DEPENDENCIA Y EUTANASIA

El Consejo Económico y Social español –integrado por organizaciones empresariales, sindicales y otras representativas de los intereses de la ciudadanía- se configura como un alto órgano consultivo del Gobierno. En relación con la Ley de Dependencia (La Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia) señala que “ha supuesto una importante innovación del panorama normativo de la protección social en España. No solo porque ha establecido una específica forma de tutelar esas situaciones de incapacidad personal que se definen como la imposibilidad, o dificultad en diverso grado, de realizar los actos esenciales de la vida diaria, sino también porque ha venido a completar un diseño que, hasta ese momento, venía moviéndose entre la protección de los mayores o de la tercera edad y la de los discapacitados. La Ley 39/2006, al abrirse a todas las personas en situación de dependencia sin tener en cuenta su edad, y al definir la dependencia como una situación que no necesariamente es expresiva de una discapacidad ni de una enfermedad, ha elegido un ámbito de actuación que tiene como referente personal a la persona que, al margen de su edad y de que pueda o no ser calificada como discapacitada o enferma, se encuentra en una situación caracterizada por la imposibilidad o dificultad de gestionar por sí misma su propia existencia cotidiana. De esta forma, el universo subjetivo de la Ley se determina por la propia definición de la situación de dependencia, condicionando, por otra parte, la naturaleza y el tipo de prestaciones que han de dispensarse y que la Ley 39/2006 pretende que se materialicen en servicios técnicos y asistenciales antes que en prestaciones de tipo económico. Aunque, hoy por hoy, las características sociales y familiares de los hogares españoles, la falta de un desarrollo y una articulación completa de la red de servicios sociales establecidos en la Ley, así como la fuerte feminización del cuidado informal además de su menor coste han decantado la mayoría de las prestaciones del sistema hacia las económicas y, dentro de ellas, hacia la específica de cuidado familiar o informal”.

CES España – La aplicación de la Ley de Dependencia en España

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DEPENDENCIA Y EUTANASIA

Basado en un caso real.

Cinco de la mañana. Suena el teléfono en la mesilla de noche del hotel y se despierta súbitamente. Descuelga, aún adormilada, y oye llorar. Como casi todas las noches desde hace meses. Es su madre, de 83 años, que entre sollozos intenta explicarle algo. Poco a poco, se va calmando y logra entender que su padre, de 89 años, apenas puede respirar. Cuelga el teléfono y llama a Urgencias, donde ya la conocen. Enviarán una ambulancia. Llama a la casa de sus padres. Tardan en descolgar el teléfono. Finalmente su madre contesta en un mar de lágrimas: Su tío, de 76 años, que vive con sus padres desde que tuvo el segundo ictus y quedó imposibilitado para cuidar de sí mismo, se queja de fuertes dolores de cabeza. De nuevo ha de llamar a urgencias. Enviarán otra ambulancia.

Sola, a 1.000 kilómetros de la casa de sus padres, ella también llora. Son las 6 y no dormirá más. En unas pocas horas tendrá lugar una entrevista de trabajo crucial, que lleva años esperando. Si tiene éxito, podrá conservar su empresa.

Consiguió, a base de mucho esfuerzo y noches en vela, capear el temporal de la crisis; con cierta holgura incluso. Pero desde hace algo más de un año, las facturas por cuidados médicos y asistenciales de sus padres y su tío suman miles de euros todos los meses; y sus ingresos ya no son suficientes. Han gastado casi todos los ahorros de tres vidas, de más de un siglo de trabajo, y las dos pensiones –la de su padre y la de su tío; su madre, dedicada a “sus labores”, no percibe ingreso alguno- no alcanzan a nada.

Hace muchos meses que los tres están en las listas de espera asistenciales; esperando por la concesión de tres plazas en un Centro de Día para el cuidado de Dependientes, que nunca llega. Lo ha intentado todo, pero no hay plazas.

Suena de nuevo el teléfono. El médico de urgencias le informa de que se llevan a su padre y a su tío al hospital; que lo más probable es que ambos queden ingresados. Tras intentar animar a su madre, infructuosamente, cuelga. Tiene que buscar a alguien que asista a su tío y a su padre durante su ingreso hospitalario. Las enfermeras no pueden estar pendientes de los ancianos ingresados, y es necesario que alguien los atienda y vigile. Más dinero. Chorros de dinero.

Son las 8. Tras ducharse, se dirige a la reunión, determinante para el futuro inmediato de su empresa. Los ojos enrojecidos del llanto y el sueño, toma un taxi. En el asiento trasero sueña despierta. Bueno, no son sueños, sino pesadillas. ¿Qué será de sus tres ancianos si no consigue firmar el contrato?

Piensa en su padre. Cincuenta años cotizando a la Seguridad Social. Para esto; para nada. Su padre, que en sus momentos de lucidez, consciente de lo que su enfermedad significa para su única hija, pide morir. Morir él para salvarla a ella. Pero, si muere su padre, cuya pensión es el mayor ingreso de la casa, ¿qué sería entonces de su madre?, ¿y de su tío?

Recuerda haber leído algo sobre la eutanasia el día anterior, en el tren. ¿La única esperanza para su familia reside en matarlos? Porque los tres viven muy mal. Sufren, no por los dolores de sus enfermedades (su madre apenas se puede mover ya), sino por la consciencia de lo que sus enfermedades significan para el futuro de su única hija. La ruina.

Eutanasia. Porque no hay plazas asistenciales para los ancianos necesitados. Porque sus vidas significan un gasto inasumible para ella. Porque no hay presupuesto público para poner en vigor la Ley de Dependencia. Papel mojado.

Eutanasia, porque las depresiones conducen al suicidio. Depresión. Suicidio. Eutanasia. Por pobreza. Para escapar de la miseria, tras una vida –tres- dedicada a trabajar y cotizar. No por el sufrimiento físico, sino por el sufrimiento moral, para evitar la miseria a su hija y sobrina.

Se marea. Ordena al taxi volver al hotel. Sabe que, aunque la reunión tuviese éxito, no podría cumplir el contrato. Ella también se quiere morir. Recapacita y, de nuevo, pide al taxi dar otra vez la vuelta y llevarla al lugar de la reunión.

Piensa en la infamia de todos los partidos políticos. De todos ellos. En lugar de dotar económicamente la Ley de Dependencia, nos plantean matar a los dependientes pobres; y no tan pobres. Porque ellos no eran pobres. Hasta que comenzaron a caer enfermos. Primero desasistencia; luego depresión; finalmente suicidio asistido. Para eso si hay dinero. Para matar, no para vivir.

A ella siempre le había parecido bien la eutanasia. La opción libre de morir para no sufrir dolores físicos. Incluso ha pactado con una amiga que, en el caso de que una de ellas sufriese una enfermedad terminal y muy dolorosa, la otra la ayudará a suicidarse. Pero esto es otra cosa. Inducción al suicidio por razones económicas. Un crimen.

Todos de acuerdo: muerte al pensionista; muerte al dependiente; muerte a los ancianos; muerte a los improductivos.

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