EL VERDADERO FIN DEL ESTADO ES LA LIBERTAD, por Baruch de Spinoza

Hoy, por fin, la palabra “crisis” campa libremente por nuestros corazones y por nuestro globalizado mundo. Las viejas estructuras caen y todos se apresuran a salvarlo. ¿Alguien sabe cómo? Resulta palmario que no. Los infinitos diagnósticos son contradictorios y las terapias aun más. Incluso los hay que piensan que es mejor que el enfermo muera. Las matemáticas nos enseñan que los sistemas de más de dos variables pueden resultar altamente impredecibles y se representan por ecuaciones que tienen más de una solución. ¿Qué decir de los sistemas sociales con miles de variables? En estas circunstancias las decisiones que pretendan predecir el sistema en su conjunto son imposibles. Ello explica porque nuestros políticos, -las personas que deciden ejerciendo el poder- nunca están pensando en el común, sino es su interés particular, el único que pueden predecir. ¿Qué hacer entonces? Distribuir el poder lo más ampliamente posible, escuchar a todos lo mas atentamente posible, decidir considerando la más amplia suma de voluntades. ¿No harían lo mismo un grupo de personas que desorientadas caminaran por una caverna oscura? ¿No se escucharían los unos a los otros tratando de conocer el espacio por donde deambulan, en vez de otorgar toda la dirección a una sola persona? Cuantos más ciudadanos libres puedan hablar y actuar responsablemente, mas luz se hará en la caverna. Hemos vuelto a caer en el error de construir el mundo desde arriba hacia abajo. Hemos sustituido a señores reyes y dictadores por listas cerradas, monopolios de comunicación, organismos reguladores y burocracia. Y hemos dejado de escuchar al ciudadano libre. Pero la vida se hace de abajo hacia arriba, mediante el agregado de pequeñas decisiones. La diversidad es garantía de adaptabilidad evolución y crecimiento. Quizás esta crisis en realidad es una crisis del modelo de ciudadano que queremos ser. ¿Queremos seguir siendo unos señores ignorantes e irresponsables que contratamos hipotecas que no podremos cumplir, alargando indefinidamente los plazos, consumiendo por encima de nuestras posibilidades, exonerados de la virtud del ahorro previsor, y como resultado sometidos a la permanente tutela tuitiva de la autoridad? O, por el contrario, ¿preferimos ser personas conscientes y responsables de nuestras decisiones, previsoras y ahorradoras como garantía de nuestro espacio de libertad y que por ello hacen un uso racional de los recursos? La prueba del nueve acerca del modelo que realmente pretendemos seguir, estaría en el trato que damos al derecho, al sistema jurídico en cuanto garantía de expectativas. Si este es una mera apariencia formal, carente de medios, amansado por la autoridad, cuando no forzado a sus intereses, entonces está claro que nos decantamos por el primer modelo de ciudadano. Por el contrario, si construimos un sistema jurídico, un estado de derecho, dotado de todos los medios posibles, independiente del poder y autónomo, entonces se convertirá en un medio eficaz para garantizar que cada ciudadano tenga la razonable expectativa de conservar su pequeño espacio de libertad y la sociedad libre será el sumatorio y agregado de todos esos espacios individuales. EL fin del estado será la garantía de esas expectativas de libertad individual”.

RESPUESTA DE Jesús Nava: “No puedo estar más de acuerdo con usted. Poderoso caballero es don dinero. Más que poderoso, yo diría que es el Poder, pues los poderes ejecutivo y legislativo de los países ricos no son otra cosa que falanges de mercenarios al servicio del Capital y de sus Ideologías alcahuetas. Y eso incluye a los socialdemócratas, que no sé cuán socialistas son, ni me importa, pero que de demócratas tienen tanto como yo de obispo de Roma. Pero ya nada me extraña, porque todo el mundo se llama hoy demócrata, hasta los dictadores, los oligarcas y los monarcas, sean de derechas o de izquierdas. ¿Habrá que prescindir de ese término, escupirle encima, y volver a hablar de quién manda en un barrio, en un municipio o en el país, quién hace las leyes, quién administra los enormes recursos del Estado, quién juzga los delitos civiles y penales, y en manos de quién está el gobierno y las finanzas de la nación? Porque cuando la respuesta sea, de derecho y de hecho, que todo ello está en manos del pueblo, es decir, de todos los ciudadanos de mente sana que trabajan en el país, sostienen el Estado con sus contribuciones y están en edad de empuñar el fusil para defender su libertad y su modo de vida, entonces -y sólo entonces- habrá democracia, sea directa, indirecta, participativa, deliberativa, representativa o circunfleja. Mientras eso no ocurra, el gobierno y los destinos de una gran nación seguirán en poder de unas pocas e indignas manos: las de los caciques de los partidos y los oligarcas del mundo financiero, que son uña y carne. En efecto, nuestros Estados y sus sistemas de gobierno han sido construidos de arriba abajo, y en la cima reina el dinero, gracias al cual las clases dirigente y gobernante han conseguido embaucar a pueblos enteros, enloquecidos con lujos de pacotilla y placeres de garrafa. Qué triste sería nuestro mundo si Ziegler tuviera razón: “Algunos economistas alemanes han forjado un concepto nuevo, el de capitalismo asesino. La maximización del beneficio, la acumulación acelerada de la plusvalía y la monopolización de la decisión económica son contrarias a las aspiraciones profundas y a los intereses singulares del mayor número. La racionalidad comercial causa estragos en las conciencias, aliena al hombre y desvía a la multitud de un destino libremente debatido, escogido democráticamente. La lógica de la mercancía ahoga la libertad irreductible, imprevisible, siempre enigmática del individuo. En nuestra época, la riqueza es el fruto de actuaciones imprevisibles de especuladores codiciosos y cínicos, obsesionados por la ganancia a cualquier precio y por maximizar los beneficios. Ningún estado, por poderoso que sea, ninguna ley ni ninguna asamblea de ciudadanos pueden ya aspirar a controlar estos movimientos. La burbuja especulativa cada vez se hincha más. La economía virtual gana la mano a la economía real”. Sin duda, los individuos y los pueblos están alienados, y no son dueños de sí ni de su destino. No importa cuánto presuman de lo contrario. Por eso los compadezco, pues la ignorancia y los prejuicios son dignos de corrección, que no de oprobio. Pero mi desprecio llega hasta el asco cuando pienso en todos esos sicarios de los partidos que presumen de representar al pueblo, al que tratan como a ganado, y de ser más demócratas que dios, mientras se labran su pequeña -a veces, gigantesca- fortunita privada a costa de los fondos públicos o del tráfico de influencias. Porque estos indeseables, vagos y parásitos empedernidos, no son ignorantes, sino cínicos, corruptos e hipócritas, y saben muy bien lo que se hacen. Si el pueblo, aburguesado y alelado, despertare un día, yo sería el primero en proponerle que instaure el garrote vil para todos los delitos políticos demostrados… Entonces sabríamos quiénes, entre los que se postulen para representarnos, aspiran de verdad a servir al país y no, como ahora, a competir por ver quién roba más y mejor. ¿Cómo se construye ese sistema jurídico que usted y unos pocos más anhelamos, pero que hasta el mismo pueblo teme? Tarea casi imposible, lo reconozco. Porque los ciudadanos están descontentos, mas no desesperados; y hasta que cunda la desesperación mucho me temo que todo es como predicar en el desierto… a turistas que toman el sol, bajo sombrilla, con una limonada fresca en la mano sorbida con pajita. ¡Como no se conviertan las piedras y los cactus…! España, amigo mío, excepto los que pasan verdaderos apuros: los que no tienen empleo, es un pueblo que está siempre pensando en “evadirse” (prueba de que se siente preso) durante un fin de semana, un puente o unas vacaciones, huida que suele pagarse no con la riqueza “real” creada con el trabajo, sino con la economía “virtual” del endeudamiento crediticio. ¡Son tan agradables las burbujas…! Hasta que nos revientan en la cara, claro. Y entonces, al ruido de la explosión lo llamamos crisis”.

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EL VERDADERO FIN DEL ESTADO ES LA LIBERTAD, por Baruch de Spinoza

Si fuera tan fácil mandar sobre las almas como sobre las lenguas, todo el mundo reinaría con seguridad y ningún Estado sería violento, puesto que todos vivirían según el parecer de los que mandan y sólo según su decisión juzgarían qué es verdadero o falso, bueno o malo, equitativo o inicuo.

SÓLO EN UN ESTADO MONÁRQUICO SE PUEDE CONCEBIR QUE UN HOMBRE LO DICE Y HACE TODO POR INSPIRACIÓN DIVINA, PERO NO EN EL ESTADO DEMOCRÁTICO, DONDE MANDAN TODOS O GRAN PARTE DEL PUEBLO

Es imposible, sin embargo, que la propia alma esté totalmente sometida a otro, ya que nadie puede transferir a otro su derecho natural o su facultad de razonar libremente y de opinar sobre cualquier cosa, ni ser forzado a hacerlo. De donde resulta que se tiene por violento aquel Estado que impera sobre las almas, y que la suprema majestad parece injuriar a los súbditos y usurpar sus derechos, cuando quiere prescribir a cada cuál qué debe aceptar como verdadero y rechazar como falso y qué opiniones deben despertar en cada uno la devoción a Dios. Estas cosas, en efecto, son del derecho de cada cual, al que nadie, aunque quiera, puede renunciar.

Reconozco que el juicio puede estar condicionado de muchas y casi increíbles formas, y hasta el punto que, aunque no esté bajo el dominio de otro, dependa en tal grado de sus labios, que pueda decirse con razón que le pertenece en derecho. No obstante, por más que haya podido conseguir la habilidad en este punto, nunca se ha logrado que los hombres no experimenten que cada uno posee suficiente juicio y que existe tanta diferencia entre las cabezas como entre los paladares.

Moisés, que había ganado totalmente, no con engaños, sino con la virtud divina, el juicio de su pueblo, porque se creía que era divino y que todo lo decía y hacía por inspiración divina, no consiguió, sin embargo, escapar a sus rumores y siniestras interpretaciones; y mucho menos los demás monarcas. Si hubiera alguna forma de concebir esto, sería tan sólo en el Estado monárquico, pero en modo alguno en el Estado democrático, en el que mandan todos o gran parte del pueblo; y la razón creo que todos la verán.

Aunque se admita, por tanto, que las supremas potestades tienen derecho a todo y que son intérpretes del derecho y la piedad, nunca podrán lograr que los hombres no opinen, cada uno a su manera, sobre todo tipo de cosas y que no sientan, en consecuencia, tales o cuales afectos. No cabe duda alguna de que ellas pueden, con derecho, tener por enemigos a todos aquellos que no piensan absolutamente en todo como ellas. Pero no discutimos aquí sobre su derecho, sino sobre lo que es útil.

Pues yo concedo que las supremas potestades tienen el derecho de reinar con toda violencia o de llevar a la muerte a los ciudadanos por las causas más baladíes. Pero todos negarán que se pueda hacer eso sin atentar contra el sano juicio de la razón. Más aún, como no pueden hacerlo sin gran peligro para todo el Estado, incluso podemos negar que tengan un poder absoluto para estas cosas y otras similares; y tampoco, por tanto, un derecho absoluto, puesto que hemos probado que el derecho de las potestades supremas se determina por su poder.

EL ESTADO MÁS VIOLENTO SERÁ AQUEL EN QUE SE NIEGA A CADA UNO LA LIBERTAD DE DECIR Y ENSEÑAR LO QUE PIENSA; Y SERÁ MODERADO AQUEL EN QUE SE CONCEDE A TODOS ESA MISMA LIBERTAD

Por consiguiente, si nadie puede renunciar a su libertad de opinar y pensar lo que quiera, sino que cada uno es, por el supremo derecho de la naturaleza, dueño de sus pensamientos, se sigue que nunca se puede intentar en un Estado, sin condenarse a un rotundo fracaso, que los hombres sólo hablen por prescripción de las supremas potestades, aunque tengan opiniones distintas y aún contrarias.

Pues ni los más versados, por no aludir siquiera a la plebe, saben callar. Es éste un vicio común a los hombres: confiar a otros sus opiniones, aun cuando sería necesario el secreto. El Estado más violento será, pues, aquel en que se niega a cada uno la libertad de decir y enseñar lo que piensa; y será, en cambio, moderado aquel en que se concede a todos esa misma libertad.

No podemos, no obstante, negar que también la majestad puede ser lesionada, tanto con las palabras como con los hechos. De ahí que, si es imposible quitar totalmente esta libertad a los súbditos, sería, en cambio, perniciosísimo concedérsela sin límite alguno. Nos incumbe, pues, investigar hasta qué punto se puede y debe conceder a cada uno esa libertad, sin atentar contra la paz del Estado y el derecho de las supremas potestades. Como he dicho, éste fue el principal objetivo de este tratado.

De los fundamentos del Estado, anteriormente explicados, se sigue, con toda evidencia, que su fin último no es dominar a los hombres ni sujetarlos por el miedo y someterlos a otro, sino, por el contrario, librarlos a todos del miedo para que vivan, en cuanto sea posible, con seguridad; esto es, para que conserven al máximo este derecho suyo natural de existir y de obrar sin daño suyo ni ajeno.

El fin del Estado, repito, no es convertir a los hombres de seres racionales en bestias o autómatas, sino lograr más bien que su mente y su cuerpo desempeñen sus funciones con seguridad y que ellos se sirvan de su razón libre y que no se combatan con odios, iras o engaños, ni se ataquen con perversas ambiciones. El verdadero fin del Estado es, pues, la libertad.

EN LAS ASAMBLEAS ES RARO QUE ALGO SE DECIDA POR UNANIMIDAD, Y, NO OBSTANTE, TODO SE HACE POR COMÚN OPINIÓN DE TODOS, TANTO DE QUIENES VOTARON EN CONTRA COMO DE QUIENES VOTARON A FAVOR

Hemos visto, además, que, para constituir un Estado, éste fue el único requisito, a saber, que todo poder de decisión estuviera en manos de todos, o de algunos, o de uno. Pues, dado que el libre juicio de los hombres es sumamente variado y que cada uno cree saberlo todo por sí solo; y como no puede suceder que todos piensen exactamente lo mismo y que hablen al unísono, no podrían vivir en paz, si cada uno no renunciara a su derecho de actuar por exclusiva decisión de su mente.

Cada individuo sólo renunció, pues, al derecho de actuar por propia decisión, pero no de razonar y de juzgar. Por tanto, nadie puede sin atentar contra el derecho de las potestades supremas, actuar en contra de sus decretos; pero sí puede pensar, juzgar e incluso hablar, a condición de que se limite exclusivamente a hablar o enseñar y que sólo defienda algo con la simple razón, y no con engaños, iras y odios, ni con ánimo de introducir, por la autoridad de su decisión, algo nuevo en el Estado.

Vemos, pues, de qué forma puede cada uno, dejando a salvo el derecho y la autoridad de las supremas potestades, es decir, la paz del Estado, decir y enseñar lo que piensa: con tal que les deje a ellas decidir sobre las cosas que hay que hacer y no haga nada en contra de tal decisión, aunque muchas veces tenga que obrar en contra de lo que considera bueno y de lo que piensa abiertamente. Puede proceder así, sin menoscabo de la justicia y de la piedad; más aún, debe hacerlo, si quiere dar prueba de su justicia y su piedad. Como ya hemos probado, en efecto, la justicia sólo depende del decreto de las potestades supremas, y nadie, por tanto, puede ser justo, si no vive según de los decretos de ellas emanados.

Por otra parte, la suma piedad es aquella que tiene por objeto la paz y la tranquilidad del Estado. Y como éste no puede mantenerse, si cada uno hubiera de vivir según su propio parecer, es impío hacer algo, por propia decisión, en contra del decreto de la potestad suprema, de la que uno es súbdito; pues, si fuera lícito que todos y cada uno actuaran así, se seguiría necesariamente de ahí la ruina del Estado. Más aún, no puede realizar nada en contra del juicio y dictamen de la propia razón, siempre que actúe conforme a los decretos de la potestad suprema, puesto que fue por consejo de la razón como decidió, sin reserva alguna, transferir a ella su derecho a vivir según su propio criterio.

Y lo podemos confirmar, además, por la misma práctica. En las asambleas, tanto de las potestades supremas como de las inferiores, es raro, en efecto, que se decida nada por sufragio unánime de todos sus miembros; y, no obstante, todo se hace por común decisión de todos, es decir, tanto de quienes votaron en contra como de quienes votaron a favor.

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BARUCH DE SPINOZA, Tratado teológico-político. Alianza Editorial, 1986. Traducción de Atilano Domínguez. Filosofía Digital 2008.