SPINOZA, UN BUEN CIUDADANO, por J. W. Goethe

Goethe sale en defensa de Spinoza cuando aún era comprometido hacerlo. Confiesa a Eckermann haberse encontrado a sí mismo gracias a la filosofía del holandés. Y describe las sensaciones recreadas, después de muchos años, como de claridad y placidez. Así es. Nadie que haya probado a zambullirse en las profundas aguas de ese mar de infinitud, que Spinoza nos invita a visitar, quedará defraudado.

Pero ¿quién quiere hoy pensar para saber? ¿Quién comprende que todas las cosas que son para los hombres objeto de temor o de seducción son vanas, triviales, sin sentido? ¿Quién se lanza a investigar, como hizo Spinoza a sus veintitantos años, si hay algo digno de ser amado por encima de todo y que apaciente al alma con una alegría continua y suprema? ¿Quién entiende que todas nuestras desdichas radican en amar cosas que están sujetas a mudanza o no está en nuestra mano retener?

Goethe fue de los pocos que quiso asentar su vida en el amor por lo eterno e inmutable, el único fundamento seguro para una felicidad igualmente perdurable.

JESÚS NAVA

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La potencia de Dios es su esencia misma”. La potencia no es sólo la esencia misma de Dios, sino la de cualquier realidad: el hombre se definirá por su deseo, y, en general, todas las cosas por su conatus. La lucha, como estado «natural» de la realidad, parece derivarse de ahí con facilidad. El «esfuerzo por perseverar en el ser» (el poder de cada cosa) se traduce fácilmente en the struggle for life… El derecho es el poder: y, para moderar la lucha, la sociedad civil deberá ser, ella misma, un poder.

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Nunca me gustaron, en general, las controversias, y siempre preferí ver cómo pensara un hombre a oír que otro me dijera cómo debiera haber pensado. Porque ¿cómo es posible que una vida acepta a los hombres y a Dios puede derivarse de reprobables principios? Todavía recordaba la paz y lucidez que me entraron cuando un día me puse a hojear las postergadas obras de aquel hombre notable. Ese efecto perduraba aún en mí con toda claridad, por más que no pudiera recordar bien los detalles; así que también ahora eché mano a toda prisa de aquellas obras, a las que tanto debía, y la misma apacible aura de antaño volvió a orear mi alma. Entregueme a su lectura, y al mirar dentro de mí mismo, pareciome que nunca viera tan claro el universo”.

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SPINOZA, UN BUEN CIUDADANO, por J. W. Goethe

Largo tiempo llevaba de no acordarme de Spinoza, y ahora, por espíritu de contradicción, volví a sentirme impulsado a buscarle. Encontré en nuestra biblioteca un librito cuyo autor (Colerus, predicador luterano, 1705) combatía violentamente a aquel original filósofo, y para acometer con más eficacia su obra, había puesto frente al título la efigie de Spinoza con este pie: “Characterem reprobationis in vultu gerens”, o sea, que en la cara llevaba la señal de la reprobación.

POR LA CONDUCTA DE UN HOMBRE, SE CONOCEN SUS PRINCIPIOS

No podía negarse que así era al mirar el retrato, pues el grabado era despiadadamente perverso y una payasada cumplida, por lo que hubo de sugerirme la idea de aquellos enemigos que empiezan por desfigurar a aquel a quien mal quieren y luego pasan a combatirle como a un monstruo.

Johann Wolfgang von Goethe, escritor alemán (1.749-1.832), pintado por Stieler en 1828.

Pero aquel librillo no me hizo la menor mella, pues nunca me gustaron, en general, las controversias, y siempre preferí ver cómo pensara un hombre a oír que otro me dijera cómo debiera haber pensado. Pero la curiosidad, sin embargo, llevóme a consultar el artículo “Spinoza” en el Diccionario de Bayle, obra que, por su erudición y perspicacia, es tan estimable y provechosa como ridícula y nociva por sus garrulerías y comadreos.

El artículo “Spinoza” infundióme disgusto y desconfianza. Empieza por calificarlo de ateo, y de altamente reprobables sus opiniones, y a renglón seguido reconoce que es un pensador pacífico y entregado a sus estudios, un buen ciudadano, un sujeto sociable, un apacible individuo, con lo que parece haber olvidado enteramente aquellas palabras del Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis”. Porque ¿cómo es posible que una vida acepta a los hombres y a Dios puede derivarse de reprobables principios?

LA PAZ Y LA LUCIDEZ ESTÁN DENTRO DE UNO MISMO

Todavía recordaba la paz y lucidez que me entraron cuando un día me puse a hojear las postergadas obras de aquel hombre notable. Ese efecto perduraba aún en mí con toda claridad, por más que no pudiera recordar bien los detalles; así que también ahora eché mano a toda prisa de aquellas obras, a las que tanto debía, y la misma apacible aura de antaño volvió a orear mi alma. Entreguéme a su lectura, y al mirar dentro de mí mismo, parecióme que nunca viera tan claro el universo.

Mi confianza en Spinoza basábase en la sedante acción que sobre mí ejercía, y no hizo sino acrecerse al ver que tildaban de spinozismo a mis dilectos místicos, al enterarme de que ni el propio Leibniz había podido librarse de semejante imputación, y que hasta Boerhaave, sospechoso a causa de tales ideas, vióse obligado a dejar la Teología por la Medicina.

GOETHE, “Poesía y verdad”, 1811-1833

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Goethe descubrió esto primero en Spinoza, pues solía complacerse en reconocer cuán conformes se mostraban las ideas del gran filósofo con sus anhelos juveniles. Goethe hallóse a sí mismo en Spinoza, de suerte que pudo robustecer prodigiosamente su pensamiento con tales doctrinas.

ECKERMANN, “Conversaciones con Goethe”, 1823-1832.

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JOHANN W. GOETHE, Obras completas. Aguilar Ediciones, 1987. Traducción de Rafael Cansinos Assens. Filosofía Digital 2006