HISTORIA DEL SISTEMA ELÉCTRICO ESPAÑOL (PARTE I)

 

HISTORIA DEL SISTEMA ELÉCTRICO ESPAÑOL (PARTE I)

Por Jesús Díaz Formoso 

 

INTRODUCCIÓN.

Toda política energética en el sector eléctrico debe tener como objetivo la satisfacción de las necesidades de los consumidores, domésticos e industriales, mediante la garantización de la seguridad del suministro eléctrico, al menor coste posible y con unos niveles adecuados de calidad y servicio. Este triple objetivo aparece expresamente contemplado desde las primeras palabras de la derogada Ley 40/1994, de Ordenación del Sistema Eléctrico Nacional.

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La industria eléctrica ha venido experimentando una importante transformación con la finalidad de incrementar la eficiencia económica del sector, incorporando diversos mecanismos de competencia, otorgando una mayor relevancia a la actuación de las fuerzas del mercado. Así, se ha ido liberalizando la instalación de grupos de producción eléctrica, aumentando la entrada de agentes independientes y utilizando procedimientos competitivos en la adjudicación de la nueva capacidad.

Por otra parte, también se tiende a la separación de las distintas actividades que integran el negocio eléctrico (generación, transporte y distribución-comercialización), con objeto de distinguir aquéllas cuya naturaleza es la de Monopolio Natural (transporte y distribución), de aquellas otras respecto a las cuales se debe dejar actuar al mercado con mayor libertad.

También el concepto de propiedad sobre la red de transporte se ha ido modificando, pasando de su consideración como propiedad exclusiva de las empresas integradas verticalmente, a ser un elemento al servicio de otras entidades para efectuar tránsitos de energía eléctrica valorados a una tarifa o “peaje” determinada.

En el terreno medioambiental, la regulación es cada vez más estricta, estableciéndose restricciones que afectan especialmente a la actividad de generación o producción de energía eléctrica, que habrán de ser tratadas como un coste más. Esto habrá de incidir en el incremento del precio que el cliente final paga por su suministro, lo que requerirá (1997) un esfuerzo adicional de todo el sector eléctrico en orden a abordar un régimen de competitividad en el mercado.

Existe una previsión tendente al aumento de las llamadas “producciones eléctricas especiales”, sustancialmente compuestas por las energías renovables (con la excepción de las grandes centrales hidroeléctricas “convencionales”), y la Autoproducción en régimen de Cogeneración o aprovechamiento de la biomasa (residuos agrícolas, forestales o urbanos).

Sin embargo, estos procesos de producción de energía eléctrica se integran en el sistema eléctrico, por lo que antes de referirnos a ellos, hemos de abordar la construcción de nuestro Sistema Eléctrico, lo que nos permitirá situarnos correctamente cara al análisis de la regulación y los aspectos tecnológicos medioambientales, tanto de la producción eléctrica basada en la cogeneración de energía eléctrica y calor o vapor de agua, como de las llamadas energías renovables, sustancialmente comprensiva de la producción de electricidad partiendo de energías primarias como la eólica, la solar (térmica y fotovoltaica), la biomasa, la geotérmica y la minihidráulica. De especial importancia resultará este paseo previo por la historia y regulación del sistema eléctrico cara a una exposición (que dejamos para más adelante) relativa a la Cogeneración, actividad en clara expansión que supone un beneficio total, tanto para quien se acoge a este régimen de autoproducción de energía eléctrica, quien producirá el calor que necesita gratuitamente, consumirá la electricidad que necesita para otros usos a un coste muy bajo y obtendrá unos importantes beneficios vendiendo la energía eléctrica excedente; como para los grandes productores, que pueden escapar de inversiones de “garantía” del suministro; o para el sistema eléctrico, que queda sujeto a menores riesgos de fallo debido a la atomización de productores; también para la economía nacional, que reducirá las importaciones de energías primarias, especialmente de crudos; y en especial, para el medio ambiente, que se verá sujeto a menores cargas contaminantes, así como para la utilización racional de los recursos naturales por causa de una mayor eficiencia en el uso de energías primarias, caso de la cogeneración, o de una utilización de recursos hasta ahora inutilizados, que no impactan significativamente en la naturaleza.

En esta primera parte veremos la situación del sector eléctrico y su estructura. Dejamos para el siguiente número el análisis de la legislación más relevante en nuestra historia reciente (Ley 40/1994 especialmente).

LA ELECTRICIDAD.

Pese a que algunos efectos eléctricos son conocidos desde la Antigüedad Clásica, su estudio científico no empezó hasta el Siglo XIX, con el descubrimiento de la pila eléctrica de Volta y la corriente eléctrica, en 1800. Los posteriores descubrimientos de Ampère o Faraday, entre otros, relacionados con los efectos magnéticos de la corriente eléctrica, van a permitir que en el último cuarto del Siglo XIX comience a desarrollarse una utilización a gran escala del suministro eléctrico.

La electricidad no está disponible para nosotros de manera directa, como es el caso de otras fuentes de energía (petróleo, madera, solar,…), sino que debe ser obtenida a partir de alguna fuente primaria de energía (la energía química del carbón, la energía potencial acumulada en una presa, …). Además, para generar electricidad a partir de esas fuentes de energía primaria, debe construirse una máquina, turbina o motor. La más conocida, el Alternador, utiliza la energía cinética como un intermediario: cuando un circuito eléctrico está en movimiento en un campo magnético fijo o está inmóvil en un campo magnético variable, en él se asienta la corriente eléctrica. La máquina realiza la conversión de energía mecánica en energía eléctrica. Todo lo que se necesita es hacer girar el alternador.

A escala industrial, la producción de electricidad es realizada, generalmente, en las “Centrales”, que se diseñan en función de la fuente de energía primaria utilizada (térmicas, hidroeléctricas, nucleares,…). Todas estas Centrales poseen tres conjuntos de “convertidores” en serie:

– El primero transforma la energía primaria en energía mecánica. Por ejemplo, la caldera sumada a la turbina de vapor en las centrales térmicas, o la cabecera del río sumada a la turbina en las hidroeléctricas.

– El segundo, que es igual para todas las centrales, es el alternador, que convierte la energía mecánica obtenida en energía eléctrica. Un Alternador produce energía magnética y el principal problema en ingeniería es construir dispositivos capaces de realizar esta transformación sin pérdidas. Gramme fue quien construyó, en 1870, la primera dinamo eficaz, que facilitó la utilización de la electricidad en la industria, sobre todo a partir de la Exposición Universal de Viena en 1873.

– Un tercer convertidor, el Transformador, ayuda a elevar la tensión de la electricidad para disminuir las pérdidas desde las líneas de transmisión.

El problema del transporte de energía eléctrica se ha planteado de formas diferentes, según las épocas. La primera central eléctrica sólo era capaz de suministrar energía a una pequeña red de consumidores; sin embargo, al incrementarse el rendimiento de las centrales en relación a su tamaño y al desarrollarse las centrales hidráulicas, lejanas a los centros de consumo, se produjo la necesidad de atajar el problema de las pérdidas de energía producidas durante la transmisión, durante el transporte de la electricidad. La mejor solución a este problema fue el aumento de voltaje. Sería Gaulard, en 1884, quien realizaría la primera transmisión en corriente alterna. A partir de entonces, los progresos técnicos han sido continuos. Actualmente, las líneas de alta tensión manejan niveles a partir de 220 Kv, que llegan a los 400Kv. Las de media tensión llegan desde los 220 Kv hasta los 66 Kv, por debajo de la cual se produce el transporte en baja tensión. El transporte de la electricidad a larga distancia permite la utilización de las redes que combinan las ventajas de las regulaciones centralizadas y descentralizadas.

Las características específicas de la energía eléctrica son un elemento que incide sobre la construcción de su sistema. Su naturaleza es la de mercancía, pues es un bien, pero a la vez, a causa de las condiciones de su suministro, es asimilable a un servicio. Su consideración como un tertium genus, a caballo entre la naturaleza de producto y de servicio, parece ser la más adecuada. Así, para cada tipo de cliente, es predominante una u otra naturaleza: el pequeño consumidor ve el suministro eléctrico como un servicio público; sin embargo, el consumidor industrial considera la electricidad como un coste más de producción, con efectos inmediatos sobre sus cuentas de resultados, aunque también para estos se trata de un servicio imprescindible cuyo suministro ha de estar garantizado.

La energía eléctrica sólo es perceptible en el momento de su consumo. Su producción, transporte y consumo tienen lugar simultáneamente, ya que no es susceptible de ser almacenada. Este hecho implica importantes condicionantes técnicos y económicos específicos de este sector. Por ello, el transporte y la distribución de energía eléctrica son actividades que presentan rasgos de monopolio natural en un área geográfica determinada, pues sólo pueden realizarse por medio de redes especiales establecidas a tal efecto, cuyo coste y complejidad hacen que su superposición sea poco viable, tanto técnica como económicamente. Sin embargo, al resultar imposibles tanto el almacenamiento de energía eléctrica, como su distribución en forma discreta, se han de igualar en todo momento la producción y el consumo, lo que implica que, para poder hacer frente a las fluctuaciones de la demanda y garantizar el nivel adecuado de seguridad del suministro, se requiere un cierto grado de redundancia en las redes de transmisión.

En cuanto a la producción de energía eléctrica, el acceso a este negocio tiene un condicionante económico acorde con las multimillonarias cifras necesarias. Para poder obtener las economías de escala necesarias, se necesitan grupos generadores de gran tamaño y coste, de periodos de construcción y maduración dilatados. El riesgo de estas inversiones es elevado, por lo que es necesario un marco regulador que garantice la recuperación de los capitales invertidos, dada la calificación de servicio público que se aplica al Sistema Eléctrico (o a parte de él).

En el aspecto técnico, el flujo eléctrico que tiene lugar a través de las redes de transporte y distribución no puede predeterminarse, puesto que se reparte por el camino de menor resistencia eléctrica y depende, en cualquier caso, de los consumidores conectados a la red en cada momento. Las pérdidas de estos flujos en su circulación por estas redes se incrementan en proporción a la distancia recorrida y al mayor volumen de energía transportado. Además, la transmisión de energía eléctrica lleva asociada una serie de actividades de bastante complejidad técnica, como las sucesivas etapas de transformación, destinadas a hacer apta para el consumo la electricidad producida.

La demanda de energía eléctrica está constituida por un gran número de clientes solicitando electricidad del sistema y fluctúa en cada momento, dependiendo de las cargas que cada usuario conecte en cada instante. Los hábitos de consumo hacen que tenga una oscilación que depende de la hora del día, del tipo de día y del periodo anual del que se trate, la variable de temperatura y el clima en general, tienen también una incidencia decisiva sobre dichos hábitos. La superposición de la demanda de cada uno de los clientes origina una curva continua de consumo que varía de hora en hora durante el año, siguiendo unos patrones diarios, semanales y estacionales. La imposibilidad de almacenar energía eléctrica exige un seguimiento de esta curva por parte de los medios de producción, lo que conlleva una correcta previsión de la misma a corto plazo, con objeto de tener en situación de disponibilidad todas las centrales que sean necesarias para dar respuesta inmediata a las variaciones de la demanda.

El mantenimiento de la seguridad del servicio obliga a la gestión coordinada de la producción y el transporte. Dado que cualquier cambio de condiciones en un punto de la red afecta instantáneamente a la totalidad de la misma, cuanto más integrado sea el sistema, mayor es el esfuerzo necesario para una operación correcta del mismo sin poner en peligro la seguridad del abastecimiento.

LA PRODUCCIÓN DE ELECTRICIDAD: Es una energía secundaria, producida a partir de la transformación de otras fuentes primarias de energía.

Las centrales térmicas producen electricidad mediante la combustión (carbón, derivados del petróleo, gas natural), produciendo vapor que al pasar por la turbina acciona el generador eléctrico. Similar es el funcionamiento de las centrales nucleares, sólo que el calor se obtiene a partir de la fisión o fusión nuclear de uranio enriquecido. Las centrales hidroeléctricas sustituyen el vapor por la masa de agua a presión.

Las centrales eólicas y solares tienen escasa implantación. Sin embargo, la producción de electricidad a partir de energías renovables tiene interés tanto por el escaso coste de la energía primaria utilizada, como por ser “energías limpias”, que no producen emisiones ni residuos. En el caso de las hidroeléctricas, el impacto ambiental se produce con su misma instalación y en el caso de las minicentrales se añaden factores adicionales. Las centrales eólicas tampoco están exentas de impactos ambientales; sin embargo, todas ellas suponen importantes ahorros en el consumo de energías “no renovables”, pero por su misma esencia, su producción energética depende de fenómenos naturales no controlables, lo que dificulta la previsión de despacho a medio o a largo plazo sobre la base de la energía aportada por este tipo de centrales. Por esto, la normativa de muchos países prevé la obligación de admitir en la red la energía procedente de esas centrales en cualquier momento, a cambio de un precio en cuya determinación influyen normalmente los costes evitados al titular o gestor de la red. Este punto es importante pues, como veremos, la explotación “unificada” supone la entrada en producción de las centrales de menores costes marginales por unidad producida en cada momento. Todo esto, con las necesarias adaptaciones, puede ser trasladado a la producción de energía eléctrica por cogeneración.

Las centrales nucleares e hidráulicas requieren importantes inversiones y dilatados periodos de construcción, por lo que el coste de amortización es elevado, aunque su coste de explotación es relativamente bajo. En el caso de las centrales térmicas, se requieren inversiones menores y el tiempo de construcción es también menor, aunque los gastos de explotación son mayores.

Las centrales eléctricas pueden requerir horas, e incluso días, para operar a pleno rendimiento, caso de las centrales nucleares y en general, de las térmicas. Las hidráulicas pueden operar inmediatamente, si el embalse dispone de agua. Esta distinción determina que se hable de centrales de “base”, “semibase” y “punta”. Las centrales “de base”, con largos periodos de puesta en marcha, suelen ser llamadas a operar de modo estable para cubrir el grueso de la demanda de electricidad que es habitual conforme a la época del año. Las plantas de “semibase” y “punta”, con periodos de puesta en marcha más reducidos, son llamadas a producir para cubrir alzas en la demanda, tanto previstas como no. Las centrales hidroeléctricas, cuya construcción es más costosa que la de las térmicas, son mucho más flexibles, pues pueden regular la cantidad de electricidad producida con facilidad. Por ello, las centrales de potencia hidráulica de regulación dan óptima cobertura a la parte superior de la curva de demanda y suplen los fallos de corta duración de las térmicas; siempre en función de la hidraulicidad y de las reservas de agua disponibles. Sin embargo, al tratarse de centrales “de punta”, dependientes de la hidraulicidad, en un país como España, dónde ésta fluctúa constantemente, las centrales hidráulicas se reservan generalmente para satisfacer las alzas inesperadas en el consumo de electricidad.

EL TRANSPORTE DE ELECTRICIDAD: La comunicación de la planta de producción con el centro de consumo se efectúa mediante cables de tendido eléctrico. El transporte de electricidad supone pérdidas en forma de calor, que disminuyen al incrementarse la tensión. Para el transporte de grandes cantidades de electricidad se eleva su tensión, reduciendo la intensidad para conservar constante la potencia y limitar las pérdidas en forma de calor derivadas del “efecto Joule”. Estas pérdidas son proporcionales al cuadrado de la intensidad: cuanto menor sea ésta, menores serán las pérdidas. Posteriormente, se baja la tensión para hacer posible el consumo de electricidad sin riesgo para las personas.

El transporte de electricidad es un monopolio natural (sería irracional superponer redes de transporte).

LA DISTRIBUCIÓN DE ELECTRICIDAD: La electricidad fluye por los tendidos eléctricos a la velocidad de la luz por lo que, a la producción sigue el consumo casi instantáneamente. Además, la electricidad no se puede almacenar. A esto se une la necesidad de mantener una determinada frecuencia en la red, para no averiar los aparatos conectados a ella.

Todo esto hace preciso que la producción de electricidad responda en cada momento a la demanda. Pero la demanda de electricidad es en cada momento impredecible, aunque existen mecanismos de previsión de la demanda eléctrica según épocas del año y horas del día que se emplean para prever las centrales que deben funcionar para cubrir esa demanda estimada. La imprevisibilidad de la demanda, junto a la posibilidad de fallos en las centrales, implica que se deba producir más energía de la que sería estrictamente necesaria según la estimación. De lo contrario, cualquier eventualidad haría que la producción y su propagación por la red no se ajustasen constantemente a la demanda, provocando cortes en el suministro. Por ello, es conveniente la interconexión de la red de alta tensión, de modo que el eventual defecto de electricidad en una zona puede ser suplido con los excedentes de energía producidos en ese momento en otro ámbito territorial interconectado, incrementándose la fiabilidad del sistema y reduciendo la producción de energía en todas las zonas afectadas, optimizando el sistema. También se posibilita así el que en cada momento estén en servicio aquellas centrales que produzcan electricidad a un menor coste, con la consiguiente rebaja de costes globales.

Al no ser la energía aportada a la red susceptible de identificación, y no poderse determinar qué productor suministra a qué usuario, se plantea la necesidad de establecer mecanismos de asignación de pagos y de eventuales compensaciones entre los agentes del sistema afectados. Esto supone la existencia de un despacho centralizado que decida en cada momento qué centrales deben producir para satisfacer la demanda a un menor coste.

Al ser la demanda de electricidad variable, se hace necesario introducir el concepto de “carga”, por el que se entiende, dada una instalación generadora, la alimentación de electricidad a la que debe hacer frente en un momento dado; es la electricidad demandada en un momento dado por los dispositivos y aparatos conectados a la red que dicho generador abastece. En un sistema interconectado, las cargas se suman, siendo posible la elaboración de una “curva de carga” cuyos parámetros son la energía demandada y el tiempo (días, horas – noche, día; fríos o de calor,…) en que se lleva a cabo el conjunto de las cargas. La producción debe ajustarse a la “curva de carga”. Los “picos” de la curva suponen la necesidad de entrada en funcionamiento de nuevas centrales, normalmente a un mayor coste que las centrales “de base”. Por tanto, el lograr que la curva de carga sea lo más plana posible, disminuyendo el consumo en “horas punta” mediante su incremento en “horas valle”, supondrá un menor coste de la producción de electricidad. Cuanto menos picos se produzcan, menos entrarán en funcionamiento centrales de “semibase” o “punta”, que producen a un mayor coste. La “gestión de la demanda” disminuye el coste de la electricidad producida, pero además también disminuye la necesidad de sobreequipamiento. En este punto, también tiene gran importancia la producción de electricidad por energías renovables y por cogeneradores.

IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DEL SECTOR ELÉCTRICO: La energía es el motor que hace girar la rueda del llamado modo de vida occidental. Su disponibilidad hace fuerte a un país, y su escasez frena todo desarrollo. La energía eléctrica puede proceder de diversas fuentes de energía primaria y resulta ser un suministro que facilita una utilización de la energía estandarizado, a la vez que posibilita la puesta en práctica de infinidad de procesos y usos, industriales y domésticos.

El sector eléctrico es básico para todas las economías nacionales pues, a la vez que bien de consumo, es un factor de producción de capital importancia para cualquier industria, y de sus costes dependerá la rentabilidad, e incluso la viabilidad, de toda la industria nacional, siendo un factor clave para la consecución de una adecuada competitividad de la economía de cualquier país. La búsqueda de la eficiencia del sector eléctrico es la búsqueda del desarrollo de la economía. Al ser un sector poco liberalizado (aunque se tienda hacia ello), la economía española depende, en gran medida, del marco legal en que se desenvuelve.

El sector eléctrico precisa de importantísimas inversiones, tanto en generación como en transporte o distribución. El sistema financiero nacional resulta, por lo tanto muy afectado por las contingencias que puedan derivarse de este sector y, a la vez, el sector eléctrico debe tener la fortaleza suficiente como para incentivar mayores inversiones. Esta retroalimentación entre el sector eléctrico y el sistema financiero trae consigo importantes consecuencias, siendo la más importante la necesaria garantía de rentabilidad de las inversiones en eléctricas, pese a su elevado periodo de maduración. La idea del riesgo no es conciliable con un sector básico para la economía nacional, que además bascula sobre su carácter de servicio público y de bien de primera necesidad. Por ello, la intervención estatal aparece como necesaria. El grado que debe alcanzar dicha intervención sí es objeto de discusión, discusión en la que nos adentraremos más adelante, tras exponer los rasgos del sector.

El condicionamiento económico del sector se produce por las grandes inversiones necesarias para la construcción de centrales de producción, por los costes de la energía primaria a partir de la cual se produce la electricidad, por la existencia de monopolios naturales en algunas fases del ciclo y por la necesidad de atender a todos los consumidores a precios razonables, con independencia de su ubicación. Se consideran separadamente los “Costes Fijos” (costes de retribución y amortización del inmovilizado, los de operación y mantenimiento -calculados en base a un KW de potencia- y los de estructura, como los laborales) de los “Costes Variables” (precio de la energía primaria, los de operación y mantenimiento, ligados a KW producidos y los derivados de la gestión comercial).

Pero además, el sector eléctrico es de la mayor importancia estratégica, como elemento dinamizador de la investigación y el desarrollo tecnológico y como germen de desarrollo industrial. Además, es una fuente de empleo muy importante, tanto de empleo directo en el propio sector, como indirecto.

Todo ello sin olvidar que el suministro eléctrico es un servicio básico y esencial para los ciudadanos, un bien de primera necesidad, cuyo abastecimiento debe estar garantizado.

Existen una serie de condiciones de prestación comunes a los países de nuestro entorno, que podemos sintetizar como sigue:

– Igualdad de acceso de los usuarios a las prestaciones ofertadas: universalidad de la prestación en condiciones razonables. Supone la obligación de enganche, bajo ciertas condiciones, de cualquier usuario, sea cual sea su ubicación, tanto urbana como dispersos por el medio rural (caso en que resulta más costoso llevar los cables).

– Continuidad en el servicio, evitando interrupciones.

– Calidad del servicio y adaptabilidad a las necesidades cambiantes de los usuarios.

– Transparencia en su gestión, especialmente en lo relativo a su financiación, asignación de costes a las distintas actividades involucradas y fijación de los precios del servicio.

EL SECTOR ELÉCTRICO ESPAÑOL.

En España, la producción de electricidad con destino al consumo público en corriente continua se inició en Barcelona en el año 1875. A partir de aquí proliferaron pequeñas compañías eléctricas que instalaban sus centrales en las proximidades de los centros de consumo. A principios del Siglo XX aparece una incipiente tecnología comercial de la corriente eléctrica alterna que permitió el transporte de energía eléctrica a distancias considerables de los centros de producción en condiciones rentables. El crecimiento del mercado y la explotación de los recursos hidroeléctricos del país fueron aspectos fundamentales en la concentración de numerosas sociedades pequeñas, así como en la creación de nuevas compañías productoras de tamaño empresarial muy superior al de las precedentes.

El proceso de consolidación del sector tuvo lugar con el establecimiento de la red de transporte y distribución de energía eléctrica a nivel nacional, el desarrollo hidroeléctrico, la progresiva coordinación empresarial para las actividades de interés común o sectorial y las respuestas inversoras a las crisis del petróleo de los años 1973 y 1979.

Estas inversiones de la llamada “transición energética” tuvieron como resultado la diversificación de las fuentes de energía primaria, pero la planificación de las inversiones en nuevos equipamientos eléctricos suponía una elevada carga económica para las empresas eléctricas. A principios de los años ochenta, el sector estaba formado principalmente por un conjunto de diez compañías integradas verticalmente (operando en la generación, transporte y distribución), además de una empresa únicamente generadora: ENDESA. El esfuerzo inversor y el insuficiente grado de coordinación operativa entre estas empresas supuso un problema financiero especialmente grave en algunas de ellas. El escaso desarrollo de la regulación legal era otro elemento perturbador para el sector. Así, por ejemplo, la ausencia de mecanismos capaces de compatibilizar la existencia de una “tarifa unificada” para todo el territorio (basada en los costes agregados de las empresas del sistema) con los distintos esfuerzos que las empresas habían de realizar en orden a las inversiones requeridas para el incremento de la capacidad de generación.

Los intentos de reordenación del sector tuvieron objetivos complementarios. Por una parte, la mejora de la eficiencia industrial del sector con la creación en 1985 de REE (Red Eléctrica de España, S.A.), empresa operadora del sistema de transmisión, a la que se transfirió una parte importante de los activos de la red de transporte (que es la red de alta tensión, a partir de 220 Kv), quedando además como responsable del despacho optimizado de las centrales del sistema. Por otra parte, el objetivo de mejora de la estructura empresarial del sector, con los intercambios de activos que tuvieron lugar a finales de 1985 (y otros acordados a finales de 1993) y los procesos de fusión, absorción y alianzas entre empresas, favoreció las posiciones competitivas de los grupos empresariales. También el desarrollo de un modelo de regulación económica eficaz se plasmó en el llamado “marco legal estable” en 1987.

El sector eléctrico español se encuentra inmerso en un proceso de cambios, enmarcados por el Plan Energético Nacional 1991-2000, la Modificación del Marco Legal Estable e intercambios de activos. Sobre todo ello incide la Ley 40/1994, de Ordenación del Sistema Eléctrico Nacional. El objetivo es la configuración de un sector más estable, así como el logro de una estructura organizativa y financiera de las empresas implicadas, adecuada a la creciente liberalización del sector, en busca de una mayor competitividad. La transformación de la industria eléctrica en todo el marco de la OCDE, y en especial en el ámbito comunitario, tiene el objetivo de incrementar la eficiencia económica del sector incorporando diversos mecanismos de competencia, adquiriendo mayor protagonismo el papel de las fuerzas del mercado.

Dadas las especificidades asociadas al producto eléctrico, el objetivo perseguido por cualquier política energética en este sector es garantizar la satisfacción de las necesidades de electricidad de los distintos consumidores, al menor coste posible y con unos niveles adecuados de calidad y servicio. A diferencia de lo que ocurre en otros sectores productivos, la optimización de estos objetivos no se alcanza por la simple instauración de un marco plenamente competitivo donde exista plena libertad para contratar, para fijar los precios, para invertir o para que nuevas empresas puedan entrar en el sector. En la industria eléctrica se hace necesario el establecimiento de un esquema regulador de la actividad, tanto por la exigencia de defender el interés del consumidor (doméstico o industrial), como por la necesidad de promover una adecuada asignación de los recursos económicos en las distintas fases del negocio.

En consonancia con la lenta liberalización del mercado eléctrico se ha aumentado la entrada de agentes productores independientes, así como se han introducido procedimientos competitivos para la adjudicación de nueva capacidad de producción.

La tendencia consolidada a la separación de las distintas actividades del negocio (producción, transporte, distribución y, en su caso, comercialización) tiene como objeto diferenciar aquéllas que, por su naturaleza constituyen un monopolio natural (transporte y distribución), de aquellas otras que pueden acceder a un mayor juego del mercado (producción y comercialización).

El sector está organizado horizontalmente con la existencia de Red Eléctrica (encargada de la explotación unificada del sistema de generación y transmisión y propietaria de la mayor parte de la red de transporte) que actúa como elemento de separación física entre las actividades de producción y distribución.

El concepto de propiedad sobre la red de transporte se ha modificado, pasando de su consideración como propiedad exclusiva de las empresas integradas verticalmente a ser considerada como un elemento de servicio a disposición de otras entidades para efectuar tránsitos de energía eléctrica valorados a una tarifa determinada. Además, la demanda de energía se ha ido integrando paulatinamente como un elemento más de respuesta en la cobertura de las necesidades a corto y largo plazo, integración favorecida por un nivel de automatización en la distribución cada vez mayor.

Por otro lado, la regulación con incidencia ambiental es cada vez más estricta, lo que ocasionará una serie de restricciones crecientes que, como un coste añadido, representarán un aumento del precio final a pagar por el usuario, lo que exigirá un esfuerzo del sector eléctrico a fin de mantener la competitividad de sus precios.

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Artículo publicado en Punto Crítico en Febrero de 1997.