LA DEMOCRACIA, por George Santayana

Las leyes aprobadas por los Parlamentos rara vez se corresponden con el Derecho Natural, entendido como leyes de la naturaleza,  como aquello que no está en nuestras manos imponer o evitar. Las Leyes, por tanto, regulan las sociedades humanas. Se dictan para afrontar situaciones de naturaleza social, que conllevan decisiones de la colectividad que se plasman en regulaciones obligatorias con forma –y mediante fórmulas predeterminadas- de Ley- Leyes que generan obligaciones y derechos de carácter general.

En estos días presenciamos una notable confrontación entre el catolicismo -quizás el  entero cristianismo, y la que se ha venido llamar “ideología de género”. Ninguna de las dos, pese a lo que puedan argumentar sus respectivos defensores, se encuentra dentro de las Leyes de la Naturaleza. Ni la existencia del Dios de los católicos, ni el de los cristianos, lo está. Es, cuanto menos  una posibilidad negada por más de la mitad de la población mundial. Ni los derechos sexuales se corresponden, en todas y cada una de sus variantes, con la Ley Natural.

No hay un derecho natural regulador de lo divino, que pueda ser impuesto a los demás;  ni hay un derecho natural regulador de lo sexual, distinto del hecho biológico de la reproducción de esa clase (como sabemos ni siquiera toda la reproducción biológica es de naturaleza sexual, así la vida se reproduce por meiosis/mitosis; la reproducción sexual sí es una ley para un mamífero, pero no para el estreptococo).

Por tanto, las leyes parlamentarias, en un Estado democrático y de derecho, plasman la voluntad mayoritaria en una regulación legal en un acto humano, cuya permanencia en el tiempo es igualmente una contingencia social, siempre mutable. Sin embargo, hemos pasado demasiadas décadas obligados a profesar un catolicismo impuesto por el Estado; por la coacción de la violencia estatal, que se vino a implantar como si se tratase de una Ley Natural. En efecto, obligando a varias generaciones a recibir formación católica imperativamente, en dos o tres décadas, esa Ley no natural resulta implantada en la sociedad, que acabará queriendo realmente ese derecho. Pero eso no lo convierte en Ley Natural. Por ello la sociedad lo acaba rechazando, más pronto que tarde, en un proceso de inmunización: cada vez es más intransigente con el antiguo orden; con el Catolicismo, hoy. El efecto es la desgracia de varias generaciones que vieron sustituir su Libre Albedrío por la imposición estatal de su religión (religión, al final, significa religar, volver a unir; y ese efecto de unión se consigue mediante la implantación de una uniformidad que repugna la Libertad Humana; incluso cuando se adapta a ella).

En la búsqueda del equilibrio que da existencia a la naturaleza, las opciones sexuales reprimidas con dureza por el catolicismo oficial, están floreciendo desde que la realidad se impuso a la legalidad estatal, esto es, desde que el hecho de que en España no existe más que una minoría de católicos se ha impuesto como realidad.

Hoy, de nuevo, ese fugaz equilibrio que la Naturaleza nos ofrece, de carácter siempre dinámico, una búsqueda constante de aquello que es inalcanzable (pues el movimiento genera la vida, y es la quietud lo que significa muerte), estas otras opciones sexuales se intentan imponer. Imponer; porque la realidad es que no son mayoritarias (otra cosa distinta es velar por el respeto a las minorías –de cualquier clase). Y sin embargo se imponen; y en forma de Ley. Con sanciones, incluso penales, que las protegen como bienes jurídicos esenciales de nuestra sociedad. Pero si estas leyes no se corresponden con la voluntad de la mayoría, en realidad, estas leyes están mostrando su inconfesada intención de crear un modelo de sociedad que no es el querido por la mayoría de nosotros. Quizás, dentro de unas décadas, por efecto de estas Leyes Parlamentarias y de la educación e inmersión social en el nuevo standard, los niños de hoy, como adultos de mañana, podrán considerar como algo absolutamente normal, un matrimonio interespecies. Pensemos en que un gato, nuevo titular de Derechos en este Siglo XXI, pueda alcanzar a tener Derecho a la protección de su esfera afectiva y familiar, dentro de una Unidad Familiar de la que es miembro. ¿Por qué entonces no se le habrían de reconocer efectos a esa convivencia entre gato y humano?

George Santayana, llegado este caso, se preguntaría, en relación a leyes tales como la Ley Antidiscriminación LGTBI de la Comunidad de Madrid, de recientísima aprobación, si este tipo de leyes son obra de una inteligencia excepcional y, en tal caso, si encarna en su política, sea por instinto o a causa de una elevada inteligencia, los intereses conscientes e inconscientes del pueblo.

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La palabra democracia puede significar una igualdad social natural en el organismo político o una forma constitucional de gobierno en la que el poder, de manera más o menos directa, reside en manos del pueblo. Lo primero puede denominarse democracia social y lo segundo gobierno democrático. Ambas formas difieren ampliamente, tanto en origen como en principio moral.

LA DEMOCRACIA SOCIAL Y LA DEMOCRACIA POLÍTICA

Genéticamente considerada, la democracia social es algo primitivo, no intencional, propio de las comunidades donde existe una competencia general y ninguna personalidad especialmente señalada. Es la democracia de Arcadia, de Suiza y de los pioneros norteamericanos.

De esas comunidades se podría decir que poseen asimismo un gobierno democrático, pues todo es en ellas naturalmente democrático. No hay aristocracia, no hay prestigio, sino en cambio una inteligente propensión a prestarse ayuda y a realizar en común todo cuanto se haga, no tanto bajo la dirección de un jefe como guiándose por una especie de instinto de colaboración y de contagiosa simpatía. En otras palabras, rige ese gobierno supremamente democrático: la total ausencia de gobierno.

La democracia política, por su parte, es un producto tardío y artificial. Surge merced a una gradual extensión de los privilegios aristocráticos, a través de la rebelión contra los abusos y en respuesta a la inquietud experimentada por el pueblo. El principio en el que se funda no es la falta de personalidades eminentes, sino el descubrimiento de que las eminencias existentes han dejado de ser genuinas y representativas. Esta forma es compatible con un gobierno muy complejo, un gran imperio y una sociedad aristocrática; puede conservar, como ocurre notablemente en Inglaterra y en todas las antiguas repúblicas, muchos vestigios de instituciones más antiguas y menos democráticas.

Pues, en los gobiernos democráticos, el pueblo no ha creado el Estado; se limita meramente a fiscalizarlo. Sus celos y sospechas son aquietadas al asignársele una voz, tal vez tan sólo un veto, en la administración; pero el Estado administrado es una prodigiosa máquina histórica autocreada. Jamás estableció el voto popular la familia, la propiedad privada, las prácticas religiosas o las fronteras internacionales. Las instituciones, los ideales y los administradores pueden ser todos tales como las clases populares no los hubieran podido producir jamás, pero se permite que subsistan estos productos de aristocracia natural mientras no se eleve contra ellos una protesta demasiado imperiosa.

LA DEMOCRACIA SOCIAL, UN IDEAL ÉTICO; LA DEMOCRACIA POLÍTICA, UN SIMPLE MEDIO

Si volvemos nuestra mirada de los orígenes a los ideales, el contraste entre la democracia social y la democracia política no es menos marcado. La democracia social es un ideal ético general, tendente a la igualdad y a la fraternidad humanas, e incompatible en su forma radical con instituciones tales como la familia y la propiedad hereditaria.

Por el contrario, el gobierno democrático es un simple medio para alcanzar un fin, un expediente para el mejor y más fácil gobierno de ciertos Estados en determinadas situaciones. No involucra ideales de vida especiales; es una cuestión de política; a saber, si los intereses generales resultarán mejor servidos concediendo a todos los hombres (y a todas las mujeres) una participación igual en las elecciones.

Pues la democracia política, al surgir en Estados extensos y complejos, debe ser necesariamente un gobierno por representación, y los asuntos que verdaderamente se someten al pueblo sólo pueden ser cuestiones muy amplias de política general o de confianza en los dirigentes partidarios.

Todo gobierno justo persigue el bien general; la elección entre formas aristocráticas y democráticas atañe únicamente a los medios que se elijan para tal fin. Muy bien puede una organización particular adaptarse mejor a un lugar y una época determinada, en tanto que otra se adapta a otros. Todo depende de que se cuente o no con personalidades eminentes. La teoría democrática es claramente errónea si supone que la eminencia no es naturalmente representativa. La eminencia es sintética y representa lo que sintetiza. Una eminencia no representativa no implicaría excelencia, sino únicamente extravagancia o notoriedad.

Pero algo que se aproxime a tan verdadera excelencia es tan raro como grande, y se puede disculpar a una sociedad democrática, naturalmente celosa de la grandeza, que no espera hallar una verdadera grandeza, ni comprenda siquiera en qué consiste ésta. Un gobierno no se torna representativo o justo por el expediente mecánico de elegir a sus miembros mediante el sufragio universal. Sólo se torna representativo cuando encarna en su política, sea por instinto o a causa de una elevada inteligencia, los intereses conscientes e inconscientes del pueblo.

EL VALOR DE LA CIVILIZACIÓN PUEDE SER CUESTIONADO

La civilización, aunque estamos acostumbrados a pronunciar la palabra con cierta unción, es algo cuyo valor puede ser cuestionado. Una manera de defender el ideal democrático es negar que la civilización sea un bien. Por cierto que, en algún sentido, la democracia social es esencialmente una reversión a una vida más sencilla, más arcádica e idílica de la que ha fomentado la aristocracia. La igualdad se alcanza más fácilmente en una era patriarcal que en una era de actividades concentradas e intensas. Las posesiones, los ideales y los elementos tal vez sean menos numerosos en una comunidad sencilla, pero son más fácilmente compartidos y unen a los hombres con lazos morales e imaginativos en lugar de dividirlos, como lo hacen todas las maneras extremadamente complicadas de vivir o de pensar.

Un pueblo rural, que habite un país escasamente poblado, puede disfrutar de las cosas indispensables a la vida, y entre esas cosas indispensables tal vez se cuenten no sólo el pan y ropas para cubrirse, que todo el mundo consigue de alguna manera, aun en nuestra sociedad, sino esa comunal religión, poesía y fraternidad de que tan frecuentemente carecen los pobres civilizados.

Si la democracia social triunfara y se orientara en ese sentido, comenzaría por disminuir notablemente la cantidad de trabajo que se realiza en el mundo. Todos los instrumentos de lujo, muchos instrumentos de vano conocimiento y arte, se dejarían de producir. Podríamos ver nuevamente en desuso los medios de comunicación, tan maravillosamente desarrollados en los últimos tiempos; los cascos de grandes vapores enmoheciéndose en las radas; los puentes de ferrocarril derrumbándose y los túneles atascados; en tanto que se extendería sobre la tierra una población rural, con algunas manufacturas necesarias y perfeccionadas, abandonando a la ruina las grandes ciudades, que se calificarían de sedes de babilónica servidumbre y locura.

Tales anticipaciones pueden parecer fantásticas, y desde luego no es probable que se dé en el próximo futuro una reacción semejante contra el progreso material, puesto que, por ahora, la marea del comercialismo y de la población sigue subiendo en todas partes; pero ¿qué hombre de pensamiento supone que estas tendencias serán eternas y que el presente experimento en civilización es el último que ha de ver el mundo?

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Sobre el autor.

A pesar de haber nacido en Madrid, Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, se educó y pasó la mayor parte de su vida en EEUU, formándose en la Boston Latin School y posteriormente en la Universidad de Harvard de la que fue profesor de filosofía.

En 1912 abandonó EEUU y se vino a vivir a Europa. Tras residir en París y Oxford, fijó su domicilio en Roma en 1920 hasta su fallecimiento en 1952.

Filósofo, poeta, ensayista y novelista, su obra está escrita mayoritariamente en inglés y versa sobre multitud de temas, desde filosofía o política, hasta la crítica literaria.

La reseña aquí publicada, pertenece a su libro: “The Life of Reason: Or, The Phases of Human Progress” escrito entre 1905 y 1906 y que consta de cinco volúmenes: La razón en el sentido común, La razón en la sociedad, La razón en la religión, La razón en el arte y La razón en la ciencia. Está considerada una de las mejores obras filosóficas de la literatura occidental.

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GEORGE SANTAYANA, La vida de la razón o fases del progreso humano, Tecnos, 2005. Filosofía Digital 2006