ATEÍSMO Y PANTEÍSMO, por Baruch de Spinoza

Esta distinción entre cosas naturales y substancias -planos de la realidad que no tienen los mismos principios– hace increíble que se haya interpretado la Substancia de Espinosa como la totalidad omnicomprensiva de las realidades singulares (las cosas naturales, los modos), en sentido panteísta. En la Epístola LIV, a Boxel decía Espinosa que entre lo finito y lo infinito ninguna proporción hay” (Vidal Peña).

Spinoza nunca fue ateo ni tampoco panteísta. Que los creyentes en dioses antropomórficos (judíos, cristianos o musulmanes) lo tuvieran por tal, no me extraña en absoluto. Todos ellos conciben a Dios a semejanza de un hombre (varón, por supuesto) y dotado de sentimientos e intenciones humanos. Ninguna de estas religiones, ni los creyentes en ellas, tienen el menor conocimiento de Dios. Pero los ateos, no lo hacen mejor, sino peor si cabe, que los creyentes. Pues mientras estos intentan suplir con la imaginación su ignorancia de la naturaleza divina, aquellos, incapaces de imaginárselo, niegan su existencia. Por otro lado, los panteístas, al llamar Dios al mundo, atribuyen a las cosas finitas una infinitud que no poseen; lo mismo vale para el antropoteísmo de Feuerbach. Spinoza, contra unos y otros, afirmó la existencia del ser eterno e infinito y lo llamó DIOS O NATURALEZA. Pero distinguió, sin separarlas, dos naturalezas en la Naturaleza: la naturaleza naturante o creadora y la naturaleza naturada o creada. La primera es la esencia productora de todas las cosas, está dotada de infinitud y eternidad absolutas, y es la única a la que Spinoza da el nombre de Dios; la segunda es producida o creada, e incluye un universo ilimitado y los incontables mundos que lo conforman, así como todas las cosas finitas que habitan en ellos. Por eso censura Spinoza a unos y otros por no seguir el orden natural a la hora de filosofar. El conocimiento de Dios es prioritario, tanto para entender la vida como para explicarla. Por eso sostengo que los científicos y filósofos vulgares -hay notables excepciones- contemplan el mundo al revés, lo que hace a sus teorías e hipótesis sobre la realidad sumamente enrevesadas y erróneas, por no decir absurdas. Spinoza, desde luego, no era ateo (de nada estaba más cierto que de la existencia del ser eterno e infinito, al que no se recataba de llamar Dios), ni materialista (la Naturaleza absolutamente infinita consta de infinitos atributos: extensión o materia, sí, pero también inteligencia o pensamiento, e infinitos atributos más que desconocemos), ni monista (la sustancia es una, pero sus atributos infinitos; luego, ni monismo ni dualismo, sino pluralismo), digan lo que digan los profesores y acólitos spinozistas. Porque o han leído mal a Spinoza o no lo han entendido. Pero tampoco era panteísta, porque a él eso le parecería una insensatez romántica (“las cosas creadas no tienen poder de CONSTITUIR un atributo”), ni teísta, pues, cuando los teólogos más racionales siguen atribuyendo “personalidad” a Dios, el confiesa no saber de qué están hablando. ¿Era, pues, deísta? Tampoco, si por deísmo se entiende la afirmación de un Dios ajeno e indiferente a los asuntos del mundo “como si dejara al hombre correr solo”. Un Dios semejante, tanto daría que existiera como si no, pues indiferencia con indiferencia se paga. No obstante, Spinoza, refiriéndose a la creencia en un Dios personal que tuviera sentimientos y persiguiera fines, como cualquier mortal, escribió esto: “Confieso que la opinión que somete todas las cosas a una cierta voluntad divina indiferente y que sostiene que todo depende de su capricho, me parece alejarse menos de la verdad que la de aquellos que sostienen que Dios actúa en todo con la mira puesta en el bien, pues estos últimos parecen establecer fuera de Dios algo que no depende de Dios, y a lo cual Dios se somete en su obrar como a un modelo, o a lo cual tiende como a un fin determinado. Y ello, sin duda, no significa sino el sometimiento de Dios al destino, que es lo más absurdo que puede afirmarse de Dios”. Sin embargo, hay que leer y entender, es decir, sentir y experimentar, el libro V de su Ética, donde la unión intuitiva con Dios es gloria, salvación, libertad, amor y felicidad, para comprender la distancia que separa a Spinoza del deísmo, conocido como “ateísmo cortés”. Y todo eso sorteando los escollos que ponen el fideísmo, el misticismo y el racionalismo en el camino del que busca la verdad sobre Dios. En fin, Spinoza, como la verdad, es inclasificable, sea en religión, sea en filosofía, sea en ética. Como decía Feuerbach, “la filosofía de Spinoza era religión; él mismo era un carácter”. Y a eso deberíamos aspirar todos, aunque todo lo excelente sea tan difícil como raro.” (Jesús Nava).

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Todos deben conceder, en verdad, que sin Dios nada puede ser ni concebirse. Pues todos reconocen que Dios es la única causa de todas las cosas, y tanto de su esencia como de su existencia; esto es, Dios es causa de las cosas no sólo según el devenir, como dicen, sino también según el ser.

EL PANTEÍSMO Y EL ATEÍSMO SON FILOSÓFICAMENTE INCONSECUENTES

Sin embargo, muchos dicen que a la esencia de una cosa pertenece aquello sin lo cual esa cosa no puede ser ni concebirse; y, por tanto, o bien creen que la naturaleza de Dios pertenece a la esencia de las cosas creadas, o bien que las cosas creadas pueden ser y concebirse sin Dios, o, lo que es más cierto, no son lo bastante consecuentes consigo mismos.

Y la causa de esto ha sido, creo, que no se han atenido al orden del filosofar. Pues han creído que la naturaleza divina, sobre la que debían reflexionar antes que nada, ya que es prioritaria tanto en el orden del conocimiento como en el de la naturaleza, era la última en el orden del conocimiento, y que las cosas llamadas objetos de los sentidos eran anteriores a todo lo demás.

LOS QUE NO SE ATIENEN AL ORDEN NATURAL DE LAS COSAS CONTEMPLAN LA NATURALEZA AL REVÉS

De ello ha resultado que, al considerar las cosas de la naturaleza, han pensado en todo menos en la naturaleza divina, y, al intentar más tarde considerar ésta, no han podido valerse de aquellas primeras ficciones suyas sobre las que habían construido el conocimiento de las cosas de la naturaleza, dado que de nada les servían para conocer la naturaleza divina.

Y así no es de extrañar que hayan incurrido en contradicciones una y otra vez.

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BARUCH DE SPINOZA, Ética: II, 10. Editora Nacional, 1980. Traducción de Vidal Peña. Filosofía Digital 2006.