Del punto omega de Teilhard a la neoortogénesis de la nueva biología por Juan Luis Doménech Quesada (PARTE I/II)

«Dadas las costumbres estrictamente subterráneas del tucutuco, la ceguera, aún siendo tan común, no puede ser para él una grave desventaja; sin embargo, parece extraño que un animal, sea cual fuera, tenga un órgano sujeto a dañarse con tanta frecuencia. Lamarck hubiera sacado mucho partido de este hecho, si lo hubiera conocido cuando discutía (probablemente con más verdad de la que por lo común se encuentra en él) la ceguera adquirida gradualmente por el Aspalax, un roedor que vive debajo de la tierra, y por el Proteus, un reptil que vive en oscuras cavernas llenas de agua; en estos dos últimos animales, el ojo está casi en estado rudimentario y cubierto por una membrana aponeurótica y por piel […]; sin duda ninguna, Lamarck hubiera sostenido que el tucutuco está pasando hoy al estado del aspalax y del proteo» (Darwin, Viaje en el Beagle, p. 66. ).

«Resultará, en efecto, evidente, que el estado en que vemos a todos los animales es por una parte el producto de la composición creciente de la organización que tiende a formar una gradación regular, y por otra parte, que es el de las influencias de una multitud de circunstancias muy diferentes que tienden continuamente a destruir la regularidad en la gradación de la composición creciente de la organización» (Lamark, Filosofía zoológica, Cap. VII, p. 167, ed. Altafulla).

La Ortogénesis, también conocida como la evolución ortogenética, la evolución progresiva o la autogénesis, es una hipótesis biológica según la cual la vida tiene una tendencia innata a evolucionar de un modo unilineal debido a alguna “fuerza directriz”, ya sea interna o externa. La hipótesis tiene bases filosóficas de esencialismo, finalismo, y de teología, y propone una fuerza intrínseca que lentamente transforma las especies. Teilhard de Chardin, un paleontólogo jesuita, en “El grupo Zoológico Humano”, libro que influyó a muchos no científicos, publicado cuatro años luego de la muerte de su autor en 1959, argumentaba a favor de la evolución en búsqueda del “punto omega”, a la vez poniendo al hombre al centro del universo. La refutación de la ortogénesis tuvo ramificaciones importantes en el área de la filosofía. La idea de teología y la concepción teleológica del universo y la vida, como primero la postuló Aristóteles fue refutada por Kant, quien influenció de gran manera a muchos científicos”. (Wikipedia).

Teilhard define el Punto Omega como “una colectividad armonizada de conciencias, que equivale a una especie de superconciencia. La Tierra cubriéndose no sólo de granos de pensamiento, contándose por miríadas, sino envolviéndose de una sola envoltura pensante hasta no formar precisamente más que un solo y amplio grano de pensamiento, a escala sideral. La pluralidad de las reflexiones individuales agrupándose y reforzándose en el acto de una sola reflexión unánime” (El Fenómeno Humano – Teilhard de Chardín).

Sobre el autor:

Juan Luis Doménech Quesada, reconocido biólogo marino fallecido el 21 de Abril de 2.012 a los 56 años de edad, ha desempeñado entre otros puestos el de responsable de Medio Ambiente de la Autoridad Portuaria de Gijón, el cual ocupaba al tiempo de escribir el articulo que reproducimos, “Del Punto Omega de  Theilard a la neo-ortogénesis”, que se aparta de los parámetros habituales del discurso científico. Dentro de su obra también se encuentra una honda preocupación por la ecología y el desarrollo sostenible, aunque siempre imprimiendo una cierta visión “herética”. 

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Resumen

A pesar de su indiscutible éxito, cerca de 150 años de darwinismo no han bastado para consolidar una teoría que, como ya saben los nuevos biólogos, es incompleta. La selección natural es un hecho, pero constituye una parte muy pequeña de la historia evolutiva y no es el mecanismo que produce progreso, sino que tan solo produce diversidad o estabilidad evolutiva, y, en no pocos casos , involución. El tiempo ha dado la razón a los antiguos saltacionistas, pues la auténtica evolución progresiva se produce de forma brusca, bien sea por saltos o macromutaciones, bien sea por una sucesión rápida de grandes mutaciones. A ello apunta la teoría del equilibrio puntuado, lo corrobora la biología del desarrollo y lo demuestra drásticamente la teoría endosimbionte. Como también demostraron grandes científicos de antaño, con teorías como la senilidad racial, de Alpheus Hyatt, o el punto omega de Teilhard de Chardin, la Evolución es claramente ortogénica pues el progreso absoluto, medido en número de cambios de nivel de complejidad, tan solo se ha dado en una única rama, entre todas las que han formado el frondoso árbol de la vida. Ninguna teoría ha conseguido explicar todavía el por qué de esa gran dirección. La selección natural y sus efectos, la adaptación, la diversificación, la especialización y la reversión, tan solo forman parte de uno de los cuatro principios de los que consta la nueva síntesis que se ha venido forjando durante los últimos años: el principio de regresión, al que hay que añadir el principio de progreso, el principio de mutación y el principio de dirección. Proponemos el nombre de neoortogénesis para esta nueva síntesis.

 

Introducción

Cada vez son más los autores que piensan que urge una nueva síntesis evolutiva. Realmente, esta comenzó a gestarse hace unos 20 años cuando, intuyendo las consecuencias que traerían algunos campos que por entonces surgían (los nuevos descubrimientos de la biología molecular, la alternancia de épocas de “evolución” y de estabilidad, el neutralismo o el papel del azar, entre otros), algunos autores, como L. Stebbins y F. J. Ayala, afamados darwinistas, declaraban: “la teoría sintética del siglo XXI se apartará considerablemente de la que se elaboró hace unos pocos decenios, pero su proceso de aparición tendrá más de evolución que de cataclismo” (Stebbins y Ayala, 1985).

Si hoy hacemos un balance y añadimos los nuevos y continuos descubrimientos a aquellas incertidumbres, es posible que la nueva síntesis sea una evolución de la anterior, pues la selección natural es un hecho incuestionable, pero su “peso” en la teoría será tan escaso y diferente que también habrá que hablar de cataclismo.

Somos ya muchos los que en absoluto estamos de acuerdo con lo que, en el fondo, pensaban los autores citados y siguen pensando los aun numerosos partidarios de la vieja síntesis: “no es probable que la nueva síntesis exija el rechazo del programa básico del darwinismo y de la teoría elaborada a mediados de este siglo“.

Creemos que, no solo va a cambiar el programa básico del darwinismo, sino que va a tener que incorporar aspectos totalmente antidarwinistas, o mejor diríamos antineodarwinistas, relacionados con el lamarckismo, el saltacionismo o la evolución dirigida.

Y ello, porque resulta ya imposible obviar la evidencia: 1) la evidencia de que el progreso por emergencias sucesivas (donde el todo es más que la suma de las partes) es un hecho biológico irrefutable; 2) la evidencia de que la selección natural solo apoya la adaptación local, la segregación de las especies y la microevolución; 3) la evidencia de las macromutaciones, reflejadas, entre otros, por las abundantes poliploidías o la emergencia de la célula eucariota por endosimbiosis; 4) la evidencia de una única línea recta que ha pasado por todos los niveles de complejidad desde la célula procariota hasta los mamíferos. Ello da pie a los cuatro principios que, muy resumidamente, vamos a ver en este artículo: el principio de progreso, el principio de regresión, el principio de mutación y el principio de dirección.

Principio de progreso

Jordi Agustí resume perfectamente más de 100 años de discusión sobre la existencia del progreso en biología: “Aunque negado por todos , son muchos los biólogos que admiten la existencia de cierto progreso biológico, definido de forma más o menos difusa en términos de aumento de complejidad” (Wagensberg, 1998).

Resulta absurdo seguir negando el progreso, tal y como se han visto obligados muchos evolucionistas en su afán de obviar cualquier cosa que huela a dirección, a antropocentrismo, o a antiazar.

En contra del árbol progresivo “en abanico” de Darwin en el que las especies se diversifican incesantemente (figura 1), Stephen Jay Gould propone un árbol piramidal, gobernado más por la cantidad (número de especies de bacterias o número de anatomías básicas en el Cámbrico) que por la calidad (incremento de complejidad), la cual pasa a ser para élun elemento secundario y marginal (Gould, 1994).

Figura 1. Árbol en abanico de Darwin (izquierda) y en pirámide de Gould (derecha). En el árbol de Darwin (1859) “todos los atributos corpóreos y mentales tienden a progresar hacia la perfección”, mientras que en el árbol de Gould (1999), la mayor diversidad de formas anatómicas aparecen al comienzo de la vida pluricelular, reduciéndose posteriormente, con frecuentes extinciones. Hasta los menos ortodoxos, como Gould o Margulis y Sagan, se oponen a la idea de progreso, pero, ¿de qué otra forma se podría llamar a la serie formada por los grandes hitos evolutivos?. Repasemos los más importantes: procariotas, eucariotas unicelulares, plantas, invertebrados, peces, anfibios, reptiles, mamíferos, homínidos, Homo y Homo sapiens. Ignoramos también por qué hay tantos autores que aun ven difusa la definición de progreso cuando resulta obvio que este no es más que el incremento de complejidad del sistema nervioso. Incremento que, como bien ha dicho Jorge Wagensberg (1998), da lugar a una cada vez mayor independencia del medio y, por tanto, a imponerse cada vez más sobre el entorno. Minimizar la importancia de estos hitos macroevolutivos, por su escasa frecuencia entre el mar infinito de la especiación microevolutiva, es tan absurdo como restar importancia al BigBang por haber ocurrido una sola vez en la evolución cósmica.

La oposición de Gould a la iconografía clásica proviene de la mala interpretación del progreso observado en la naturaleza: si observamos, por ejemplo, el árbol del conocido zoólogo germano Ernst Haeckel, de 1910 (figura 2), su gran tronco central parece indicar que los peces, en plural, dan lugar a los anfibios, o que los anfibios dan lugar a los reptiles. Pero, nada más alejado de la realidad, pues tan solo una línea de peces ha dado lugar a los anfibios, tan solo un anfibio ha dado lugar a los reptiles y así sucesivamente. Y tal fenómeno nunca más se ha repetido.

Figura 2. La representación del árbol de la vida, también va evolucionando con el tiempo. El de Haeckel, de 1910, acertó al reflejar la evidencia del progreso, pero falló en la frecuencia del mismo. El eje central no es un grueso tronco sino una fina caña.

El árbol de la vida hay que verlo como se muestra en la figura 3, en el que cada uno de los grandes hitos, sumamente infrecuentes e improbables, da lugar a la pirámide observada por Gould, pero incrustados todos ellos dentro de la gran estructura en abanico descrita por Darwin.

Figura 3. Árbol propuesto por la teoría neoortogénica. El árbol de Darwin es, en realidad, una sucesión de “árboles de Gould”, unidos por una simple línea evolutiva. Con el paso del tiempo, estas uniones han formado un eje en el que han quedado reflejados los saltos y el progreso (macroevolución), mientras que las ramas laterales (la mera “estela del progreso”) reflejan la diversificación de las especies (microevolución) y las frecuentes y constantes extinciones.

Cada una de esas pirámides, o “bigbang”, evolutivo es un nuevo nivel de complejidad que supera al anterior en capacidad para independizarse del entorno: una bacteria, o colonia de bacterias, está a merced absoluta del ambiente, mientras que muchos mamíferos o aves son capaces de aprender y de efectuar grandes modificaciones en el mismo (nidos, madrigueras, etc.) (figura4).

Figura 4. Nuevo árbol de la vida. No es cierto que los peces den lugar a los anfibios. Los peces solo dan lugar a más peces y tan sólo una de sus líneas evolutivas da lugar a los anfibios; tan sólo un anfibio da lugar a los reptiles; tan sólo un reptil da lugar a los mamíferos. Y eso nunca más vuelve a repetirse.

Todo el árbol evolutivo ha estado en manos de unas pocas especies localizadas a lo largo de un delgadísimo “eje central”. Es una estructura sumamente extraña (imposible desde el punto de vista darwinista) que aun no ha sido explicada por ninguna teoría evolutiva.

Lo grave del asunto es que admitir el progreso equivale a admitir la ortogénesis retrospectiva, ya que ese progreso, el de los grandes hitos, ha tenido lugar solo en una única línea evolutiva de entre todos los miles o cientos de miles que han existido. En todas las restantes ramas, la evolución ha sido muy limitada pues ninguna de ellas ha progresado tanto como esa línea principal. Es cierto que todas ellas recorren una primera etapa de desarrollo y progreso, pero sin lograr sobrepasar más de un nivel de complejidad. Quizás la que más progreso haya experimentado ha sido la “línea progresiva” de los artrópodos, que ha pasado de los organismos acuáticos a los terrestres y a los voladores. Pero, a pesar de los aparentes logros (“vida social” de los himenópteros, como las hormigas), no han dejado de ser artrópodos, no han dejado de ser invertebrados y su sistema nervioso no ha conseguido sobrepasar cierto umbral.

Tras una inicial etapa de progreso reina la estabilidad (simple diversificación o “barajamiento de genes”) y la degeneración por adaptación excesiva. Recordemos que el culmen de la adaptación es el parasitismo, que no es sino el estado previo a uno de los diferentes tipos de extinción. La sucesión de “pirámides” que observamos en el árbol de la vida, parece necesaria para que la evolución no se detenga por envejecimiento de todas las líneas evolutivas. El tiempo transcurrido entre “pirámides” o “bigbangs” evolutivos puede ser amplio al comienzo, cuando los organismos aun son simples y los caminos evolutivos son numerosos, pero se acorta cuando aumenta el grado de complejidad y los caminos posibles se restringen.

Si observamos el árbol evolutivo de los peces, dibujado en el artículo de James W. Valentine de 1979 (figura 5), podemos darnos cuenta de algunos más de los errores a los que nos venimos refiriendo, comenzado por la confusión entre antiguo y primitivo. Solemos asumir que las especies más antiguas son las más primitivas o menos evolucionadas, cuando es justo lo contrario: como vemos, los peces de aletas lobuladas aparecen casi marginalmente, con una leve referencia “hacia los anfibios primitivos“, dando la impresión de que la actual radiación de los teleósteos constituye el culmen de la evolución de este nivel de complejidad, cuando en realidad, es esa precoz y antigua línea que conduce a los anfibios, la que da lugar a todos los siguientes niveles de complejidad.

Figura 5. El árbol evolutivo de los peces de Valentine (1979) nos muestra que toda la complejidad y diversidad de grupos aparece al principio, y que la rama evolutiva principal, la realmente progresiva, pasa desapercibida mientras se resaltan las líneas secundarias.

Se observa claramente la “precocidad de la complejidad” (perfectamente reflejada en el anterior árbol de Gould), pues los anfibios aparecen casi tras la misma aparición de los peces, tras un cortísimo período de desarrollo. Vemos también como tras el Carbonífero o Pérmico apenas aparecen nuevas anatomías, sino más bien diversificación y extinción. Esa precocidad de los peces lobulados y crosopterigios queda manifiesta con sus complejas escamas cosmoideas, sus incipientes órganos pulmonares, su encéfalo anfibioide, o sus miembros de tipo arquipterigio, provistos de soportes óseos en su interior, de las que derivan las extremidades de todos los vertebrados tetrápodos. Todos los demás grupos de peces han dado lugar a peces y solo a peces.

Tanto en el caso de los anfibios como de los reptiles se observa el mismo fenómeno.

En el antiguo árbol de los reptiles de Valentine (figura 6) ni siquera aparece el nombre de los mamíferos, el siguiente nivel de complejidad. Los terápsidos, a la derecha del árbol, aparecen como un simple grupo marginal y extinto que pasa totalmente desapercibido, dando la impresión de que los más evolucionados son las actuales serpientes, lagartijas o cocodrilos. Nada más lejos de la verdad, pues estos últimos son grupos residuales y regresivos en trance de extinción, mientras que los terápsidos, aun siendo los más antiguos, son los más avanzados y verdaderos precursores de los mamíferos. El árbol correcto debería representar a los terápsidos en la cima, y a todos los restantes en las ramas laterales.

Figura 6. En el árbol de los reptiles de Valentine observamos el mismo fenómeno, aun más marcado si cabe: un “bigbang” evolutivo al comienzo de la radiación de los reptiles, seguido de la rápida y prematura aparición del siguiente hito evolutivo: los mamíferos (sucesores de los terápsidos, a la derecha). Como vemos, nada de “lenta evolución gradual”. El árbol de los reptiles refleja con claridad la evolución regresiva, pues las actuales, y escasas, especies supervivientes están tan especializadas que casi todas se encuentran en peligro de extinción. Estas y los actuales anfibios serán, sin duda, las primeras afectadas por el actual cambio climático.

De nuevo observamos que ninguna otra línea de reptiles da lugar a mamíferos o cualquier otro nuevo nivel de complejidad, y de nuevo observamos (con asombrosa claridad) la estructura en pirámide de Gould: cuanta más antigüedad mayor complejidad y mayor número de anatomías, todas las cuales aparecen antes del Jurásico. Se observan algunos progresos secundarios, como en el caso de los pterosaurios voladores, pero en ningún caso dejan de ser reptiles. Incluso entre las aves consideradas como los modernos dinosaurioshemos encontrado numerosas regresiones (Doménech, 1999) constatando que cada anatomía, dentro de un mismo nivel de complejidad, sigue una estructura fractal.

También destaca la reversión o vuelta al agua de muchos grupos como ha sido el caso de los ictiosaurios, notosaurios, plesiosaurios, mesosuquios, anapsidos, crocodilios, algunos ofidios, etc. Los actuales reptiles, como los anfibios, son reliquias del pasado, especímenes muy especializados, incapaces de crear nada nuevo. Como sabemos, la evolución de anfibios y reptiles está llegando a su fin y posiblemente sucumban tras el actual estasis ambiental y genético, ante el inminente cambio climático.

El mismo esquema se puede apreciar en el árbol de los mamíferos de Valentine (figura 7), donde observamos una evolución totalmente antidarwiniana por muchos motivos. En primer lugar, vemos que no hay ningún tipo de evolución gradual entre los diferentes órdenes de mamíferos, pues, al igual que sucede con los invertebrados del Cámbrico, todos ellos aparecen de forma extraordinariamente repentina y, como afirmó Stephen J. Gould (1999), tras un largo período de estasis evolutivo, es decir, por saltos. Es más, algunos grupos, supuestamente más avanzados, como los primates, aparecen al mismo tiempo (o incluso antes, según los últimos estudios), que los demás. Lo mismo sucede con los cetáceos, cuya reversión al medio acuático debería situarlos al final del árbol. Tras esta explosión, como vimos con los reptiles, apenas ha habido innovaciones de importancia, desde el Paleoceno.

Figura 7. El “bigbang” de los mamíferos es incluso más espectacular que la de los invertebrados del Cámbrico: todos los órdenes de mamíferos actuales aparecen a la vez y de repente, hace unos 65 millones de años.

Se observa también en dicho árbol que no se le concede a los homínidos o al hombre ningún puesto especial, figurando los primates entre todos los demás mamíferos cenozoicos. Este árbol es tan explícito que no obliga a cambio alguno: en una correcta representación tan solo habría que sustituir el gorila que figura en la cima de la evolución de los primates, por un Homo sapiens (asunto este que siempre se rehuye), y dejar claro que este último constituye un nuevo nivel de complejidad, totalmente diferente a los anteriores.

Poco sabemos aun sobre los últimos niveles de complejidad, pues la mente no se fosiliza y no sabemos si hubo un único salto hacia la consciencia reflexiva o varios saltos que podríamos dividir, por ejemplo, en consciencia incipiente, intermedia y plena, correspondientes a los estados “homínido”, “Homo” y “sapiens”. Si somos fieles a las observaciones anteriores (es decir, a la ortogénesis retrospectiva reflejada en el registro fósil), y a la cadencia cronológica de las anteriores emergencias (ver la figura 10), el primero de esos estados bien podría corresponderse con la radiación de los mismos primates, que, como acabamos de ver, tuvo lugar junto con la de todos los mamíferos cenozoicos, hace unos 65 ma; el segundo con la radiación de los simios del Mioceno, hace unos 25 ma, y el tercero, con la radiación de los que hoy conocemos como homínidos pliocénicos, hace 5,5 ma.

Las fechas son muy controvertidas en el momento actual de la ciencia, pero, por lo pronto, podemos decir que los orígenes de los homínidos ya se hunden en el Mioceno, tal y como pronosticamos en anteriores trabajos (Doménech, 1999), cuando los Ardipithecus, con sus cerca de 6 millones de años (en adelante, ma) de antigüedad, aun no se habían descrito. También podemos decir que existen autores, de la talla del paleontólogo Bjorn Kurtén, que sugieren que el linaje humano podría remontarse hasta Propliopithecus, un pequeño primate de hasta 30 ma de antigüedad, con cortos caninos y un arco mandibular muy parecido al humano (Edey, 1993).

Recordemos que los anfibios aparecen 100 ma después de la aparición de los peces; los reptiles, 50 ma más tarde y los mamíferos mesozoicos (parecidos a ratones) unos 120 ma después. Por lo tanto, un momento propicio para la emergencia de la “conciencia incipiente” podría haber sido el Paleoceno, hace 65 ma, unos 160 ma después de la aparición de los mamíferos, época de grandes convulsiones geoclimáticas y genéticas (aparición “repentina” de casi todas las actuales formas de mamíferos). Esto permitiría retrasar la aparición de Homo al Mioceno, con una capacidad cognoscitiva aun más desarrollada, y la del hombre moderno a principios del Plioceno, hace unos 5,5 ma, tal y como propone la teoría del “origen remoto” del Homo sapiens (Doménech, 2005).

Aunque sin poder extendernos aquí mucho más, podemos explicar ese mayor potencial evolutivo que sigue a cada emergencia, en términos de capacidad para integrar nuevos genes o nuevo ADN. En los casos de duplicación génica, por ejemplo, existen genomas enteros a disposición de la naturaleza para ensayar nuevas posibilidades conservando el genoma original. Es en esos momentos de “rejuvenecimiento genético” cuando existe una gran plasticidad inicial, la cual se va reduciendo conforme avanza la coadaptación (de genes, especies o comunidades) y conforme aumentan las restricciones o canalizaciones filogenéticas.

Principio de regresión

El Principio de Regresión es el más difícil de admitir y, a la vez, el más evidente, una vez admitido. Siendo palmaria la existencia de dos fuerzas opuestas en todo lo existente, atracción y repulsión, orden y desorden, equilibrio e inestabilidad (figura 8), la actual síntesis se ha basado sólo en una de ellas: la fuerza repulsiva, desintegradora y diversificadora, propia de la selección natural, y, encima, se ha entendido mal. Esta, provoca una adaptación lenta y permanente, que lleva a la especialización, y esta a su vez, a un callejón sin salida, tal y como reconoce el mismo Ernst Mayr (1979) uno de los padres de la vieja síntesis: “la tendencia hacia cualquier carácter resulta incoherente ya que cambia de dirección repetidamente, y, a veces, incluso se invierte… una nueva mejora fisiológica convertirá al individuo en competidores más fuertes y, por tanto, contribuirá a la diversificación y a la especialización; dicha especialización conduce a menudo a un callejón sin salida“. Pero, ya son muchos los que se han dado cuenta de esto, como, por ejemplo, S.J. Gould: ”la fauna de Burgess Shale nos muestra que la mayor gama de posibilidades anatómicas surge en el primer ímpetu de la diversificación. La historia posterior es un relato de restricción” (Gould, 1999).

Figura 8. Las fuerzas de la naturaleza están presentes en todo lo observado…. y resulta inútil ignorarlas.

Todos los ejemplos de evolución conocidos, basados en la selección natural, se pueden resumir en el caso de los famosos pinzones de Darwin, utilizado por este para construir su teoría evolutiva y quizás el ejemplo más citado de toda la literatura evolucionista. En las islas Galápagos existen 14 especies de pinzones, de las que 6 están adaptadas a comer semillas en el suelo (“terrestres”), otras 6 a comer insectos de los árboles (“arborícola”), una come insectos entre los matorrales (“gorjeador”) y la última, aislada en la isla de los Cocos, caza insectos en el bosque tropical. De las especies terrestres tres comen semillas, difiriendo en el tamaño de los picos y adaptados a distintos tamaños de grano; una come frutos del nopal y su pico es más largo y puntiagudo; y las otras dos complementan su dieta granívora con cactus, para lo que disponen de picos adecuadamente modificados. Entre los arborícolas, una especie es vegetariana; otras tres se diferencian en el tamaño del cuerpo y del pico, relacionado con el tamaño de los insectos que cazan; otra come insectos de los manglares y la última se ha adaptado a extraer insectos de las cortezas con una espina de cactus.

Todas las especies de pinzones se han adaptado a un “espacio ambiental” diferente y todas ellas conviven armónicamente. Los darwinistas opinan que las diferentes especies se formaron por aislamiento, a partir de un fundador original, en diferentes islas. Aunque más tarde se encontraran de nuevo, el aislamiento y la acumulación de mutaciones, harían inviable el entrecruzamiento: ya eran especies diferentes. Esto demuestra que a partir de una especie se pueden formar nuevas especies. Así funciona la evolución.

O así funcionaba hasta ahora. Otra línea de argumentación (que siempre ha existido) interpreta esta modalidad evolutiva (cladogénesis) de forma totalmente contraria: la diversidad es un sorprendente fenómeno de la vida, absolutamente necesario para la perpetuación de la misma, pero lo cierto es que la especie más “evolucionada” es precisamente la especie original fundadora, mientras que las especies derivadas siempre salen perdiendo. El motivo es que las primeras siempre son más generalistas con respecto a las segundas, cuya constante adaptación y especialización restringe la original capacidad adaptativa o adaptabilidad ante futuros cambios ambientales.

En una palabra, cada especie derivada supone una simplificación de la especie original, y por lo tanto, la especiación es en sí misma una regresión en el sentido que le damos aquí.. Si, por ejemplo, desaparecieran de una zona los insectos pequeños, de forma repentina, las especies especializadas en comer insectos pequeños se extinguirían (siempre y cuando no pudieran migrar), mientras que las especies adaptadas a comer insectos pequeños, medianos y grandes, sobrevivirían. Si a una adaptación de valor “5” (cinco tipos de alimento, o cinco tipos de ambientes diferentes), le sigue otra de valor “4” y luego otra de valor “3”, “2” ó “1” (especialización creciente), podemos intuir fácilmente el destino de ese linaje. Tras un largo período de diversificación estable, donde lo único que se produce en un simple “barajamiento” de genes, con pocos cambios en la anatomía básica, la continua adaptación y especialización de un linaje conduce a la simplificación y a la pérdida de plasticidad o “envejecimiento”. Los reyes de la adaptación son los parásitos, en los cuales podemos constatar drásticas atrofias; reducción de órganos, miembros o sistemas; dependencia absoluta del entorno, y tendencia a la “adaptabilidad cero”.

Otro ejemplo más reciente es la “evolución en un vaso de agua”, de Rainey y Travisano (1998): una bacteria, Pseudomonas fluorescens, colocada en un tubo de ensayo donde se provocan tres ambientes diferentes, origina a los pocos días tres formas diferentes, distinguibles por el aspecto que presentan las colonias.

Mientras que para la mayor parte de los evolucionistas, es un ejemplo más de evolución por selección, se observa con claridad que la forma generalista original, adaptada a un todo ambiental, se separa en varias formas más especializadas, adaptadas a una porción del todo original. Todas ellas pierden capacidad de adaptación, con respecto a la forma original.

Todas las líneas evolutivas surgidas después de una gran emergencia tienen aun el suficiente potencial para progresar, y, de hecho, muchas de ellas, aunque no pertenezcan a la “línea progresiva absoluta”, también han conquistado el medio terrestre, e incluso, algunas, el aéreo, pero su progreso se ha detenido tarde o temprano. Evidentemente, solo podemos catalogar dichos progresos como de secundarios con respecto al progreso absoluto. En la figura 10, vemos que los procariotas de hace 3500 ma siguen dando procariotas en la actualidad,lo mismo que los artrópodos del Cámbrico siguen dando artrópodos en la actualidad…. eso sí, con multitud de líneas extinguidas durante el camino. Cuando las posibilidades de diversificación de una línea evolutiva ya son mínimas, debido a la pérdida de plasticidad, cualquier cambio de ese ambiente lleva a la extinción. Como los parásitos, cuya suerte va ligada a la de su huésped, todas las especies finales, “viejas” o “seniles” poseen una creciente dependencia del entorno, pudiendo ser consideradas auténticos parásitos del ambiente.

Además de la infinidad de ejemplos de regresión en especies concretas, estudios recientes apuntan a un único origen de la segmentación en antecesores comunes a artrópodos, anélidos y cordados (Davis et al., 2000, 2002), lo que induce a pensar que tanto en moluscos como en otros grupos de invertebrados, la segmentación se habría perdido. Aplicando el mismo criterio, algunos tipos de invertebrados diblásticos, podrían derivar de los triblásticos por simplificación, como puede ser el caso de los Mesozoos (Grassé, 1976). Y, del mismo modo, algunos acelomados (platelmintos, nemertinos, acantocéfalos) y pseudocelomados (nemátodos, priapúlidos, rotíferos) podrían derivar de los celomados.

El importante, y descuidado, fenómeno de la simplificación estructural en la evolución tiene mucho que ver con la pérdida de genes Hox, principales responsables de la diferenciación de los diferentes segmentos, al regular la expresión de muchos genes (estructurales y reguladores) a lo largo del eje anteroposterior.

Describir los innumerables ejemplos de simplificación, regresión y extinción, así como aplicar lo aquí dicho a las diferentes modalidades de evolución, sobrepasa los límites de este artículo.

Del punto omega de Teilhard a la neoortogénesis de la nueva biología por Juan Luis Doménech Quesada (PARTE II/II)