoria del Patronato de Redención de Penas se hace especial mención a ello. «Cuando se tiene conocimiento de que a un procesado le ha sido pedida en juicio la última pena por el Ministerio Fiscal, se le aísla de los demás de igual suerte en departamento aislado, a fin de hacerle objeto de una especial y constante atención religiosa, que facilite el arrepentimiento final si llega la confirmación de la pena. Este es uno de los trabajos más arduos y graves de los capellanes de prisiones».

Lo arduo del trabajo tenía, sin embargo, para sus afanes de redención, sus frutos. Así, en las páginas de la Memoria se alardea de que «las estadísticas obtenidas de todas las Prisiones Provinciales 45 sobre el número de reos que mueren penitentes varían del 60 al 90%». Bien es verdad que, a continuación, lamentaba que muchos murieran cantando La Internacional y pronunciando blasfemias.

Con la frialdad de un entomólogo, el autor de la Memoria describe así el capítulo de Porcentaje de arrepentimiento final: «Por regla general casi todos los elementos intelectuales mueren arrepentidos y la obcecación es, por el contrario, mayor en los delincuentes más incultos. Hay, sin embargo, regiones como Andalucía, donde, a pesar de la incultura religiosa de muchas comarcas, mueren arrepentidos casi todos los campesinos».

La particular estadística no se limitaba sólo al porcentaje de arrepentidos. En la citada Memoria, se estudia el arrepentimiento por regiones, con curiosos resultados: «Clasificados los reos por regiones puede decirse, según los datos recogidos, que los más obstinados son los de Murcia, Valencia, Asturias (zona minera) y la masa obrera de Barcelona.

»Clasificándolos por partidos políticos, mueren cristianamente por el siguiente orden: nacionalistas vascos, republicanos, anarquistas, comunistas y socialistas (de la vieja escuela de Pablo Iglesias).»

»En total el porcentaje medio de arrepentimiento final es de un setenta a un setenta y cinco por ciento.

»En diversas ejecuciones se ha dado el contraste impresionante de que, mientras un grupo moría besando el crucifijo y dando vivas a España, otro esperaba la ejecución cantando La Internacional y pronunciando blasfemias y maldiciones».(21)

Miguel Núñez lo recuerda de otra forma. Aunque viviera también momentos de dolor, de desesperación.

-En general, en lo que yo he conocido, la gente se iba con la idea de que su muerte había servido para algo. Yo recuerdo sacas al grito de  «¡Viva la República! ¡Camaradas, seguid adelante! ». Aunque también había momentos terribles. Yo sólo recuerdo dos casos en los que tuvieron que sacarles a rastras.

Calla un momento. Suspira. Dice Miguel:

-Era normal. ¿Es que hay que exigir heroísmos a todo el mundo?

Pero Miguel Núñez hace ya tiempo que contestó a esa pregunta.

-Ahora las cosas se ven de otra manera …

Miguel Núñez fue llevado a Ocaña. Era director general de Prisiones Máximo Cuervo Radigales. Todavía riéndose, recuerda Miguel que entre los presos se decía:

«Anda, cría cuervos que luego los harán directores de prisiones».

-Este buen hombre, autoridad militar, por supuesto, hizo poner su divisa en los muros de las cárceles. Unos cartelones enormes que decían: «En nuestros organismos penitenciarios debe presidir la seriedad de un banco, la disciplina de un cuartel y la caridad de un convento». Ya ves, se quedó tan pancho después de inventarse aquello. En Ocaña, entonces estaban, entre otros: Antonio del Amo, Florentino Hernández Girbal, José Antonio Areste, Miguel San José, Fernando Femández Revuelta, José Armero Pla, Juan Esteban Anadón, Fidel Manzanares, Domingo Martín Vigil, José Sánchez Rodríguez, Francisco García de la Peña, Miguel Hemández …

Miguel Hemández … no sé … Era una persona … Nos dejaban escribir una tarjeta postal con 20 líneas cada 15 días. El llegaba y te decía: «¿Qué? ¿Qué haces?». «Pues escribo a mi madre o a mi novia», le contestabas. «Trae, que voy a ponerle algo». Y escribía una frase: «Yo también te quiero », o una florecita, algún dibujo. Todavía no estaba enfermo. Pero lo pasaba muy mal cada vez que su mujer, Josefina, le escribía contándole lo mal que se pasaba en la calle. No sé… Pienso que, tal vez, no debería haberle contado cómo lo estaban pasando. Porque eso sólo servía para hacerle sufrir.

Del sufrimiento que los presos soportaban ante la ausencia de noticias de los familiares o, por el contrario, por la impotencia de saber las necesidades que pasaban hay testimonios estremecedores. De Miguel Hernández es esta carta, allá por el año 1942:

Josefina:

Manda inmediatamente tres o cuatro kilos de algodón y gasa, que no podré curarme hoy si no me mandas. Se ha acabado todo en esta enfermería. Comprenderás lo difícil dt! curarme aquí. Ayer se me hizo con trapos y mal. Que mande Elvira el calcio también.

Bueno, besos a mi hijo. Te quiere

Miguel

Diego Lechuga Gámez, preso en la cárcel de Ondarreta, de San Sebastián, en la 6a galería de Políticos, familiar de Luis Cruz Lechuga, condenado a muerte el 7 de agosto de 1939, se queja en una postal a su mujer Carmen Cruz de Lechuga, en Baeza (Jaén) de la falta de regularidad con que le llegan las noticias. Escribe Diego Lechuga con letra menuda y apretada, para llenar en lo posible la única postal que podía mandar:

«Si a partir de esta misma fecha no recibo carta con regularidad, es decir todas las semanas, no escribo más pase lo que pase».

En otra postal de fecha 17 de junio de 1946, expresa la angustia por la salud de los hijos:

«Hace unas noches que soñé con vosotros y vi a Diego que estaba muy malcarado y delgado, y 49 ahora tú me dices que está tan desmejorado me quedo más frío que un pez. Nada tengo que decirte referente a esto, ya que tú harás cuanto esté a tu alcance por él».

La situación en la calle era, en ocasiones, peor que la que existía entre los muros. Es verdad que el rancho, sobre todo al principio, era escaso y malo. Pero había algo que llevarse a la boca.

Comíamos habas con gusanos. Y un médico que estaba con nosotros nos decía que no dejáramos los gusanos, que eran proteínas -cuenta Miguel Núñez.

El escritor y periodista Florentino Hernández Girbal narra cómo era la vida en Ocaña aquellos primeros años:

«El hambre en Ocaña era lacerante y angustiosa, incapaz con lo que daban de nutrir medianamente un cuerpo. Quien por el alejamiento no podía recibir nada de su casa, perdía fuerzas, caminaba como un sonámbulo, iba a la enfermería y ya no salía de ella vivo. Los médicos presos que trabajaban allá me decían:

»-Se mueren, simplemente, de hambre. Faltan alimentos y medicinas, y de esas las más elementales.

»Yo vi morir así en la Prisión de San Antón, tirado en un petate, al doctor Piña de Rubíes, la mayor autoridad española en análisis espectral. Y Luis Zubillaga, que había sido presidente de la Audiencia de Madrid, pudo acabar en Ocaña de igual modo, pero las ayudas que recibió le salva- 50 ron. Era un panorama triste, incierto y desolador »(22)

*******

14 José Machado: Últimas ro/edades del poeto Antonio Machado. Ediciones de la Torre. Madrid, 1999

15 Tampoco es fácil saber el número de presos fallecidos como consecuencia de la enfermedad, el abandono, el hambre o la miseria. José Manuel Sabín, en Prisión y muerte en la España de Postguerra (Anaya & Mario Muchnik. Madrid, 1996), da algunas cifras que resultan reveladoras. En 1941, en la cárcel de Córdoba, murieron 502 presos. Por tuberculosis mueren en 1941, 138, por avitaminosis, 43, por bronconeumonía, 34. Cita el propio Sabín el caso de Julián Besteiro, muerto en la cárcel de Carmona como consecuencia de una septicemia originada por una herida infectada en un dedo.

16 A. Bahamonde y ]. A. Martínez. Obra citada.

17 Stanley G. Payne: Los militares y la política en la España contemporánea. Ruedo Ibérico. París, 1968. Citado en Libro Blanco de las Cárceles Franquistas, de la misma editorial.

18 Marta Núñez Díaz-Balart. Obra citada.

19 Para mejor comprensión, se transcribe en negrita lo que es impreso original y en redonda lo que aparece rellenado a mano.

20 Su sobrino nieto, Diego Lechuga, al que debo este testimonio, buscó y encontró tras innumerables gestiones y con infinita paciencia, el expediente, ya en el periodo democrático.

21 Ni la Memoria del Patronato de Redención de Penas de 1939- 1940 ni las posteriores, citan jamás el número de ejecutados. Profundamente preocupados por la salvación del alma, sí se recoge, por ejemplo, que el día 27 de abril, ni siquiera un mes después de la Gloriosa Victoria, fiesta de La Merced, en la Prisión de Barcelona hicieron la primera comunión 21 reclusos. Debidamente preparados por el Capellán.

22 Florentino Hemández Girbal: A los 97 años. Ediciones Lira. Madrid, 1999.